Postales
Actores Secundarios, Jorge Polanco

No tengo claro cómo empezaba el sueño. Me hubiera gustado decir con la precisión de Freud: comenzaba así, y de esta manera contar un relato desde el principio. Pero el mundo onírico no suele comportarse. Es abrupto y va directo a los acontecimientos, que rememoro con dificultad en parcelas de significados nómades. Describir ciertos sueños se ha transformado para mí en un ejercicio tedioso y agotador. Palabras que podrían aplicarse al flâneur de Las flores del Mal: tedio, vagabundeo, voyeur de sí mismo y los demás, como si el inconsciente fuera una ciudad y el esfuerzo consistiera en merodear algunas calles extrañas, tan raras que nunca las podría reconocer como pertenecientes a un barrio cercano, menos aún a uno próximo a mi hogar. Donde habito actualmente siento que solo fuera un préstamo y que pronto volveré a otra casa que ni siquiera conozco. Con el tiempo supe que de eso se trataba: la interpretación, el juego de la recepción, es un tejido que se cubre de una historia tras otra sin llegar al primer dibujo de la tela. Digo todo esto tal vez porque la última frase de Lienlaf, bebiendo una copa de vino, se trasladó a la frontera del mundo onírico: «Valdivia es una bella postal».

Las ramificaciones de esta provocación contra los valdivianos, proveniente de un poeta de Alepúe, se tradujo en un bus que necesitaba esperar. Los pasajeros venían de otros lugares —gente mala del norte, sospecho, como dice el dicho—, pero que debían bajar del bus y caminar por tierra cerca de la costa. Eran exiliados, como yo. Entre varios detalles desagradables, un hombre sacó una escopeta y comenzó a practicar tiros contra el mar. No alcanzo a descifrar su sentido, solo la sensación de una soledad enorme que extrañamente repercutía en mí. Una imagen vagabunda de violencia; próxima y sin rostro. Olas que renuevan su silencio fuera de todo contexto. No pretendo contar nada definido, solo seguir las pistas de una imagen. Es difícil descifrar esta figura de un hombre disparando al que solo veía la espalda, apoyado en un montículo de adobe, como los que se construían antes.

En un restaurante ubicado en una pequeña loma o, quizás sea mejor describirla como una cuesta, bajamos a comer pescado. La vista da hacia una bahía pequeña donde desemboca un río. Es un panorama sobrecogedor que se abre rodeado de bosques. En los cerros se conservan todavía árboles nativos, casas que se ven a lo lejos con vacas y caballos siguiendo el curso de la corriente, y la costa que tiene un brazo de dunas que forma una pequeña poza, suavizando la desembocadura. Un puente cruza este lugar entre el Océano Pacífico, la diversidad de flora y fauna (una vez vimos a un pingüino) y la montaña que se precipita con su presencia abrupta sobre los seres vivos. Chaihuín tiene una historia particular: natural y política.

Una amiga me contó que las mujeres rehicieron el pueblo después del golpe. No sé si sea cierto, pero suena verosímil. En los setenta, una sección del PS creó una escuela de guerrillas. Era el lugar indicado para dicho entrenamiento; en un pequeño espacio se reúnen en la selva valdiviana las condiciones precisas. Con el añadido de que en un breve recorrido puede pasarse de la ciudad al mar, los ríos, los bosques, la lluvia y las complicaciones de un terreno difícil de rastrear. Antes que asumiera Allende, la guerrilla fue descubierta y hasta el día de hoy existe un desaparecido —el Kiko Barraza— ex cadete de la Escuela Naval perteneciente al PS de esos años; los demás lograron escapar y sobrevivir a la persecución de un comando de boinas negras.

No sé si será cierto, como dije, pero después del golpe dicen que los militares buscaron revancha contra los hombres. Las reivindicaciones de terreno y la ayuda que recibieron los guerrilleros por parte de los campesinos deben haber enfocado el ojo de la sospecha. Las mujeres —las madres en duelo, como siempre— tuvieron que mantener un pueblo arrasado por helicópteros y las nuevas particiones de terreno “recobradas” por los viejos ganadores que iniciaron la explotación de los bosques. Esta crónica se alimenta de una anterior; Karen Alfaro —historiadora de Valdivia—me contó que, en los años cuarenta, las mujeres de Corral se pusieron de acuerdo entre ellas y organizaron una reprimenda contra el alcoholismo de sus compañeros. Ya se pueden imaginar algunas de las medidas. Las luchas de las trabajadoras —el Movimiento de Emancipación de las Mujeres tenía un comité local— articularon formas políticas de una memoria histórica de largo plazo. Eso se nota. Las cocinerías son administradas principalmente por mujeres. Se percibe una potencia femenina de organización social en el trabajo colectivo de los restaurantes y las cabañas.

Chaihuín es un poblado hermoso; su bahía es prodigiosa, y es el lugar del que supongo provenía el hombre exiliado que disparaba contra el mar. Aunque no estoy seguro, ahora que escribo estas líneas, vino a mí la imagen de dos veranos atrás: fuimos con Patricio Medina y Javiera, su hija, a recorrer los bosques y la playa de Chaihuín. Aprovechamos de visitar las cocinerías, pasear por Corral y volver por el camino interior de las forestales que llega hasta la Unión. En un momento me quedé atrás observando al padre y la hija mientras miraban el océano. Mi amigo no venía expresamente a este lugar, sino a Mehuín a conversar con los pescadores. No venía a disparar, sino a elaborar el luto, a aprender cómo hacerlo.

Patricio Medina lleva años visitando a los pescadores. Consulta las huellas de las animitas: las flores, los símbolos, las despedidas, los epitafios. Los cuerpos de los pescadores desaparecidos no están, pero sí los cementerios con sus nombres y recuerdos. Cementerios sin cuerpos. Patricio quiere aprender de los pescadores, y así darle una sepultura a su hermano Rodrigo Medina Hernández, detenido desaparecido a la edad de 18 años. Justo la edad que tenía en ese entonces, hace dos veranos, Javiera, su hija. Pienso en la fragilidad de los años, en que la juventud fue la más perjudicada en sus sueños después de la dictadura, en que nos enseñaron a soñar de otra manera; pienso en la espalda de ese hombre disparando hacia el mar, que podría haber sido diferente en otra época, en un exilio interior alimentado de una utopía distinta a la neoliberal. La contrapongo a la imagen del sol de ese día, con Pato y Javiera; llegamos a sendos miradores que abren una amplia perspectiva a la montaña y el río que cruza el abrupto paisaje resguardado. Bajamos a la playa y los dos metieron los pies en el agua. Los veo ahora ahí: en la desembocadura, en este momento. Chaihuín es una bella postal. A veces, solo se necesita una imagen.