La palabra emboscada
Sobre "Silencio pitagórico", de Susan Howe (Overol, 2019)

Asociada comúnmente con L=A=N=G=U=A=G=E, en Silencio Pitagórico (1982), su séptimo libro de poesía, Susan Howe (1937) consolida una voz en representación de “las voces anónimas, despreciadas, inarticuladas”. La condición de una voz desarticulada. De hecho, las tres partes que componen al libro pueden leerse como la estructura de una desarticulación, cuyo centro es potenciado por una versificación rota, que hace proliferar las posibilidades.

En el sentido de la tradición, se nota claramente la influencia de H.D., incluso del Olson de The Distances. Se percibe un afluente subterráneo donde acuden distintas voces de la poesía estadounidense junto con las voces inarticuladas, depuradas en un tono “entre ruptura y arrobo”. Sin embargo, al margen de las referencias mitológicas y ciertas figuras, ya símbolos que pululan a lo largo de este silencio, hay una lucidez que le es propia al libro, expresada en una idea como “Los pensamientos nacen/ póstumos”. Esta conciencia es una premisa desde la cual Susan Howe escribe (una premisa que invita a la contradicción). Así, se relaciona no sólo con la tradición sino que con la posibilidad de escribir (con el lenguaje) desde un sujeto histórico envuelto en un manto militar. Ahí la desarticulación, que hace eco de la forma.

Ahora quisiera centrarme en la segunda parte del libro, digamos, en su centro. Un breve comentario: la lectura de estos poemas me produjo un efecto piramidal, donde “Los símbolos son imaginarios/ lo real/ no visto (parece)/ claro como lejano”. Los poemas me recordaron esa pirámida invisible e invertida, en medio del espacio, de la cual hablaba Pessoa en un pasaje de El libro del desasosiego.

La composición rítmica de los poemas integra de tal manera las nociones desplegadas, las reflexiones, que el silencio camina. Esto, en gran medida, gracias a la traducción. Por otra parte, me parece que lo pitagórico del libro se expresa en el corte de verso, y en una cosmovisión desplegada sobre los conceptos que cosifican a la humanidad: el tiempo, la muerte, la infancia, el amor, etc. La estructura interna de este silencio es pitagórica, en “el sentido del sol/ con espadas y holas/ una danza de disfraces”; el reflejo externo, la permanente destrucción del sentido, en el mundo, en el lenguaje.

Nunca está demás recordar la síntesis de Hamann: Sin lenguaje, ni razón ni mundo. Podríamos decir: Sin L=A=N=G=U=A=G=E, ni razón ni mundo. Aquí estamos ante lo Abierto:

“Pensé que no vivía en noche

 

para el futuro          Solía decir

iluminar la luz

 

adiós a la estrella               y estrella”.

 

Y la numeración de las cosas es su nombramiento:

“Número de un acre         y el acre

son el mismo

 

ejército es el número de un ejército

 

Quién sabe

 

cuál número en el número         solo

se para hereje

 

si uno no es”.

 

En un momento de la lectura, pensé en qué pasaría si este libro (o su algoritmo, digamos) fuera dispuesto como motor de búsqueda (sinónimo de silencio pitagórico), a propósito de la forma en que las palabras (des)articulan los poemas. Me refiero, por ejemplo, al verso “Mundo que hice/ borde vacío”. Es un verso perfectamente cibernético, a comienzos de los ochenta.  Acaso ese borde vacío es hoy una metáfora de nuestras búsquedas virtuales, de nuestra virtualidad. De alguna manera, creo que esta poesía se anticipa a las formas en las que vivimos hoy el lenguaje: fragmentado, “un sueño dentro de un Sueño/ recordando un sueño”, de pantalla en pantalla: borde vacío.

Hay otro verso que me hizo pensar en esta posibilidad crítica. “La guerra/ se acerca a su forma abstracta”. Es una idea tan cargada, tan evidente y a la vez tan automatizada, que para mí expresa el control semántico y por tanto el control de la experiencia que se vive hoy día, en un mundo casi cuarenta años después de este texto. Por otra parte, toda mención de guerra, tiene implicancias económicas.

En relación a otro tema (o mejor dicho, otra presencia), está la mujer, a quien, por momentos, están dirigidos los poemas. El alma se viste de hombre, “espectadora en silencio y en absoluto/ olvido”, pero es una mujer. “Hembra es el alma mía”, dijo Cesar Vallejo.  En reiteradas ocasiones, como una fibra insistente en la trama que arman los poemas, la mujer es mencionada en contraste con el hombre, tanto histórica como mitológicamente. Si bien hay una crítica sociológica a los roles de género, me parece que, a juzgar por el tratamiento que da a las dualidades en el libro, tiende a disolver las distinciones rígidas a propósito de una equivalencia de los contrarios; desde luego que, en tanto poeta, no presenta una visión binaria ni rotular. Su planteamiento parece ir incluso más allá:

“Una generación durmiéndose

 

otra despertando             Armonía

de la memoria        multiplicidad

 

brillo del misterio sacramental”.

 

Toda vez que Howe vuelve al misterio, vuelve a la metamorfosis. De otro modo: la mirada de la poeta no se fija tanto en la noche o en el día sino que en el espacio que ambos ocupan en distintos momentos, y cómo se aúnan en la percepción, cómo el lenguaje puede resolver dicotomías arbitrarias .En el fondo, cómo superar una percepción cartesiana de la realidad. Y también cómo acentuarlas, en relación a Distancia y a Diferencia, remotas en el tiempo. En consecuencia, me parece que la forma de los poemas, de una sutileza muy cuidada, muy bien trabajada, pudiera leerse como una estructura de la desarticulación. Ya en la tercera parte, hay poemas derechamente concretos, sino sortilegios. Previo a esta desarticulación total, rayana en lo místico, advierte:

“Niña pequeña en tu avaricia

baja

 

baja

de la hiedra y las rosas           nuestro yo

será

 

sin defecto

 

sin deteriorio

solo lo amoroso     yace

distante”

 

Los poemas que siguen en el libro son claramente conjuros. O al menos echa mano del imaginario de los conjuros y del imaginario de las brujas (“hilanderas y solteronas/ envuelven adivinanzas), lo que supone entrar en otra economía del lenguaje; una economía y un saber reactivados. Hacia el final del libro, la mujer entra en el bosque y dice “murciélago   eunuco luz aro correr fauno clamor sumisión”. Hace poesía a partir de sustantivos, de una voz que ya no conjuga sino que conjura. Entra en el word Forest, como escribe en Thorow.

Para quienes la hayan leído y para quienes comienzan a leerla, es claro que en el centro del trabajo de Susan Howe está el cuestionamiento del lenguaje como estabilizador de “un mundo verdadero/ construido ficcionalmente”. Cuestiona la sumisión que impone el lenguaje sobre las mujeres, pero no de manera literal ni cómodamente autoproclamada: en sus palabras el mundo funciona de otra forma, que de “tan oscura parece un suelo placentero/ tan oscura parece nacional”.  La funcion que cumple la forma sonora  en los significados es central en su intención de resquebrajar el orden del discurso que esta poesía desarticula. Ella misma lo dice claramente: “una hilera de signos/ ordenando el sonido”. Esto lo asume no solo en los contenidos sino que también en la forma, a través del sonido, de ciertas homofonías que reflejan el “espejo por venir” del sentido, entre vocablos que difieren y se mimetizan a la vez, cuando “Las superestructuras de la alegoría han sido/ alzadas”.

En un ensayo escrito al poco tiempo de aparecido el libro, el poeta John Taggart dice lo siguiente: “Vivimos adecuadamente en el mundo verdadero, en el cual nos es dada una casa con su promesa de refugio y una familia, mediante el habla sin yo del lenguaje en el poema. Sin embargo, en los intereses de autoprotección y propiedad junto con el éxtasis personal, intentamos usar el lenguaje y hablar mal, que es tan necesario”. Todo lo que parece “mal dicho” en Silencio pitagórico, nos revela los efectos que produce, digamos, un  uso incorrecto del lenguaje (misspeak). “Acaso la memoria/ extiende    una grieta/ en el conocimiento”. Al decir de Luce Irigaray, si viviéramos en un mundo centrado en la mujer “no tendríamos el mismo lenguaje, el mismo alfabeto”. Creo que en última instancia, Susan Howe, a través de cierto pliegue que produce la insistencia en el sonido de la arena como imagen del tiempo, busca desarticular el lenguaje heredado en un silencio heredado, con el cual tiene que escribir poesía para darse a entender en este mundo y proponer sistemas de árboles sagrados y secretos.