Lo que queda es el camino: Paramar, de Juan Carreño
Crítica

Sigo con atención el trabajo de Juan Carreño desde la publicación el año 2010 de Compro Fierro. Un libro que hizo ruido en la escena poética de ese entonces por varias razones. Desde luego, no abundaban, ni abundan ahora tampoco, los textos escritos desde el imaginario popular, sus espacios, su lenguaje. Cierta prosodia, la mezcla de elementos del habla y de la tradición literaria, la integración de referentes de la alta cultura y la cultura de masas. El uso de las técnicas del collage y del montaje para la construcción del poema. Creo que estos rasgos característicos de la literatura de Carreño se reafirman y expanden en Paramar.

Algunas notas breves sobre su última entrega.

Paramar puede ser leído como una bitácora de viaje o como una road movie. Sus textos han sido escritos en movimiento. Le preguntan a Carreño en una entrevista, hace algunos años, sobre cuáles son para él las mejores condiciones para escribir: Estar enamorado, tener copete y plata, viajar en micro, metrotren o camiones, poder parar en cualquier lado, hablar con gente y siempre escuchar, como un etnógrafo, pero también perderme, estar solo en el cerro, tratar de comer sano y leer, releer, aún hay rutas sin animitas que uno pude recorrer en bicicleta. Viajar para escribir, escribir viajando. Hablar con gente pero, sobre todo, escuchar los sonidos y las voces que solo puede percibir aquel que se echa al camino. Un camino que en este texto conduce a quien lo escribe por un largo y extenso recorrido latinoamericano. Como establece una nota hacia el final del libro: Paramar fue escrito entre los años 2016 y 2019 en los pueblos de Punta Arenas, San Cristóbal de las Casas, La Pintana, Tacna, Medellín, Managua, Osorno, Oaxaca, Malloa y Tijuana Este libro fue escrito en ese viaje, en tres años, en diez lugares y cinco países distintos.

El poema como road movie. Pienso en el poema Los Neochilenos que Bolaño dedicara a Rodrigo Lira. El poema como la experiencia del viaje real por vivido, en las antípodas de la ficción turística. Donde el sujeto que viaja asume el riesgo y se abre a la aventura. Donde la propia escritura está sujeta a las contingencias, casi siempre ásperas y urgentes, que depara el camino: urgío, qué pensar en escribir/dónde se duerme esta noche/cuánto fideo nos queda/el gas de cocinilla es nuestro corazón/donde todo es monte/el plano se agradece/hago carpa y me cocino. La escritura como un viaje donde a menudo hay que dormir a la intemperie. Donde el frío se pasa arrimándose a un fuego frágil cuyo único combustible es el gas de cocinilla del propio corazón.

Y en la calle la melancolía son los asalariados/que van de casa en casa registrando los consumos/ de agua y electricidad, entregando amenazas/ y sólo quisieran no tener esta vida/ de camiones con gas licuado, de carteros/ sin cartas, sólo cuentas y cobros. La melancolía de los asalariados, escribe Carreño. Paramar continúa el trabajo que Carreño emprendiera en sus libros anteriores: construir el retrato, sin idealización ni condescendencia alguna, de lo que alguna vez fue un Pueblo. En este sentido, su literatura desciende o es parte de un linaje dentro de la literatura chilena que el mismo autor se ha encargado de reafirmar: Manuel Rojas, Carlos Droguett, José Santos González Vera. Un retrato del mundo popular que quiere oponerse a las ficciones abajistas de cierto cine y de cierta literatura o a la idealización del discurso ideológico. Como escribe Carreño en el poema y cuando levanten la cabeza estarán en un mar de sangre: y el voluntarismo poblacional y la idealización de la pobreza/ que las zapatillas en los cables que todo es imbécil y enemigo/y el ombligo y la mirada y que cómo creer en Chile si los milicos/son los primos de pascua de ese rato en que fuimos únicos /oportunismo achacante de tachar enemigos y el amor/ Chile sigue siendo Chile.

Chile sigue siendo Chile, escribe Carreño. Su poesía y su literatura se han jugado por la comprensión de esa identidad popular que persiste a pesar de la potencia desarticuladora que tiene sobre ella la sociedad del dinero y el consumo. Me parece que este trabajo, que Carreño viene desarrollando desde su primer libro, es descrito con lucidez en el comentario que Mauricio Redolés hiciera ante la aparición de Compro Fierro: Hay humor, hay brutalidad, hay ignorancia, necesidad urgente, de un pueblo que está en nuestras narices, frente a nuestros ojos y sobre los cuales Juan Carreño, como un dios doméstico, arroja luz.

Otro aspecto que me parece relevante respecto a este libro y a todo el trabajo de Carreño es su inscripción en la problemática del realismo. Del poema metal full jacket: no al realismo. /la descripción es inerte. /si eres realista/poeta/ interviene tu base./ afuera los carros con carne/ siguen fríos y crudos/ y los mortales/ pagan por entradas / para el cine. No al realismo. No al realismo ramplón, reductivo, empobrecedor. La descripción es inerte si por descripción se entiende la falsa expectativa de la objetividad. Carreño en una entrevista respecto de este asunto, hace algunos años: me interesa mucho mezclar ficción y realidad. No creo en la objetividad. Las bases científicas para observar y transcribir la realidad pasan por un filtro que inevitablemente va a desvirtuar, desconfigurar y deformar todo lo que llevas al papel. Y tampoco es pega de la poesía extraer leyes ni hacer disecciones de ranas. Al final lo que importa es el salto de la rana, y su lengua comiéndose a una mosca. No al realismo que pretende diseccionar la realidad como si fuera una rana. En vez de eso, otro realismo. Uno capaz de captar su salto, el movimiento velocísimo de su lengua que atrapa la mosca en pleno vuelo.

Termino, muy brevemente, con un último aspecto: el trabajo de registro y recreación del habla. Un trabajo que incluye la transcripción y el sampleo de ciertas situaciones de lenguaje pero, sobre todo, insiste en la pesquisa de un tono. El habla, la música de la conversación cotidiana, del lenguaje en uso, como un tono. Escribir para encontrar ese tono. Como dice al inicio del poema la vecina demanda a la organización popular por el volumen de la música: a veces no hay nada que decir/ hay días que no lo son/ y las tonalidades/ se instalan en el techo/ como cenizas de un incendio forestal/ que amarillan la ciudad// este no es el tono que queremos. Este no es el tono que queremos, se repite una y otra vez en el poema. Y esa duda sostiene la búsqueda constante de esas modulaciones del habla, volátiles como las cenizas de un incendio forestal. Para captarlas y luego fijarlas en la escritura no solo hay que aguzar el oído. Tanto o más importante es comprender y participar del mundo que expresan esas voces. Carreño en otra entrevista: Yo trabajo con los materiales que tengo a mano, resultado de un contexto histórico, de una experiencia específica y de un punto de vista sugerido por la ignominia imperante en una sociedad conservadora, pacata y culposa. Y el oído no se afina, un nido lleno de patos, de aves migratorias, sólo persigue primavera.

Como decía al inicio, Paramar reafirma y expande materiales y procedimientos característicos del trabajo de Carreño no solo en el ámbito poético sino también en el de la narrativa y la crónica. cómo quedas tú después de escribir?/ los aviones el lofi el recuerdo y la estadística/ lo que queda es el camino/ como si el camino fuera poema. Este libro nos invita a revisitar el imaginario de uno de los autores más interesantes de su generación. Leerlo como viajando. Leer este libro es eso, un viaje verdadero. Un viaje donde al arribo, al final de la lectura, lo que queda es el camino.

Valparaíso. Abril de 2019.