Sabiduría de los pájaros
Crítica

Es un gusto para mí presentar este libro de Roberto Contreras, amigo entrañable y compañero de viaje. Un viaje ya bastante largo, desde los tempranos años noventa, cuando coincidimos en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Chile donde ambos ingresamos para estudiar literatura. Desde entonces, no solo agua ha corrido bajo los puentes. Sin embargo, el trabajo de Roberto, su forma de hacer y vivir la literatura, han sido y siguen siendo para mí objeto de admiración y respeto. Este libro viene a confirmar la vigencia de ese trabajo, desplegado en los ámbitos de la narrativa, la crítica y la poesía. A propósito de este último registro, el poético, aprovecho de apuntar, como sugerencia para el lector atento, la revisión de Siberia, su entrega poética anterior. Publicada por Lanzallamas hace varios años, es un libro que me parece relevante en el contexto de la producción poética de inicios de la postdictadura.

Entro en el libro a partir de algunos comentarios breves, notas, vistas parciales. Tal como apuntó David Bustos en su comentario, creo que este es un libro engañosamente breve en extensión, pero cuya lectura tiene una resonancia larga, un eco prolongado. Sus significaciones se proyectan en muchas direcciones e invitan a la relectura.

Escribir es cortar/ surcar con una gubia/ avanzar por las grietas/ rodear los nudos/ pulir las asperezas/ con todo el tiempo del mundo. Estos versos parecen expresar la poética que anima este libro. Escribir es cortar escribe Contreras. Lo propio de la poesía es la poda, escribe Gonzalo Millán en Veneno del escorpión azul. Una comprensión compartida de la escritura como un ejercicio que implica rigor y persistencia. Un trabajo arduo con la forma que busca la sobriedad y la sencillez de lo necesario. Escribir con la sencillez del gato que limpia su pelaje con un poco de saliva, cito nuevamente al gran Millán, uno de nuestros maestros en el arte del corte y la concisión.

Este es un libro escrito con la exigencia de fijar en el texto solo aquello que es imprescindible. Pero también producto de un trabajo con el silencio que es aquí uno de los materiales fundamentales de construcción. Escribir es una forma de callar, decía Lihn. Creo que la escritura de este libro, hecha de blancos y elipsis, participa de esa definición. Este es un libro hecho, en gran medida, de silencio. Eso es lo que le permite proyectar lo que a mí me parece uno de sus rasgos esenciales: la claridad. Claridad en el sentido de silencio como escribió alguna vez George Oppen.

El contrapunto a este silencio, a esta prolija construcción de una claridad del poema, es el trabajo que intensifica la carga de sentido de cada palabra y cada verso. La gran literatura es sencillamente idioma cargado de significado hasta el máximo de sus posibilidades. Pedazos de agua se hace cargo de la conocida máxima de Pound y la pone en juego mediante la concentración y la energía que transmiten al lector cada una de sus imágenes. Concentración. Condensación. Desde este punto de vista, esa es la capacidad que debería desarrollar el poeta, el sentido último de su oficio. Como escribe Lorine Niedecker en un poema que descubrí hace poco. El poema se llama Poet ´s work, El trabajo del poeta: Abuelo/ me dio un consejo: /Aprende un oficio // Aprendí/ a sentarme en mi escritorio/ y condensar // No me cesarán/ de esta /condensación.

Manejar con simpleza la vida/ como se unta un trozo de pan en una yema/ llevar en un vaso solo el agua de ese día/ sin desgastarse en querer llamar / todas las cosas por su nombre. Si la poética de este libro es la del silencio y la condensación, la política que propone, en mi opinión, tiene que ver con la presencia y la atención sobre la naturaleza y las escenas de la vida cotidiana. Manejar con simpleza la vida no es una tarea fácil en el contexto que estamos viviendo. Una época donde el tiempo ha sido vaciado de sentido, ha perdido su aroma como escribe Byung Chul Han. Vivimos habitando el tiempo muerto de la producción y el espectáculo que ponen un ritmo frenético a nuestra vida cotidiana. Un ritmo vertiginoso donde se suceden sin parar las experiencias de superficie y las imágenes falsas sin que podamos respirar fuera de ese flujo que nos envuelve hasta ahogarnos.

El trabajo de la poesía: cortar, surcar, avanzar, rodear, pulir. Esa labor debe realizarse, tal como escribe Contreras, con todo el tiempo del mundo. Para conseguir ese tiempo debemos ser capaces de salir del flujo. Usar las cosas que nos rodean, como recomienda Carver en el epígrafe, para tomar conciencia del presente. Para estar en el aquí y el ahora. Cito para terminar un poema del libro Pedazos de Robert Creeley: Tan real como pensar,/ milagros creados/ por la posibilidad/ formas. Un punto al final de una oración/ que comenzaba/ con era/ hasta un presente,/ una presencia/ que dice/ algo/ mientras avanza.

Una presencia que dice algo mientras avanza, escribe Creeley. Tal vez eso sea la poesía, o cierta comprensión de lo que ella es, desde la perspectiva de este libro y la tradición en que se inscribe. Tal vez la poesía sea una forma de salir del flujo irreal del consumo y el espectáculo, de superar sus ficciones ya omnipresentes. Una forma de salir de todo eso y vivir en tiempo real. En el aquí y el ahora. De recordar, como escribió Gonzalo Rojas, que vivir y morir en la realidad es entender que el sol es la única semilla. De adquirir algo de sabiduría real. Esa que, como dicen los versos que abren este libro,  solo los pájaros conceden.

 

 

Valparaíso, abril de 2009