Topografía a pulso
Crítica

Para ubicarnos en el espacio basta con ver a nuestro alrededor, encontrar algún punto de referencia. Bien podríamos usar el resto de los sentidos, aunque el resultado sería el mismo si solo buscamos algo externo a nosotros, como una calle. Amanda Olivares, en su primer libro de poesía, Se ubica en un cuerpo (2019), de la editorial Edícola, vuelca la mirada hacía nuestro primer espacio habitable: el cuerpo. Es un tanteo a eso que nos pertenece desde el nacimiento, pero que, debido al constante cambio, impredecible por su irregularidad, nos parece ajeno. ¿Qué es esa prenda llamada cuerpo que reacciona al ambiente y deja rastros a través del tiempo?

«Era el movimiento lo que medía. El mundo la tocaba. Su

fuerza provenía de un ducto. Afloraba desde el fondo de la

tierra. El cemento era controlador de la potencia.  Camisa

de fuerza. El cemento moderaba el flujo  constante entre el

sujeto y el mundo».

 

En este libro el cuerpo va de un espacio a otro mientras gana/pierde algo en el trayecto. La necesidad de usar plantillas en los pies, unos imanes para bajar de peso, el sudor en las articulaciones que se acumula inevitablemente al movernos: son el recordatorio de lo que somos, una mirada a lo perecedero y lo que prevalece, porque lo queremos, porque se nos exige, porque nunca tuvimos pleno control sobre nuestra relación con el mundo, sobre las consecuencias de una vida dentro de un cuerpo que cada mes cambia de talla. Es una escritura, como dice Folch en la contra portada, radicalmente sobria. Y es que las descripciones parecen referirse al afuera, a lugares comunes, reconocibles, pero siempre reverberan hacia adentro, como si no pudiese existir el uno sin el otro.

Las palabras recorren un organismo e intentan dibujarlo. Un personaje va al ortopedista y este último traza el contorno del pie de su paciente con el lápiz. Hay imperfecciones. No tiene una planta normal, requiere una modificación, ajustarla para un óptimo funcionamiento. “En la parte de los dedos, hacia abajo, un bulto: tenía que haber una curva, y era plana”. ¿Cómo debe ser un cuerpo?

No hay gran distinción entre cuerpos y objetos, ambos se describen con el mismo tono, uniéndolos, y no para encontrar un sentido, aquí no hay respuestas, es una pregunta que recorre todo lo habitado por los seres del libro: ¿Dónde me ubico? Vemos cómo dichos personajes se proyectan en un tiempo/espacio por medio de diversas experiencias corporales con esta interrogante a sus espaldas.

Recuerdo la reflexión de Perec en torno al dominio sobre el espacio. En ese sentido, cuenta la anécdota de un prisionero francés que logra escapar del tren que lo conducía a Alemania. Sin embargo, no sabía en dónde se hallaba, era de noche y no podía ver nada. Caminó un buen rato sin rumbo fijo, hasta que, cerca de un río, pudo ubicarse gracias a la distancia entre el sonido de una sirena y el posterior movimiento de las olas. Esa maestría del prisionero es lo que nunca encontramos en el texto de Olivares, porque, como mencioné, el espacio que se nos presenta no es estático.

“Distinguir, clasificar, etiquetar. Detalles que ordenan

el recorrido. El fragmento sintomatiza una avenida. La

inflación del tallo. El cuerpo ansiando huellas rápidas. La

pompa y el túmulo buscan artefactos para recorrer el día”.

 

La escritora propone una vulnerabilidad extrema a los estímulos, generando un cuestionamiento que se dirige, además, al discurso hegemónico del cuerpo. Así, la clasificación, etiquetado, búsqueda de huellas, tiene como fin esa memoria corporal, la geografía íntima de sí misma. Una voz se pregunta sobre las “instrucciones” que debe seguir y lo absurdas que son, la relación entre estas y un juego. Leemos episodios de la vida de unas niñas (más bien adolescentes al avanzar el poema) a retazos, señalando solo aquello que atenta en contra o a favor de sus cuerpos, y que evocan momentos que más de alguno/a experimentó.

 

“Me enseñó a fumar. Fuimos a su casa después de clase.

Arrendamos una película en el video club. Salimos a dar

una vuelta por la cuadra y tras la esquina de una casona

amarilla prendimos el cigarro suelto que compramos en

un negocio de por ahí. Inspiré tres veces. Nerviosa. El

humo me quedó atrapado en el pecho. No entendí. Me

tragué un chicle y me fui asustada.

Posibilidad de intervenir en el mundo, a pesar”.

 

Una sensación de inocencia inestable transita las palabras, cada pliegue del cuerpo parece impropio. No es casual, entonces, mostrar este momento de sus vidas, el de los primeros contactos afectivos con otra persona fuera del círculo familiar: “Nos mirábamos de reojo al pasar. Me sonreía cómplice”. La fuerza del poema radica ahí, en ese sentir en extremo y de manera poco definida; en una mirada al entorno que interviene, como dice Olivares, de otra forma en el mundo. “Algo permite leer el cuerpo”, y solo así podemos saber nuestra posición.

Se ubica en un cuerpo nos habla del espacio que somos, de la imperfección, la pérdida, las anormalidades según reglas que nadie entiende. Es una pregunta inagotable, pero tremendamente necesaria.

 

 

Se ubica en un cuerpo, Amanda Olivares, Edicola, 2019, 68 páginas, $7.000.