Negro sobre blanco
Actores secundarios

Al sentarme, los colegas agarraron las sillas del costado; yo quedé en una mesa frente a un hombre moreno concentrado en su plato. En el Derby, pequeño restaurante en el centro de Valdivia de un solo pasillo, se comparten mesas a la hora del almuerzo. Era una cazuela de ave; pedí lo mismo. Al subir la vista, me percaté que era Jorge Aravena, ¡el mortero! Esperé un poco, y ya sin aguantarme, lo saludé y le pregunté por el partido que se venía entre Valdivia y Wanderers. Muy correcto, dijo: “Wanderers es una gran institución”. Algo falso: es un club que todavía le da rostro al mundo popular. Lo mejor, obviamente, es su hinchada y las divisiones menores que aún viven de la aspereza de los barrios, y no solo los de Valparaíso. Pero como institución, ¡institución!, fue tomada—como todo el fútbol chileno— por las sociedades anónimas y el respectivo patrón de fundo que desea apropiarse de un lugar en el espectáculo. El acaudalado empresario dueño de las acciones dijo que el club era un fracaso, como si no supiera que el puerto fuera ya una ruina concertada, y no hace falta ostentar riqueza para mantener cierto garbo incluso en la decadencia.

Hablamos de la manera cómo Wanderers descendió esta última vez. “No jugó a nada”, dijo el mortero, que había asistido a los dos partidos de la liguilla de promoción. Es una crítica al entrenador joven de ese entonces —supuse con el cinismo que reina en nuestra época—, precedido de historias de triunfos fugaces, conocido en el ambiente del fútbol por ser hijo de un ex arquero de la selección; es decir, que es un apernado. Un entrenador al estilo del Milán o Barcelona. Nada que ver con la forma de vida y fútbol de un puerto sin trabajo como Valparaíso. Entre paréntesis, ahora que me acuerdo, una vez su padre estuvo a punto de golpearme en el bar de faloperos que instaló en Quilpué. Le recordé su pasado en la Católica y en un equipo del norte, cuando le metieron 7 goles. ¿Te acuerdas de Tudor?, le dije socarronamente, evocando como un poema al goleador de esa tarde, quien al parecer no hizo mucho más en su vida futbolística. Ahora aparece en el CDF como un galán maduro de clase alta.

La verdad es que el mortero no dijo nada de todo esto, solo se limitó a su escueta apreciación: “No jugó a nada”. No quise ser tan obvio, pero le quería preguntar por el tiro libre contra Uruguay. Esta pregunta debe ser tan recurrente que me quedé con las ganas. Hay que darle la posibilidad de cierta discreción a los creadores. También quería averiguar si sabía algo de Acasuso, el arquero peruano denostado por “traición a la patria”, después de comerse un tiro libre de Aravena y tres goles ridículos en el primer tiempo. Cuando uno revisa las imágenes en internet de aquella década, se siente tan presente el ambiente político y la violencia de los partidos como una especie de guerra soterrada. Los futbolistas como los militares eran sacados pronto del colegio y el entorno familiar; el temprano reforzamiento ideológico los hacía propicios a creerse el cuento del patriotismo. “Ponerse la camiseta”, algo así se le puede repetir como palabras de aliento a un torturador.

Es difícil sustraer a Jorge Aravena de estas imágenes de jaurías en el Estadio Nacional. Ya sabemos la historia de esta cancha con el golpe. La juventud del mortero está asociada a su vida como futbolista en los ochenta. Pero en las paredes del Derby habitan también otras imágenes: asoman retratados los integrantes de Schwenke y Nilo, jóvenes. En muros blancos y figuras en negro, las efigies plasman un conjunto de cantores, ubicados como una especie de pinacoteca popular. Conversando una vez con un amigo, al desviar la vista hacia uno de los retratos, vino a mí la imagen de Luca. Era igual a uno de ellos, y claro había olvidado que era hijo de Schwenke. En mi ignorancia de quilpueíno y villaalemenino, las bandas en castellano que escuchaba cubrían el estrecho radio de La floripondio o Los Fiskales, pero no tenía idea de este mito sureño que dotaba de recurso poético a sus letras, algunas escritas por Clemente Riedemann. Luca me contaba de la relación que tenía con su padre: el sujeto lírico que habitaba en su temple, el estrecho vínculo con la naturaleza y los paisajes que irradió a su hijo desde niño y, en cierta medida, un espíritu volcado hacia la pulsión utópica, a la vieja usanza. En cambio, las canciones del Macha, La floripondio y Chico Trujillo son vitoreadas por Los Panzers como un aguante contra el temple mísero del realismo capitalista. Ya se sabe lo que pasó entremedio. Algunas barras intervienen los partidos como una fuente ladina de oposición al actual gobierno y al mismo tiempo parecen una extraña comunidad sin utopías.

¡Luca!, le dije a mi amigo, cuando vi sin analizar el retrato, y claro es como si la historia buscara reponerse constantemente. Raúl, el antiguo garzón, da la mano y saluda a los clientes preguntando si falta alguien de los parroquianos. En Quilpué, los dueños de un local de rock me invitaron al cierre de su bar cuando quebró. Similitudes que uno siente como parámetros de que, a pesar de todo, las cosas están relativamente bien cuando nos reconocemos. De Luca tuve noticias hace algún tiempo, después de diez años; lo último que supe era que había instalado una escuela rural en una localidad cerca de Quillota. La imagen de Nelson y Luca son tan similares; creo que esa es la virtud de las ciudades pequeñas: aún puede verse la historia encarnada en los cuerpos. En Valdivia, la gente conoce todavía las procedencias y filiaciones familiares.

Hay otro Aravena que a veces he visto en estos espacios: Javier. El cantante de La Rata Blusera tiene una relación estrecha con escritores, y su forma de producción literaria y musical, creo, proviene de un registro que sabe renovar el pasado. El espíritu utópico tiene este sello: leer la historia como jeroglíficos de una potencia futura. En otra ocasión volveré sobre estos mitos que funcionan como barricadas al actual capitalismo peligrosamente unido a lo popular. Solo quiero decir una cosa: Aravena, el mortero, almorzaba casi todos los días en el Derby. Con polémica lo acaban de echar del club. Los jugadores de futbol y los cantantes, los viejos, tienen esa impronta: parecen sombras chinas grabadas en los muros con los instrumentos de otra memoria, como la canción El viaje de Shwenke y Nilo. Un negro y blanco que realza el cuerpo del grafiti en tiempos de Instagram.

A todo esto, Luca, si lees esta crónica, mandá un chiflido como dicen los argentinos.