L’amèr – ou Le chapitre effrité (1977), Nicole Brossard.
Traducción de Guadalupe Santa Cruz

Entre las muchas vertientes del trabajo de Guadalupe Santa Cruz también es importante  destacar su veta como traductora e intérprete, oficio que la definía al punto de aparecer en pasajes de sus novelas -como en su novela póstuma Esta parcela (2015)-, pero que también era parte de un trabajo investigativo y generoso, como el efectuado a partir de la escritura de mujeres en Quebec, Canadá. Como muestra, compartimos un extracto de una novela/ensayo de la poeta, narradora, ensayista y activista feminista Nicole Brossard, en donde reflexiona a partir de la maternidad.

 

Es el combate. El libro. La ficción comienza suspendido móvil entre las palabras y la verosimilitud del cuerpo amargo- a madre devoradora y devorada.

Teoría ficticia: las palabras no habrán servido sino en el último abrazo. La primera palabra, labios y saliva, apelmazadas en sus pechos. La teoría comienza allí al alejarse el pecho o la infante. Herida estratégica o el sentido suspendido.

Maté el vientre. Yo mi vida estía la luna. Yo mi muerte. Treinta  años me separan de la vida, treinta de la muerte. Mi madre, mi hija. Mamá una sola vida, la mía. Red clandestina de reproducción. Matriz y materias anónimas.

el mismo día. Un sexo negro, un sexo blanco.  Uno que acaricia, otro que lavo. La cyprina, la orina. El goce y el trabajo como vertientes de una misma unidad. Vuestros cuerpos, amante e hija. Escribo para no dañarles el cuerpo y para encontrar allí mi especie, mi centro (…)

Solo podemos sostener un cuerpo a la vez. Cada una el suyo. Que esté claro.

Siempre hay un cuerpo de más en la vida. Toda madre. Todo infante. El mismo.

(…) Atravesar el símbolo mientras escribo. Una práctica de descondicionamiento que me lleva a reconocer mi propio legitimidad. Aquello por lo cual toda mujer intenta existir: dejar de ser ilegítima.

La legalidad para una mujer sería no haber nacido de vientre de mujer.Es lo que las pierde a ambas. El vientre de la especie. Que de generación en generación se reproduce. Vaca y bastarda. (…)

Y de hecho, sin embargo, si quiere sobrevivir, una mujer debe afirmarse en realidad hacerse reconocer como madre simbólica: potencialmente incestuosa pero sexualmente inaccesible para la reproducción. Ocupa entonces enteramente el espacio del deseo y puede, así, apropiarse del trabajo del otro.

Inversión estratégica: esta mujer madre simbólica ha perdido su vientre. Mas conservar el color de su sexo. Segunda madre, solo puede ser madrastra. Fuerte pero amparada en un patriarcado.

(…) Abro su boca con mi pulgar y mi dedo índice. La lucha se entabla en silencio. Hurgo en ella. Separos sus labios: «fauces del monstruo» o «labios de ángel». Me es preciso ver para alcanzar mi propósito.Me deja hacerlo, no amenazo aún nada de su verdadera identidad. Es mi madre, lo sabe y se supone que yo también. Su boca como un huevo esencial y vital, ambigua. En los orígenes. AAAAA. Mi pulgar gobierna la mandíbula inferior. Tengo su aliento en los ojos. Saber lo que hay de su aliento. De los alimentos con los cuales se nutre. Mi madre bebe su cerveza.Traga.Tengo mi dedo índice en su encía como para darle una orden. Pero no es más que una imagen. Muestra los dientes. Me embarga con su sonrisa. Para un acto inicial: la transmisión de poderes. Palabra seca que debo atravesar para vencer la palabra húmeda que la fecundó por la oreja.Palabra seca, llena de lapsus, de mi madre que yo trabajo como quien se arma. Bebe su cerveza. Guerrera. Su identidad no es simple. Le confiere a mi pulgar otra potencia bien distinta a aquella de entrar en mi boca como objeto de reemplazo. No puedo mamar más que en toda mi longitud. Y abrirle la boca. Háblame. «No. Mamá es después de escribir, mi amorcito».

(…) Todo gravita en torno a una gramática insensata. Maté el vientre demasiado temprano, sola y primaria en un parque donde por toda visión, entre las piernas de un infante, rozando las carnes lisas, la inexactitud de los pasos posados sin edad, la hierba pisoteada.

Todo el tiempo en que ella permanece en la Historia, no puede ganarse la vida más que perturbando el campo simbólico.

(…) Ficción: la realidad le sale por los ojos.

 

“Nicole Brossard: Fragmento de una conversación”, Extremoccidente 2 (2003): 29.