Polvo de ladrillo, de Andrés Urzúa de la Sotta
Selección

FRESIA ASTUDILLO

La cancha de tenis es una página en blanco. Los tenis­tas escriben sus golpes con precisión. Entrenan leyen­do a sus adversarios y a sus predecesores. Escribir es aprender la exacta técnica del servicio. Es intentar un ace o un passing shoot, pero dejar siempre la pelota en la malla. Tu adversario lo sabe. Él también debió pasar días enteros entrenando, mascando el amargo sabor de la derrota. Pero nada de eso importa demasiado. No jue­gas para ganar, sino para aprender a persistir. Ese es el gran desafío. Pese a la imposibilidad de la victoria, insistir en el oficio de jugar. Insistir en el oficio de escribir.

 

EL CABO MENESES

Uds. no pueden acobardarse. Deben ir
al frente como buenos soldados.

Augusto Pinochet

Yo tampoco me dejé amedrentar por las amenazas. Así, pequeño y flaquito como me ven, viajé a Bastad junto a la delegación chilena, con el único objetivo de cum­plir el mandato de mi general. Al llegar a Suecia tuve una sensación indescriptible. Algo así como un vacío en la boca del estómago o como el vértigo previo a una derrota o a un desmayo. El operativo de seguridad era impresionante: helicópteros, caballos, perros amaestra­dos y alrededor de mil doscientos policías. En total, más de cuatro millones de dólares destinados únicamente a resguardar al equipo chileno de Copa Davis. Nunca había visto algo parecido. Hasta un muro se había cons­truido en las proximidades del hotel donde alojaba la delegación chilena. Pero lo más increíble de todo suce­dió cuando ingresé a las graderías del estadio. Entre la cancha y el público había una cortina de plástico trans­parente de unos diez metros de altura. La idea era dejar­nos separados de los jugadores, de modo que ninguno de los asistentes pudiera atentar contra la vida de los te­nistas chilenos. Al ver esta escena se me vino inmedia­tamente a la cabeza la imagen de un invernadero. Los tenistas como plantas de un ecosistema regulado. La pe­lota como el polen que viaja de una planta a otra. Pero también imaginé un montaje: la cortina transparente como un telón horizontal. Cientos de espectadores en las gradas, sintonizando un espectáculo preparado por el enemigo. Una completa farsa en vivo y en directo. Una farsa elaborada por las cúpulas más delirantes del marxismo para demostrar el poderío soviético y mani­pular a la prensa internacional.

 

 

Fragmento nro. 9 de club de campo

¿Qué será del Chavo?, me pregunto. Y al hacerme esta pregunta de alguna manera me resigno al paso del tiempo. Pero qué será del Chavo. ¿Qué será de los cimientos de su casa, que estaba al costado de la cancha dos? Lo último que supe de él fue que lo despidieron. Cuando la empresa se declaró en quiebra y tuvieron que venderla a los japoneses. Pero la verdadera quiebra, pienso, fue la del Chavo. Él debe haber estado quebrado por dentro. Como las tazas que quedaron guardadas en la repisa de la cocina cuando cerró la puerta de su casa por última vez. Y su mujer, con los ojos llorosos, le dijo: vamos, Rolando, que se está haciendo tarde. Había trabajado durante 40 años en el club de campo. Desde el día uno, cuando pusieron la primera piedra. Antes de la multicancha y de los camarines. Antes del puente de madera y del salón de eventos. Mucho antes del gimnasio que instalaron junto a la cancha de baby fútbol. Él había estado allí, con el rostro impávido, durante décadas. Aprendiendo a enmudecer frente a los ejecutivos de la empresa. Atendiendo a los gerentes, a sus señoras y a sus mimados hijos. Soportando la insidia constante del arribismo y de la discriminación. Pero nada de eso le quitaba el sueño. Él tenía su propia casa, pegadita a la cancha dos. Se la habían construido en 1976, para que pudiera estar siempre disponible a las demandas del club de campo. Este es el trato, Rolando: te hacemos una casa y tú te encargas de todo, de absolutamente todo. Tres de sus hijos nacieron allí. Se criaron entre los ruidos del tren y el silencio religioso que irrumpía entre los golpes de los tenistas. Junto al resuello de la señora del gerente, quien emitía un bufido grueso al ensayar su revés durante las clases de tenis.

Antes de irse, el Chavo recordó su primer día de trabajo: los obreros camino a la estación, la marcha de los trenes en dirección al oriente. Y en vez de pensar, simplemente se dejó llevar por la memoria. Como quien asiste a una sala de cine y de pronto comienza a observar sus propios recuerdos en la pantalla, junto a la voz en off de un narrador que conoce la cronología secreta de cada una de sus historias.

 

 

ANITA LIZANA

Santiago, 1937. Chile recibe a la campeona Anita Liza­na. El presidente Alessandri la invita a La Moneda. Es la número 1 del tenis mundial, según el prestigioso crítico británico Wallis Myers y las revistas especializadas de la época. La Ratita se dispone a salir por el balcón de la casa presidencial. Afuera, en la actual Plaza de la Ciuda­danía, una muchedumbre vitorea su nombre. Fotógrafos cuelgan de los enrejados que circundan las ventanas de la planta baja de La Moneda. Cientos de mujeres la aga­sajan con arreglos florales, tal como ocurrió al regreso de su primer periplo deportivo por el Viejo Continente, cuando viajó gracias al financiamiento de una colecta pública. La campeona lo sabe: es el mayor triunfo de­portivo del país, sin lugar a dudas. La euforia de los asis­tentes supera con creces los festejos tras la obtención de la Copa Mitre por los hermanos Torralba en 1923.

Antes de asomarse al balcón, la Ratita da un paso en falso. Imagina por un momento que su cuerpo, al igual que en la premiación de Forest Hills, puede jugarle una mala pasada. Que si no se concentra es posible que se vuelva a desmayar, pero esta vez en un segundo piso y ante sus compatriotas. Tiene la sensación de que si se deja llevar por el temblor de sus piernas, es probable que su cuerpo se desplome como si fuera una pelota que se despega de una raqueta tras un remache o un violen­to servicio. Pero a la vez cree que puede planear sobre la muchedumbre. O al menos deslizarse sobre las palmas de los asistentes como si fueran retazos de una cancha de arcilla.

Anita Lizana tiembla y sonríe a la vez. No imagi­na que pronto estallará la Segunda Guerra Mundial y con eso se suspenderán indefinidamente los torneos, entre ellos su ansiado Wimbledon. Tampoco que su futuro marido, el escocés Ronald Ellis, le prohibirá dedicarse al tenis de manera profesional. Ni mucho menos que ese mismo balcón, o más bien la estruc­tura que lo sostiene, será bombardeado 36 años después por sus propios conciudadanos.

Anita Lizana tiembla, sonríe. Toma un poco de aire, da un par de pasos ligeros y sale al balcón con la misma elegancia con que subía, de vez en cuando, a la red.

 

 

 

 

Publicado por la editorial Libros del Pez Espiral,
en mayo de 2019