Un verano feliz
Actores secundarios

Lo único que veía eran sus piernas delgadas. Su falda lila y las zapatillas negras. Las ramas cortaban el camino y se cruzaban pegando varillazos. Como iba detrás, debía tener cuidado de que no me llegara de improviso un golpe.

Florencia iba despejando el sendero. En la playa las risas parecían de universidad privada; al entrar por los vestigios de las cabañas, el silencio se producía como un murmullo que se arrastraba con los pies. Avanzamos entre la arena.

El bosquecito, dijo Florencia, y yo pensaba en los cimientos de las cabañas que iban quedando en el camino a medida que nos alejábamos de la playa. Llegamos a una especie de oasis donde las ramas de los árboles estaban dobladas. La sensación inmediata era: algo ocurrió. Ya no había murmullos; la playa se ubicaba a una distancia precisa, como si nos hubiésemos internado en el mudo corazón del bosque.

Miramos, callamos y volvimos a mirar. Es como un golpe, como una burbuja de vacío creada por los oídos, como la belleza de un rostro que se convierte de pronto en siniestra, como la calma fabricada de agujas y astillas, como las analogías que renuncian a la comparación. Continuamos el sendero. La única cabaña que queda, la que manejaba el oficial, aparecía semidestruida.

Era el lugar de residencia de los militares con su familia; el espacio intermedio entre la felicidad de la playa y las cabañas de torturas. En Santo Domingo, las grandes casas se asoman desde los cerros; pertenecen a los dueños del país con residencia en Santiago. Basta cruzar el río, y este panorama cambia. Reconocemos el Chile habitual, adornado de un enorme mall al costado del puerto.

Con mucho pudor, para mi registro, saqué fotos de la cabaña verde; ese vestigio como testimonio silencioso del horror. Sentí que estaba en una novela autobiográfica de Imre Kertész: en la ominosa hora de felicidad en el campo de concentración.

Todo proviene de un relato anterior, creo; en el bosquecito —decía Florencia— los testigos señalan que sentían muy cerca niños jugando y riendo. Pudieron ser los hijos de los militares que aprovechaban de venir a pasear a las cabañas. Aunque suene espantoso, no es una práctica inusual. En Auschwitz o Buchenwald, los nazis mantenían sus vidas familiares al lado de los hornos de cremación. Bastaba una cortina de árboles para mantener la distancia síquica resguardada. La oscuridad del inconsciente y la plenitud de la racionalización de la conciencia, dicho a grosso modo, yacía dividida gracias a un bucólico y pequeño parque.

En la última novela de Costamagna sucede algo parecido, pero con la cordillera de Los Andes. Quizás en Chile repitamos esta defensa del pasado a través de sutiles cortinas de humo por medio de la ensoñación. No lo sé. Tres, cinco años. No tengo recuerdos. No existen fotos. Se supone que viajamos por tres meses. Mi viejo dijo que fue a cuidar un cargamento en San Antonio. ¿Pudo ser alrededor de los ochenta? ¿O un poco antes y sus recuerdos lo traicionan? Si mis sospechas tienen validez, era el periodo de la inminente guerra con Argentina. Un cargamento -aclaró-, no seres humanos.

Tejas Verdes está cerca, al lado del río; Rocas de Santo Domingo, un poco más allá, próximo a la desembocadura, a la entrada de la playa. Si alojamos en San Antonio, tuvimos que visitar en algún momento el mar. El cargamento estaba en un cerro, y nunca vio qué era, reitera mi viejo, y lo afirma taxativamente. ¿Acaso jugamos con las olas, que repiten su gesto apático, cerca del campo de concentración? ¿Es posible que copiáramos esta indolencia de la naturaleza?

En el documental ficcionado “Un verano feliz” de 1972, la ternura de la voz en off, la articulación del relato visual, los afectos expresados entre los personajes, el tiempo de la narración de los trabajadores, penetran en el espectador y hacen pensar en la palabra “campamento”, empleada algunas veces en el film. Las hermosas cabañas a cargo de Miguel Lawner diseñadas para las vacaciones populares, el turismo social y el premio a los obreros del sindicato en la “batalla de la producción”, fueron usadas años después como campo de concentración. “Un verano feliz” retrata a Chile: el abrupto tránsito del campamento de la utopía al campamento del exterminio.

¿Habré pasado por ese lugar? ¿Jugamos con mi hermana en la playa, al lado de este espacio de torturas? Tres o cinco años, la edad en que uno recién aprende a contar. Un verano popular que, al superponer la mirada del documental con lo sucedido posteriormente, yuxtapone los espacios desde la alegría al horror, mezclando el cinismo y el espanto. Aquí se visualiza la responsabilidad de la mirada y su inabordable ambivalencia: ¿qué privilegiar en el recuerdo? ¿El objetivo de la CUT de construir hermosas cabañas para que los trabajadores y sus familias tuvieran espacios dignos de recreación o las mismas cabañas ocupadas como campo de torturas y desaparición? ¿Desde qué lugar proviene nuestro recuerdo: la alegría o el daño?

Para que en el presente la gente pueda jugar en la playa sin hacerse problemas, tendría que existir un limbo. Pero este no es el caso, los cimientos de las cabañas están ahí: bastó caminar algunos pasos y entramos al inconsciente del exterminio. Por favor, vayan a ver. O, en todo caso, ¿es posible ver? ¿Es posible imaginar que en estos solares están los cimientos de las cabañas del pasado? ¿Que allí estuvieron -y están- seres humanos habitando dos o tres espacios al mismo tiempo? ¿El verano feliz, el verano del espanto, el verano del presente neoliberal?

Como una cordillera, que parece defendernos del latido del pasado; como el mar que oculta los cuerpos con la tranquilidad del edén; como las “criadas” de rostro moreno vestidas con delantal blanco, cuatro hijos y la joven “señora” paseando por la costanera a la manera de Roma, la película mexicana; como las enormes casas parecidas a las construidas hoy en Concón; como la escena de una escritura de ciudades imposibles de transcribir en todas sus edades; como un documental ficticio de tiempos sedimentados y coexistentes; ¿es posible imaginar? ¿Se puede ver? ¿Podemos sentir todo esto de una sola vez?

“Nos han matado, antes de asesinarnos”, dice algo así Florencia Smiths en La ciudad No. Nos han matado, pero están todos los nombres inscritos en el mismo cuerpo, en el mismo poema de la ciudad, en el mismo espacio “tachado que íbamos pisando”.

En un momento, me llegó un varillazo involuntario. Un varillazo, con eso basta.