Y por una tarde, la alegría llegó
Crónica

Y por una tarde, la alegría llegó

S.19.10.2019

Durante la noche de ayer escuchábamos como ecos lo que acontecía en Santiago; el fuego, que tantas veces habíamos invocado estaba a la vuelta de la esquina, pero aún demasiado lejos para quemarnos las pestañas. Mientras subía el conteo de estaciones de metro ardiendo, crecían nuestras ansias de intentar darle un sentido a las imágenes que se dejaban ver en los celulares de la gente que bebía cervezas cerca nuestro en subida Cumming. Comentábamos la impotencia, la incomodidad de dedicarnos a actividades literarias mientras en Santiago estallaba algo de lo que también queríamos ser parte. No íbamos a tener que esperar demasiado.

Hoy por la mañana, mientras entrevistábamos con Sergio Guerra al poeta peruano Mario Montalbetti conversamos entorno al poder, a la forma anárquica de pensar que es tan propia de la poesía y a las características de una sociedad que cada vez más se vuelca hacia las imágenes en desmedro de lo verbal. El ambiente se me hacía enrarecido, me sentía algo incómodo en la sala del hotel donde realizábamos la entrevista; no podía dejar de pensar en amigas y amigos que debían haber estado cerca del fuego en Santiago; la represión policial comenzaba a dejar trazos en la virtualidad. Ahora, intentando recrear el momento, creo que los tres no dejábamos de masticar algún tipo de sospecha; al menos yo, recuerdo vívidamente el engallinamiento de la piel al pensar que no era capaz de encontrarle significado a la gran cantidad de imágenes que se presentaban como significantes cojos, incompletos. Ante esta sensación de irrealidad decidí ir a tomarme unas cervezas a casa de un amigo en calle Ferrari y conversar largo y tendido. Eso duró algunas horas, luego bajamos al plan para unirnos a la manifestación. Era hermoso pensar que por esta vez no había una consigna que unificara las cosas, no era una manifestación de un grupo productivo de la sociedad en específico, ningún grupúsculo universitario o portadores de imperativos éticos llamaba a la movilización; se prefiguraba en cambio algo centrífugo y múltiple, un levantamiento iracundo producto de una acumulación insoportable de afrentas y burlas de una elite política que restriega la ofensa en el rostro.

No puedo dejar de mentar un comentario de Pierre Clastres a Los Tristes Trópicos de Levi-strauss, en el que describe a los pueblos primitivos tropicales como “demasiado frágiles” ante el embiste de occidente, su técnica  y su fe, entonces “se ven condenados a la extinción y la muerte, pues pierden el gusto por la vida” Esa idea, la imagen funesta de un grupo de mujeres y hombres deambulando deprimidos por el horror y el derrumbamiento de sus vidas, aplastados por la melancolía, el sentimiento de destitución y pensamientos autodestructivos, se me hace demasiado similar a lo que veo y siento algunas veces mientras camino por las calles de una ciudad como Santiago o Valparaíso. Veo gente hastiada, cansada, molesta, tirando chuchás por todo; a mis ojos les cuesta trabajo desprenderse del suelo y la ausencia de tesoros en el cemento mugroso… hasta hoy.

Hoy la calle detonó y durante algunas horas la ciudad fue una piñata recién reventada. Todo empezó a sucederse en simultáneo; los instantes se me acumulan y se resisten a ser narrados. La masa de gente, liderada por nadie o tal vez por los pacos de civil comenzó a abrir negocios, a botar cortinas metálicas, todos de grandes cadenas, de empresarios millonarios, de los que más han robado, de los que se han coludido para cobrar más; ningún negocio local o minorista. De ahí en más, fiesta. Lo primero que sale de los supermercados son pañales, leche y comida para perros; los tarros de leche nido se reparten en carros, los pañales también, alguno agarra un paquete para el hijo, otro para su sobrina, alguien para alguna nieta. Los cabros van por las cervezas más finas, por los packs más grandes; se abren chocolates en los pasillos, se sacan puñados de queso; los copetes salen para la calle: está todo pagado, ese es el lema. De entre las puertas destruidas de una farmacia en Condell sale una figura oscura gritando “¡¿Alguien tiene familiares diabéticos?!”; los remedios también se reparten. Caminé por las calles; por Pedro Montt se extendía la masa abriendo locales, la gente estaba en el jolgorio hasta calle Uruguay. En cada parada de micro alguien te ofrecía un trago de güísqui, una lata de pilsen, te preguntaban si te faltaban anteojos, te metían conversa y conversabas; los perros quiltros comían comida premium, como los perros de Alexis Sánchez.

La masa era heterogénea, una cosa confusa, de temer: punkis, anarquistas, oportunistas, pacos, ratis, todos quieren un pedazo de los supermercados; las barricadas comienzan a encenderse, distingues las diversas tribus de la urbe que acompañan el fuego, lxs cabrxs de una barra, lxs cabrxs de otra, un piño de neonazis, animalistas, gente con estatura de paco y corte de pelo de pacos; sospechas de todo.

En el cerro se comenzó a ver el humo a la distancia, se escuchaba el griterío del plan, las masas de insultos. Los pacos no aparecían, se rumoreaba que estaban casi todos los chanchos de las fuerzas especiales en Santiago, felices deben haber estado hozando en la cocaína de la capital. En un punto cerca de las 23.00 horas el fuego comenzó a florecer de manera simultánea: Se quemaba el Unimarc de Brasil, se quemaba El Mercurio, se quemaba una Cruz Verde, los pacos recuperaban El Líder, Hites se destruyó y su ropa de mierda nadie se la peló, se fue directo a las brasas. Me regalaron una lata de cerveza, aún estaba fría, había parlantes en la calle, me senté a ver cómo se quemaba el Banco Estado de Condell. Tomé el calor de sus llamas con todo mi cuerpo, me sentí feliz. Los bomberos intentaban apagar las llaman sin ninguna parsimonia, algunos solo miraban bailar el fuego.

-No todos los días podis ver cómo se quema un banco… esta gueá es hermosa – me dijo uno de los bomberos que luchaba por aplacar las llamas de un negocio que vende comida para mascotas; sin muchas ganas, como quién cumple con el turno en una fábrica cualquiera.

Cerca de las 23:00 el contralmirante Juan Andrés de la Maza asumió el mando de las Fuerzas Armadas y de Orden y Seguridad Pública; decretó el toque de queda con 45 minutos de antelación, arrojando la amenaza de que “nada bueno ocurre después de las doce de la noche”. Los milicos se habían hecho con el control del país nuevamente, la retórica militar no había cambiado en lo absoluto desde fines de los ´80; era expresión recién desperezándose de la hibernación. Minutos antes de las 00:00 llegó el primer camión de la armada a la Plaza Aníbal Pinto. El contraste con los pacos se hacía evidente: los primeros dos milicos investidos con el nuevo viejo poder en poner pie en el espacio público agarraron a un cabro a patadas; se bajaron dos más a sumarse a la golpiza; mientras, otros grupos de soldados, fusil en mano y fuertemente apertrechados, se dirigían raudos hacia la Intendencia; se rajó el paño de la realidad, volvimos a la primera división de la represión.

A la vida y la muerte las separa una mampara de vidrio

L.21.10.2019

Esto es aterrador. Ya hay compas caídos por las balas, gente desaparecida. Todo está enrarecido, la gente tiene pena, rabia, se conversa en la calle. En el Cerro Placeres he conocido gente con la que no había hablado en los meses que llevo viviendo acá. Se conversa y mucho, se habla de autocuidado, de organizarse, de no temblar ante la violencia, del temor de los niños, de los viejos que se les repite la película como un revival enfermo, de las balas, de las balas y los cuerpos. Atravesar la ciudad, su espesor de gases y lacrimógenas es tarea complicada. En cualquier minuto puede caerte una lluvia de palos o alguno de los balines de goma que rebotan en árboles y paraderos puede hacerte perder un ojo; hacia  allá está dirigido el daño, a nublar esto que mira y registra por entremedio del humo. A pesar de la represión, el temor y la tristeza, la gente se vuelca a la calle. Cada quién hace lo que puede, todxs se preocupan de todxs y así se da cara.

Se siente ridículo arrojar piedras ante el enemigo que hay enfrente. Son personas entrenadas para olvidarse de ser personas, entrenados para matar, adoctrinadas para pensar que son superiores a cualquier paisa, que todo se doblega ante un fusil. No sé cómo explicarle estas cosas a mi hija que ya tiene pesadillas asociadas a los uniformes de camuflaje; anoche se despertó con los helicópteros y se puso a llorar. Los helicópteros vuelan de a pares todo el día, la PDI, la marina y los pacos se turnan para pasar volando a la altura de los edificios; las asambleas espontáneas y las barricadas tienen la compañía de drones y de motociclistas armados, todo el aparataje de espionaje de la policía está desplegado en bruto; ya no importan las formas, llega a ser idiota lo mal que se camuflan; da lo mismo, su presencia atemoriza. Sobre todo cuando asoma la noche. Conocimos el toque de queda, tan presente en los relatos de quienes vivieron la dictadura de Pinochet, vimos nuestra puerta hecha un umbral a imagen y semejanza de una máquina que lamina mortadelas; la apoteosis de la propiedad privada, el hogar devenido en madriguera y ojalá que no en tumba. El insomnio acecha.  Afuera los milicos tienen armas de verdad y están dispuestos a cargar cuerpos. Los disparos suenan en la noche; se escuchan en Esperanza, en la Villa Berlín, en Caleta Portales, en La Copa y en la Plaza de la Conquista. La acústica de los cerros las amplifica y parecen venir de cualquier lado. En respuesta suenan las cacerolas. Así es la guerra que declaró Piñera.

Hoy el toque de queda nos agarró con lxs cxbros en subida Cumming; ayudamos a una vecina de unos cincuenta años que estaba al borde del vómito por los gases, la metimos a una librería y le dimos agua con bicarbonato. Los pacos llegaron escopeteando lacrimógenas y disparando balines para tratar de hacer retroceder a los capuchas y las barricadas. Lo consiguieron un rato, pero la gente avisa de los edificios cualquier movimiento de los piquetes de pacos o de las tropas de milicos

– ¡Se fueron!- gritaron desde lo alto. Salimos a la calle de nuevo, un par de minutos nada más, porque luego volvieron los milicos. Nos escondimos en la librería un grupo aproximado de diez personas, bajamos la cortina metálica, pero esta solo podía ser asegurada con candados por fuera, así que cualquiera podía abrirla. Esperamos, en silencio tras la mampara metálica que sirve de entrada a la librería. Se escuchaban las botas corriendo, los pertrechos sonaban como llavero. De pronto, uno, dos, tres balazos – ¡Corre mono culiao! – gritaba un milico; sentíamos su respiración, la recarga del arma y de vuelta más balazos; los casquetes al caer producían una nota aguda. Otro milico rompía unas botellas de vidrio a patadas. No más de un metro nos separaba del milico que insultaba y balbuceaba, solo la reja metálica y la mampara se interponía entre un grupo y otro. Adentro, algunas personas intentaban reprimir el llanto, para no meter ruido alguno. Tomamos fotografías del casquete.

Seguimos subiendo por Cumming, luego caminamos por Atahualpa, fuimos a ver desde las ruinas. No pude volver a mi casa; es casi imposible caminar desde la Anibal Pinto hasta Placeres sin caer detenido. Es de noche y recuerdo a Cioran: Soy un animal inepto para el sueño. Somos seis personas durmiendo en una pequeña pieza y las pesadillas ya han secuestrado el sueño de una de nosotros. El resto ya no pegamos los párpados.