Poemas Edad de la ira, de Patricio Alvarado
Selección

Sobre Edad de la ira.

En un panorama de publicaciones donde lo mapuche es un tema central, Edad de la ira (Sin Fin, 2019) de Patricio Alvarado Barría nos entrega otra perspectiva, con mayor amplitud sociohistórica, restándole el aspecto contingencial, tan presto al autobombo de quienes detentan lo mapuche como un capital más dentro de los capitales que hoy circulan por nuestra cultura.

 

Aclaración preliminar

El libro vuelve sobre un episodio originario: la pacificación de la Araucanía, a cargo de un psicópata, el capitán Hernán Trizano Avezzana (1860-1926), fundador y capitán de una fuerza paramilitar creada en 1896 y anexada al Regimiento de Carabineros en 1907, como se señala en la contratapa. Los poemas, distribuidos en tres capítulos donde se indaga en distintas formas, lo que enriquece la composición del libro de manera notable, nos muestran un mundo ominoso, una pesadilla donde las lógicas físicas y psicológicas están absolutamente destruidas (“la habitación se inunda hasta desaparecer en la maleta” o “una habitación cerrada sostiene la ciudad”). En esta ampliación de la mirada, no solo hay un guiño hacia la fotografía, sino que ampliación aquí también significa insistencia o resistencia, palabra de la que cada vez desconfío más. Quedémonos con insistencia.

Edad de la ira parece ser el libro que da origen a Triage (Alquimia, 2015), novela donde se trata el mismo tópico con un montaje y aire distinto. Aquí es pura asfixia. En estos poemas, la sustracción de lo narrativo (entendido de manera llana como contar una historia) es reemplazado o profundizado por la acumulación de sus despojos, las imágenes mutiladas de un momento en nuestra historia que se prolonga hasta hoy. Es un gran acierto hacer retroceder la mirada y construir ese pasado con versatilidad hodierna, con toda el agua que ha corrido bajo el puente, además de los crímenes más recientes de parte del Estado chileno.

De todo el constante pataleo y casi disputa por quién es más o menos mapuche, aparece un libro como este, donde no hay un rastro de hashtag y lo mapuche no puede ser reducido a su capitalización artística. Quizás sea necesario acotar que Patricio es de Temuco, vivió toda su vida allá hasta que como muchos que somos del sur, hizo el viaje a la capital para estudiar en la universidad. Es decir, vivió la primera etapa de su vida en la Araucanía.

Edad de la ira es un libro de una ética a prueba de balas, donde su calidad no puede ser reducida al tema, que está como señal, según leo, de una situación que atraviesa la historia de nuestro continente y a su vez la historia de las mujeres y también de las minorías. El libro muestra cómo, desde la Pacificación hasta hoy, la situación es más o menos la misma, solo que hoy día está más espectacularizada, lo que genera una adherencia a la causa desde la comodidad del teclado de un notebook. Edad de la ira es un aporte real no solo a la lucha mapuche sino que a la poesía, lo que me hace recordar la frase de Lihn en relación a los poetas comprometidos a principios de los ochenta: “por favor, también comprometámonos con la poesía”.

Los poemas

Muchos de los poemas interpelan a Trizano, añorado por los sujetos apretujados, animalizados dentro de los poemas. Al leer y releer estas páginas, el primer sustrato es la construcción del paisaje, que en sí mismo resulta hostil para los fines de una pacificación y al mismo tiempo benéfico para los mapuches: están en su tierra. Barro, bruma, nieve, humo, lluvia, donde “entre peñascos y polvo se desata el laberinto”. Las imágenes se impregnan de estos elementos naturales que a su vez se impregnan de cuerpos y despojos de los mismos asentamientos. No por nada el primer capítulo se llama casas quemadas, una especie de insignia de la lucha que se libra en el sur. De hecho, algo drásticamente formal, es que en los primeros poemas habla una voz que bien puede ser atribuida a un paco, a un paramilitar. Son los seguidores de Trizano quienes tienen voz, una voz que sale debajo de la tierra, una voz que dice: “esto no es una ciudad, no hay historias/ hay voces que tropiezan, la escena gira y da vueltas”. Sin embargo, dentro de la pesadilla, y aquí se nota la mirada del poeta sobre el campo de batalla, hay un momento para distinguir “campos amarillos ondulan en medio del saqueo” y hacer un contraste con reflexiones del tipo “regamos la aridez de nuestras fantasías/ con el paisaje de la usura”.

A lo largo de los poemas pululan celadores, vigilantes, guardias. Sujetos que llevan a cabo las labores opresoras. En este sentido, es un libro escrito desde el otro lado  (“al reverso las casas caen al mar”). Es como si los poemas apelaran al nudo ciego del conflicto, un conflicto inventado desde el Estado y su afán expropiacionista, de un coloniaje inveterado. Hay una tensión entre una voz que quiere emerger, una voz que podría ser algún hablante, pero no se ve un hablante claro, lo que resulta muy interesante pues no podemos atribuir a nadie lo dicho, como si el lenguaje mismo se encontrara en un interregno. Esto se confirma en la segunda parte de destierros, una serie de diálogos no dialógicos, como si cada entrada, cada voz diera lo mismo, pues todos acusan recibo del terror y la mutilación de lo social. No olvidemos que es una guerra, que el Estado ha montado una guerra secular en territorio mapuche, por lo tanto los lugares de enunciación también están en un estado de excepción; el cotidiano está suspendido o lo cotidiano es una guerra perenne en contra del pueblo mapuche, y desde allí las voces apenas alcanzan a decir, apremiadas por las circunstancias. Esta parte es un tanto claustrofóbica y a ratos recuerda a Beckett, de los pocos que llevó el lenguaje a su grado cero. Quizás esto quiera decir que lo social está en un grado cero (la guerra), donde el diálogo ya no surte efecto alguno y el enfrentamiento es normalizado por el aparataje mediático y periodístico conjuntamente con el discurso oficial. A ratos, el libro también recuerda a Los pichiciegos.

Quizá lo que Patricio Alvarado Barría nos quiere decir es que el lenguaje mismo está en un estado de excepción, donde “la configuración abigarrada y colonizada del tejido social nos pone frente al hecho de que las palabras resultan insuficientes para desmontar los bloqueos epistemológicos y las penumbras cognitivas que nos invaden en los tiempos de crisis” (Rivera Cusicanqui).  Seguramente, este libro abrirá desde otro lugar la discusión sobre lo mapuche, y los poemas, desde su compromiso poético, asedian las imposturas.

 

Sebastián Gómez Matus

 

 

 

 

 

 

el lodazal hunde sus pedazos
una habitación de cenizas deshace su piel junto al viento
y cae por la pendiente, celadores en manada
sobre sus viejos trastos

los animales duermen en agujeros cavados
para construir laberintos, dijeron: aquí
nos ocultaremos del fuego
en el estiaje levaremos la ponzoña

 

 

 

 

los guardias olvidaron el santo y seña
la quijada robusta del general –capitán– Trizano
importada desde la vieja península sobresale
entre su rostro desfigurado en calle Balmaceda
no se resistió a los moldes ni al cincel
sí al tedio, al regreso dramático a casa
caer a la fuerza como la noche, diría
sin distinguir el brillo de la hoguera que anuda
el cielo conserva su propio aroma y entremedio el barro

el mástil de la bandera se hunde en la poza
una bandera, un pañuelo o una mecha, da igual
el barro tiñe el agua y la prende

 

 

 

 

—  Calle La Apacheta. Domingo dieciocho, es la una de la

madrugada. La neblina cubre los departamentos.
—  Ellos conversan como si nada hubiese sucedido.
—  Las lombrices crecen en los maceteros del bloque número
catorce.

—  Las ratas roen afrecho, monedas y plástico.
—  Las luces no son capaces de herir la estepa.
—  Julio de dos mil diez y graniza.
—  Pequeñas bolas de cristal perforan la piel como agujas.
—  Prefieres disimular con maquillaje las marcas del encierro
pero los golpes se oyen desde la vereda.
—  El abono se acumula en el piso. Resbala entre las grietas.
—  Escucha un motor arrancar en el espesor de la nieve.

 

 

 

 

los vigilantes recorren durante la madrugada
las poblaciones la pacificación, carabineros de chile
dicen, hacemos trompos en el suelo para marcar
nuestra marcha, prendemos velas al busto del capitán
Trizano, orbitamos el estanque seco, esquivamos los perros
el frío y la hondura del cielo mientras amanece

 

 

 

 

construyo barcos de papel que tiro a un pozo
la calle está vacía, el pozo seco
las horcas se levantan como un campo de petunias
o azucenas importadas, flores de temporada arrojadas
a un erial de lanzas y sebos
un atado de fosas germina al calor y humedad
el pozo se abre al monzón escondido en sus huellas