Un diario anómalo
Crítica

Hace algunos años llegó a mis manos Raíz de uno: Antología olvidada (Cinosargo Ediciones, 2011), primer libro de poesía publicado por Fernando Rivera Lutz y las primeras noticias que tuve sobre su obra. La publicación me pareció sumamente interesante, pero su edición era lamentable. Erratas por todos lados, problemas de diseño y la desalentadora sensación de que nunca hubo selección de textos. Lo más seguro es que el manuscrito haya sido publicado prácticamente sin editar. En lo personal, me preocupa cuando ciertas editoriales publican sin corregir, haciendo más que nada la labor de imprenta. En realidad, lo que más me preocupa es que lectores y lectoras puedan llegar a entender eso como sinónimo de edición independiente. Creo que, más allá de publicar en situaciones precarias y muchas veces vía autogestión, siempre podemos hacer más por los libros. 

Sin embargo, me parece que esto vendría siendo un problema más de edición que de autoría. Lo anterior queda confirmado en Calendario, segundo libro de Rivera Lutz, publicado por Ediciones Inubicalistas a fines de 2018. Este volumen de poesía reúne una serie de textos rotulados con su supuesta fecha de escritura, aunque sin orden cronológico aparente. Los poemas se suceden uno tras otro como escritos en un diario anómalo, posiblemente en constante descontinuación, pero insistente en su aguda mirada en torno a lo cotidiano. Para entrar en ello, cito el primer poema del conjunto, titulado “16 de enero”: “Se desborda el canal / y el agua inunda el sitio. / En el cauce vienen pequeñas ranas / quedan esparcidas / como si una batalla / las hubiese diezmado” (7).

En estas breves anotaciones desfilan una gran cantidad de temas sugeridos por el diario vivir de su autor, pero hay dos que me parecen protagonistas, enunciados desde un principio: la problemática convivencia con los animales y las preocupaciones políticas del hablante. En otras palabras, el ser humano como un animal político más de la naturaleza, lo cual de por sí es disruptivo si consideramos el axioma aristotélico que distingue a la humanidad del resto de la fauna. En el fondo, ante las destructivas catástrofes naturales ocurridas en Chile a lo largo de su historia, todo lo vivo peligra por igual, apunte fundamental para analizar un país como este. Sin ir más lejos, en el tercer poema del libro, titulado “13 de mayo”, se nos cuenta: “En el estanque de cemento / que almacena agua para riego / nos bañamos en verano. / En invierno / se ahogan las ratas” (9); y en el siguiente: “Un virus fulminó / a decenas de gallinas / habitantes del corral” (10); y en el siguiente: “La perra duerme en mi cama / apoya la cabeza en la almohada / como un ser humano” (11).

En mi opinión, estas líneas trasuntan cierta sabiduría tan extraña como armónica. Como bien señala Matías Ávalos en su texto sobre Calendario, estos poemas parecen a ratos las anotaciones de un monje que cavila entre la vida y la muerte. Rivera Lutz, oriundo de Copiapó, habita el desierto en consonancia con los animales que también lo pueblan, ya sea en estado salvaje o domesticados. Le interesa la relación problemática que tenemos con ellos y eso es parte de su incisiva visión política de lo que denominamos realidad. Creo que esta manera de abordar nuestra cotidiana relación con el resto de lo vivo es una preocupación que recorre el libro de principio a fin, como una dinámica forma de captar el paisaje y fijarlo en el poema. Sin ir más lejos, en uno de los últimos textos del conjunto, titulado “27 de enero”, la instantánea se presenta así: “Un sol cautivante / y el gato que avanza / sin la menor urgencia / por el linde de la pared. / Atrás una higuera seca / más atrás las viejas casas deshabitadas / del barrio Estación / y más atrás aún / los formidables cerros de Atacama” (41).

No está demás decir que una de las grandes cualidades del libro es su impresionante despliegue escénico. El ambiente del desierto es descrito de forma bella y sagaz. El autor es consciente de que –sobre todo en este caso– el paisaje puede llegar a determinar una poética y su perspectiva es realmente cautivante. El poema seleccionado como contratapa, titulado “28 de enero”, es una clara muestra de ello: “Aquí los cementerios / no tienen cercos / quienes morimos en estas pampas / descansamos a cielo abierto / de cara a la inmensidad” (32).

Por otra parte, volviendo a mis apuntes sobre lo político, hay pasajes donde la reflexión no se limita a las formas de convivencia con otros seres vivos, sino que se vuelve opinión abierta y declarada. Por ejemplo, en el poema titulado “10 de septiembre”, el hablante confiesa: “Últimamente estoy como ido / doy vueltas por la casa / me pongo el sombrero / recuerdo a Fernando / cuando nos saludábamos / Patria o muerte” (42).

De todas formas, la manera en que Rivera Lutz aborda estos temas está lejos de la grave militancia o de la ansiedad retórica del panfleto. El autor goza de un gran sentido del humor –lo cual se agradece mucho– e incluye sus meditaciones políticas entre los recuerdos, ocurrencias y bromas que idea en su día a día. Esto queda claro en el poema titulado “22 de agosto”, donde apunta: “Se amontonaron / seis tazas de café vacías / en el escritorio / y los esclavos / negros en los cafetales / aún no pronuncian / ninguna arenga revolucionaria / en la novela que escribo” (33).

Como se puede apreciar, la galería de imágenes y temáticas de Calendario es amplia y variada, circunscrita a un contexto determinado y sujeta más explícitamente a una serie de fechas apuntadas en los títulos. Me parece que esto define la forma en que debemos entrar en estos poemas. A partir de las fechas entendemos el clima, las efemérides, las inquietudes o los posibles hallazgos que podrían delimitar el horizonte de sentido de cada texto. Pero la poesía no tiene una temporalidad clara. Las fechas no son cronológicas y el diario es irregular. Pareciera que la intensidad del momento vivido y la autonomía que manifiesta el ojo del poeta fundaran su propia temporalidad.

En otras palabras, no es la distribución racional del tiempo lo que destaca en el Calendario de Rivera Lutz, sino su manera personalísima de vivirlo y de intentar retenerlo en el poema. Esa pareciera ser la preocupación subyacente a todo el libro. Y esa, sin ir más lejos, es la gran propuesta de su autor, esta vez acompañado del destacable trabajo editorial de Inubicalistas, que propone a su vez una visualidad acorde con dicha tentativa.

17 DE JUNIO

Un virus fulminó
a decenas de gallinas
habitantes del corral.
Un espectáculo devastador
ver esa emplumada masa inerte.
Cavamos toda la mañana
y en el boquete
depositamos los cuerpos.
Gatos y gatas
miraban subidos en la higuera.

28 DE ENERO

Aquí los cementerios
no tienen cercos
quienes morimos en estas pampas
descansamos a cielo abierto
de cara a la inmensidad.
Como en los viejos tiempos
las estrellas marcan la ruta
y llegado el momento
ascendemos
según la levedad de la temperatura reinante
y en ese trazo
sobre principios desconocidos
reconocemos allá abajo
nuestros restos
que quedan abandonados.

22 DE AGOSTO

Se amontonaron
seis tazas de café vacías
en el escritorio
y los esclavos
negros en los cafetales
aún no pronuncian
ninguna arenga revolucionaria
en la novela que escribo.

10 DE SEPTIEMBRE

En una de las paredes
de la pieza de mi hijo
cuelga el sombrero
que Mirtha le regaló
era de su esposo Fernando.
Últimamente estoy como ido
doy vueltas por la casa
me pongo el sombrero
recuerdo a Fernando
cuando nos saludábamos
Patria o muerte

2 DE FEBRERO

Soy el último en salir
nos vamos de vacaciones
todo en orden:
luces apagadas
gas desconectado
cortinas cerradas.
Desde afuera apuran mi salida.
La última mirada a la casa
en penumbras
un silencio feroz, agónico
me sobreviene
el doble click de la llave en la cerradura
y ese presentimiento
que algo se queda ahí dentro
para siempre.