Vicente Huidobro, el Campeador
Ensayo

 

En 1917, en la antología Selva Lírica, se iniciaba la presentación del poeta de la siguiente manera: “Este muchacho artista es un carácter”. Como si eso fuera poco, se apuntaba también: “Huidobro es un temperamento: pagado de sí mismo, nada teme ni nada le importa” (294). Sin lugar a dudas, estamos hablando de un perfil bastante polémico y avasallador. Así comenzaban a presentar en la escena literaria chilena al benjamín de una de las familias aristocráticas más prominentes del periodo.

Vicente Huidobro nació el 10 de enero de 1893 y, como destaqué antes, fue el primer hijo de Vicente García-Huidobro García-Huidobro y María Luisa Fernández Bascuñán. Su seudónimo, correspondiente a su nombre abreviado, empezaría a volverse célebre justamente en el tiempo en que se publicó la mencionada antología, luego de una serie de desencuentros con su familia, cuya situación económica, prestigio e influencia no podían eludirse.

De todas maneras, si bien ese alumbramiento podría parecernos distinguido en sí, su destacado abolengo se remonta a mucho tiempo atrás. Como bien señala Volodia Teitelboim: “El primero de su estirpe que se avecindó en Chile, un español, Francisco García-Huidobro, sabía que el dinero no tiene olor, pero sirve, entre muchas otras cosas, para […] acceder a títulos de nobleza”; a lo que el mismo Volodia agregaría más adelante, luego de describir su trayectoria como importador y exportador de esclavos, inversionista en la Guerra de Arauco y hacendado: “La Corona española, en conocimiento de sus aportes al erario y con la esperanza de estimular nuevas donaciones, lo ennobleció con el título de Marqués de Casa Real” (18-19).

Debido a su parentesco con este inescrupuloso pionero, y al ser el primer hijo varón de su familia, el título nobiliario debía recaer sobre sus hombros, pero el joven poeta nunca estuvo interesado en ello. Él mismo lo sugiere en “Yo”, texto en prosa que abre su libro Pasando y pasando (1914), en el cual remarca dos ideas clave para comprender su desinterés. En primer lugar, en torno a una posible dimensión política de dicho nombramiento, señala: “[…] eso de ser un buen diputado, senador o ministro, me parece lo más anti-estético del mundo” (11); y segundo, sobre la dimensión cultural y económica que podría favorecer: “Quiero que mis libros queden muy lejos de la visual de las multitudes y del vientre de la sana burguesía” (28).

A pesar de que dichas palabras no responden directamente a la noción de su herencia, resulta obvio que el autor no guardaba ni el más mínimo interés por semejantes frivolidades. Sin ir más lejos, sobre este mismo episodio, Volodia recalca: “[N]o tenemos noticias de que haya disputado la calidad de marqués” (22). Además, los antologadores de Selva Lírica sumaron a su perfil las siguientes palabras: “Cuando otros, a su edad, con su posición y sus millones, se entregan a la esterilidad de una vida estragada de ocios y de blandos u oscuros libertinajes, él, demasiado poeta, […] depone sus prejuicios de estirpe, y escribe sus libros que son como una rebelión para su cuna (294).

Entonces, entre Francisco García-Huidobro, el primero de su familia en llegar a Chile, y Vicente García-Huidobro Fernández, uno de los mayores poetas de nuestra historia común, había toda una rebelión de por medio. Y es imposible que no fuera así, si consideramos sus ideas políticas y sus propuestas literarias. Pero hay algo indisoluble que trasciende esta rebelión: su origen español y su amor por esas tierras llenas de proezas y cantos de gesta.

A partir de esto mismo, Huidobro –ya en su adultez– publica en 1929 su novela Mío Cid Campeador, donde no sólo describe las hazañas del héroe, sino que también se identifica con su legado. De hecho, en el preámbulo del libro, apunta: “Me sentí nieto del Cid […]. Si mi abuelo era o no descendiente de reyes, no lo sé ni me importa. Lo que sí puedo afirmar es que nunca he encontrado un hombre con más porte y ademanes de rey que él. Era la quintaesencia de la vieja España” (9).

¿No era este el destino posible de un niño criado para ser rey, según palabras de su propia madre? Puede ser, pero el asunto va aún más allá. Él mismo destaca que en la Enciclopedia heráldica descubrió que Francisco García-Huidobro era descendiente lejano del rey Alfonso X el Sabio, tataranieto del Cid, y que en el mismo libro se nombra a su abuelo, Domingo Fernández Concha, como uno de los últimos herederos de dicho linaje. Entonces, según sus propias palabras, él era descendiente directo del Cid, portador de una tradición de reyes y guerreros legendarios, todos de cuna española, y podía contar su historia a su manera y hacerle la guerra a medio mundo si llegaba a ser necesario. Así de simple. Y se dedicó a demostrarlo.

En cuanto a su relación con España, su primera residencia en Madrid fue en 1918. Viajó dispuesto a intervenir profundamente en la escena literaria local. A su llegada, Rafael Cansinos Assens lo presentó como el acontecimiento del año. Allí, el poeta chileno publicaría sus libros y plaquettes Tour Eiffel, Hallali, Ecuatorial, Poemas árticos y la segunda edición de El espejo de agua, todo en 1918. Su recepción mediática fue escasa, pero su impacto en el escenario poético español fue considerable. Por ejemplo, dejaría una honda impresión en Gerardo Diego y Juan Larrea, quienes hasta el final –y a su manera– adhirieron al creacionismo huidobriano. También impresionó mucho a Guillermo de Torre, el cual se basaría en sus postulados para fundar el ultraísmo. Pero los problemas no tardarían en llegar. Según el estudioso italiano Gabriele Morelli:

Hasta finales de 1919 se prolonga la buena acogida del mesianismo moderno de Huidobro por parte de discípulos entusiastas; pero poco después sobreviene la ruptura y la divergencia, consecuencia natural de la polémica Huidobro-Reverdy sobre la reivindicación de la paternidad de la doctrina creacionista. Según parece, Guillermo de Torre, con el respaldo de otros ultraístas españoles, aprovechó la situación para librarse del padrinazgo ejercido (con fuerza) por su anteriormente admirado profeta (Poesía y creación XLV).

Se dice que un credo cuestionado es un credo derrotado, pero Huidobro, poeta y campeador, no dio marcha atrás. En primer lugar, enfrentó a su antiguo camarada: Pierre Reverdy. El autor francés, entrevistado por Enrique Gómez Carrillo, afirmó que Huidobro había antedatado la publicación de El espejo de agua, supuestamente presentada en Argentina en 1916. Además, Reverdy se declaró a sí mismo como verdadero iniciador del creacionismo, lo cual dio comienzo a una batalla campal no sólo entre él y Huidobro, sino también entre simpatizantes y detractores del chileno, en una bullada contienda que duró muchos años. Se supone que recién en la década de los 60, tras hallarse un ejemplar de la primera edición de El espejo de agua, conservada por Braulio Arenas, la polémica parecía quedar zanjada. En lo personal, dudo que sea así, pero como declara Volodia: “El Cid ganó batallas contra los moros después de muerto, afirmando el pecho y la espalda en estacas de madera que lo mantuvieran erguido en su silla de montar. Huidobro lo haría en vida y después de ella, sin afirmarse en un par de palos sino en sus libros” (153).

Por lo demás, el poeta volvería a España en 1919, 1920 y 1921, en parte para defenderse, aunque también para profundizar su influencia, pues publicaría allí Creación, una revista internacional de arte donde participaron importantes intelectuales y artistas, como Picasso, Braque o Juan Gris, además de difundir manifiestos y dar conferencias sobre el creacionismo en el contexto de las vanguardias. Es posible que este periodo haya sido el de mayor productividad y alcance del chileno, pues su siguiente viaje a la península sería recién en 1931, donde lo esperaría un extraño fracaso.

Y digo extraño porque en ese viaje el poeta es recibido con honores, en un banquete preparado en su nombre, donde Federico García Lorca leyó unos jocosos versos a su salud, en un ambiente de distención y camaradería. Además, Huidobro publicaría allí, ese mismo año, dos libros fundamentales: Temblor de cielo y Altazor. Pero nada de eso impidió que sus publicaciones pasaran en banda por la prensa, sin ameritar demasiada atención. La crítica brilló por su ausencia y no hubo mayores repercusiones.

Posiblemente, influyó en ello la gran antipatía generada por el chileno en sus visitas anteriores, donde no le faltaron polémicas y contendientes. Sin ir más lejos, en una carta datada en mayo de 1931, el supuesto heredero del Cid arremetería contra uno de los cineastas más importantes del siglo XX: el director español Luis Buñuel. En cuanto a temas artísticos, partía señalando: “Ha dicho usted que yo atacaba al subrealismo porque había querido entrar en él y no había podido. Esto es una simple mentira” (cabe destacar que llamarle “subrealismo” al surrealismo era una provocación abierta y evidente); por otro lado, esta vez sobre temas políticos, se defendía así: “En cuanto a lo de mi labor revolucionaria y lo de si soy o no soy comunista, no es usted quien puede hablar. Mientras no firme usted en el partido comunista no puede usted decirme nada a mí. Por otra parte mi labor revolucionaria es bastante más antigua que la suya y bastante comprobada en diferentes países” (Poesía y creación 323). Por supuesto, se dijeron muchas cosas más. Ambos eran provocadores natos. Si en aquellos tiempos el arte no hubiera sido sólo una metáfora de la guerra, posiblemente habrían muertos y heridos. Pero el asunto no pasó a mayores.

De todas formas, más allá de estas rencillas y la indiferencia que generó su obra en suelo español, para Andrés Morales no cabe ninguna duda: “Lo que aparece como incuestionable es el gran aprecio que Huidobro sentía hacia España y hacia muchos de sus artistas y escritores” (44). Por lo demás, sólo bastarían un par de años para que Huidobro se viera convocado a demostrar con creces dicho aprecio, pues el comienzo de la Guerra Civil Española lo pilló en Chile y no dudó ni un segundo en partir a la batalla, donde fue uno de los artistas internacionales más activos del antifascismo, llegando incluso a exhortar a las tropas falangistas, a viva voz y en un carro blindado, a dejar las filas enemigas y retomar su lealtad a la República.

Por otra parte, Huidobro dedicó una copiosa producción de textos a distintos medios de habla hispana, debido a su labor como corresponsal de guerra y a su infatigable militancia en la poesía. Por ejemplo, en un discurso leído en Madrid, en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, fechado en julio de 1937, señaló lo siguiente:

La preocupación de la guerra, la necesidad de sentirla y tocarla en el alma del pueblo español, […] ha relegado en muchos de nosotros toda otra preocupación a segundo término, aun la de nuestro oficio, de nuestro bello y alto oficio, pues sabemos que de la suerte de esta guerra depende también la suerte del arte y de las letras, su aplastamiento, su rebajamiento o su gran apogeo” (Huidobro en España 177-178).

En otra ocasión, en un artículo sobre este mismo congreso, también en 1937, llegó a afirmar: “Los escritores ya no son solamente escritores. Son también hombres, una pequeña cosa que muchos parecían haber olvidado. Son hombres y estos hombres ahora saben lo que pasa entre los hombres. Y saben que en España está muriendo un mundo y está naciendo otro” (186). Y por supuesto, en un bello poema titulado “Gloria y sangre”, el poeta chileno también cantó al bando republicano, al igual que algunos de sus amigos, como César Vallejo, y quizá su más grande enemigo, Pablo Neruda, con quien mantuvo un nutrido intercambio de pesadeces que llegó a empañar la causa, por lo cual variados artistas e intelectuales de distintos países tuvieron que enviarles una carta abierta para detener el fuego cruzado. De todas maneras, más allá de ese lamentable episodio, comparto algunos versos de Huidobro, con los cuales cierra el poema ya mencionado: “He ahí España entre abrazos y cánticos y sonido de sangre / Ese dulce sonido del mito que se torna en espiga / He ahí la ruta que sube hacia el milagro / He ahí un planeta empujado por hombres hacia el amanecer” (175).

Se entenderá que en esa época la palabra “hombres” jugaba a sustituir la palabra “personas”, pero hoy, a 80 años del amargo final del conflicto, cabe destacar la importancia crucial que tuvieron las milicianas republicanas y las madres de los soldados, quienes muchas veces tuvieron que salir, rifle al hombro, a defender lo que me parece obvio: la libertad y la autonomía de un país asolado por el fascismo.

Posiblemente, esa derrota del mundo en suelo español le dolió a Huidobro tanto como a sus contemporáneos, en 1939, y a quien escribe, 80 años después. Así lo testimonia Volodia, quien –sobre el retorno de Huidobro a Chile, en 1937– confiesa:

Me pareció, no obstante, vislumbrar a su regreso una sombra furtiva en la mirada. ‘Tal vez se perderá España’, me dije asustado. […] Quizás lo que más le dolía fuera la falta de reconocimiento de sus pares o sus impares. […] También tuvo esa sensación en España, donde recordó que veinte años atrás llegó a Madrid con las gallinas ponedoras de la poesía nueva en la maleta. Ahora planeaban allí no sólo los cuervos de la guerra sino que los buitres literarios seguían sobrevolando (230).

De todas formas, esa no fue la última guerra del también antipoeta y mago. Algunos años después le tocaría volver a una Europa desolada, pero ya no era el mismo. Incluso antes de aterrizar en la Segunda Guerra Mundial, Huidobro había cambiado de rumbo. En algunas entrevistas de la época empezó a dejar atrás el creacionismo, al cual describía como etiqueta que deseaba quitarse de encima. Sus poemas ahora eran más bien convencionales, dolientes, profundamente humanos. Altazor se había hecho añicos en el suelo y ahora, en su lugar, un cantor nostálgico y apesadumbrado comenzaba a despedirse del mundo.

En 1948, de manera póstuma, se publicarían sus Últimos poemas. Allí, el viejo campeador vanguardista firmaría su futuro epitafio, un bello poema largo titulado “El paso del retorno”, hoy por hoy una de sus más célebres composiciones. Los últimos tres versos se despiden de esta forma: “Oh hermano nada voy a decirte / Cuando hayas tocado lo que nadie puede tocar / Más que el árbol te gustará callar” (Poesía y creación 259). Entonces, después de la sangre y el fuego, puede que sólo nos corresponda el silencio.

 

 

Patricio Contreras Navarrete

Cartagena, septiembre de 2019

 

Bibliografía

 

ARAYA, Juan Agustín y Julio Molina Núñez. Selva Lírica: estudios sobre los poetas chilenos. Santiago de Chile: Soc. Impr. y Litogr. Universo, 1917.

HUIDOBRO, Vicente. Mío Cid Campeador (Hazaña). Santiago de Chile: Ocho Libros Editores, 2012.

HUIDOBRO, Vicente. Pasando y pasando. Santiago de Chile: Imprenta Chile, 1914.

MORALES, Andrés. Huidobro en España. Santiago de Chile: Piso Diez Ediciones, 2016.

MORELLI, Gabriele. Vicente Huidobro: poesía y creación. Madrid: Fundación Banco Santander, 2012.

TEITELBOIM, Volodia. Huidobro: la marcha infinita. Santiago de Chile: Editorial Sudamericana, 1996.