La línea del desierto, de Alicia Genovese
Poemas

UNA ESCRITURA EN MOVIMIENTO

Por Felipe Moncada Mijic

La línea del desierto es el título del último libro de Alicia Genovese, y también de una antología publicada en Buenos Aires en 2018 por Ediciones Gog & Magog, y que reúne todos los libros de la autora hasta esa fecha. Pero La línea del desierto permanecía sin publicarse como obra individual, lo que se realiza ahora en Chile.

Hablar de la poesía de Alicia Genovese es hablar de un viaje permanente hacia esa línea que delimita lo futuro y que está rodeada de acontecimientos de tránsito: memoria, sensaciones, introspección, descripción, preguntas, reflexiones que actúan como fugas, que vuelan y regresan al tronco principal del pensamiento, guiado casi siempre por el movimiento, quizás la única condición fija en esta poesía, pues no son frecuentes los juicios ni las certezas morales en esta poesía, ya que predomina la conciencia de que “Todo lo que viene se va / todo lo que comienza se destruye” (p. 36). La finitud de los seres, los vínculos y las cosas, impregnan a esta voz de cautela y dotan de una fina mirada que detecta detalles cotidianos, desde allí crece el poema ramificándose y madurando hasta dar una semilla que se ancla en la escritura y posteriormente en el lector.

Elegir el desierto como imagen, su vacuidad, proponer la acción de dejar todo atrás, la incertidumbre como punto de partida, puede ser una elección consciente para hacer ese recorrido que finalmente es hacia el interior, y que nos duele y maravilla en sus detalles, en sus afectos rotos, su introspección. Pero ¿cuál es el desierto de esta poesía?, “la persona equivocada es el desierto”, “el error es el desierto” “la negación es el desierto” (p. 28) son algunas tentativas de la autora. Hay una mujer que conduce en un vehículo con poco combustible hacia la línea del horizonte, hacia dónde ya no hay radios que se puedan sintonizar, esto ocurre “cuando los cuerpos se cierran, cuando las palabras se enfrían” (p. 9) y en esa ruta hacia lo desconocido, lo inseguro, “lo inconexo, lo áspero, lo faltante” el sitio al que se llega es la lucidez para narrar esa caída hacia un presente despojado de sentido. Y hallar un nuevo sentido mediante la observación de lo cotidiano y la aceptación de lo frágil, podría ser una de las estaciones en este camino.

Hay una manera de dar constancia de los desplazamientos, más allá de los lugares de tránsito, que también da cuenta de la memoria que se despierta en esos lugares, pues no se pretende contar una historia lineal con sus arabescos circunstanciales, más bien generar una apertura hacia reflexiones, pues el pensamiento llega a oleadas de intensidad, entonces ¿cómo registrar ese oleaje a partir del viaje?, ¿cómo explorar esos detalles que pueden parecer complementarios?, pues si aparecen es porque forman parte de una trama que subyace, que cobran importancia en la experiencia y por ello quedan marcadas en la escritura como hitos de piedra que coloca en su sendero personal para saber por dónde pasó, y quién sabe, para servir también de señales de ruta que el lector pueda relacionar con su propia deriva.

Los poemas, parecen ser trabajados de manera similar a la calandria en un poema de Alicia, que  “Construye un nido / sin hojas ni ramas / como los taoístas construían / el vacío, / el hueco / entre lo inerte / y el mundo que reverbera” (p. 51). Se percibe una confianza en lo aleatorio, y por ello no renuncia a quebrar el lenguaje ni se subordina a la anécdota. En esa manera original de registrar lo real —y también lo que lo sostiene y está en la sombra—, un lector puede ver brotar esa corriente de lenguaje que emana desde cualquier ángulo y fluir con coordenadas propias, con la naturalidad del agua, como lo hace notar Jorge Consiglio.

La fluidez del pensamiento, su registro, se conserva como un hilo conductor desde sus libros anteriores, ya bien lo hace notar Alicia Salomone en la presentación de su poesía reunida cuando menciona las “recurrencias semánticas (nomadismo, temporalidad y subjetividad) y de proximidades sonoras y rítmicas que otorgan a esta poesía una textura y personalidad inconfundibles”. Las observaciones del entorno y que alguna vez fueron carreteras, personas, ciudades, lugares de tránsito, determinan una especie de avance, un modo de caminar y de mirar, que incorpora todo lo que vale la pena recolectar, para luego reconstruir y representar.

En su libro Química diurna (2014), Alicia Genovese hace notar que: “(…) con la garza, observo / el desapego, ese salir prudente / de la escena, como un arte / que no he sabido incorporar”. Y es quizás ese arte, el que se despliega con libertad ahora en La línea del desierto y lo advierte desde el comienzo: “Si algo aprendí es a irme, / cuando los cuerpos se cierran / cuando las palabras se enfrían / y sostienen la lógica, pero no a mí, / me dejo ir hacia un lugar perdido.” (p. 9).

Con un desapego el mundo material, por lo cambiante, pero también con una compenetración total hacia el presente del poema, quizás alguien pueda hallar mecanismos del budismo y del taoísmo en estos acercamientos a lo real “acercarse a las cosas requiere olvidar” (p. 42 ), o en estos giños sufíes “el giro perpetuo en un mismo eje / que los derviches seguían” (p. 19). La invitación es a una lectura que se plantea como presente, más allá de lo recorrido, cualquier punto del viaje puede ser el final o puede ser el principio, parece recordarnos Alicia Genovese a lo largo de su obra, y con especial intensidad en este libro.

 

La ruta del desierto

Si algo aprendí es a irme,

cuando los cuerpos se cierran

cuando las palabras se enfrían

y sostienen la lógica, pero no a mí,

me dejo ir hacia un lugar perdido,

un país detrás de las cosas.

Con un adiós imperceptible

el vacío comienza,

desaparecen los edificios, los autos,

los semáforos, que no son ahora

señales.

Ya no estás ahí, estás

en la ruta del desierto,

en marcha hacia lo inconexo,

lo áspero, lo faltante.

Podés ver abrojos

en los pastos escuálidos

se inclinan y sisean

como serpientes.

Podés ver el color seco

del Mojave,

es Arizona hacia Albuquerque,

es el camino monótono

en la meseta patagónica que emerge.

Estás a la intemperie,

no hay engaño, lo visible

es lo existente

Manejás

por una ruta sin límites.

La única emisora de radio

dejó hace rato de captarse

y la aguja del tanque de nafta

baja como un cuchillo;

no hubo tiempo para previsiones.

Manejás,

el volante apretado

como si sostuvieras en tu eje

el giro de las cubiertas.

Irse lejos

con elegancia, con la altivez

habitual en los que fueron fuertes,

pero ahora las cosas desaparecieron

y podrías caer

convertida en un cactus

a través del polvo.

La imagen en el retrovisor

igual a la del parabrisas.

Llegar a ninguna parte;

con lo que dije, lo que no dije,

lo que debí hacer;

escribir

y no pasar en limpio.

La ruta crece;

es la misma ciudad hundida

en los cuartos donde se acorrala

el amor sin preguntas, sin reflejos más que

para sus ojos dulces que devoran.

Manejás,

llevás el arañazo imperdonable,

la mirada previa de los grandes felinos.

La ruta debería cambiar,

un giro, una bifurcación,

los olores del riego

aplastando la arenisca,

y que el camino conecte

y que el mapa tenga

algún sentido.

Nada, por ahora.

 

 

Danza en el mismo eje

 

…y así sigo hasta Frisco, luego a L.A;

después a Nogales, después a Guadalajara,

por fin a la Ciudad de México…Y todavía el

vacío será inmóvil y nunca se moverá… 

Jack Kerouac

 

Otra vez, otra vez, la repetición

puede ser una virtud.

De nuevo la llanura de la ruta

y sus horizontes difuminados

reproduciendo el paisaje

de tu necesidad.

Un sinfín aplanado que inicia

la danza silenciosa,

sus serpentinas agitándose

en el vapor amanecido que se levanta

desde el macadam.

Sobre el relente del asfalto

la desolación es una danza desnuda.

Otra vez aquí, otra vez,

el desplazamiento cambiará la forma

de lo que puede hacerte feliz.

El cuerpo inmóvil resiente

las cifras del millaje

pero el espacio se alza

hacia adelante.

Sos

entre los pastos doblegados

de las banquinas

lo que queda en pie.

Después de la velocidad

que no se interrumpe en los límites

después del vacío sin órbita,

y la ebriedad que trae

su desamparo,

la distancia como una fuente.

La danza sigue

sus vueltas incesantes,

el giro perpetuo en un mismo eje

que los derviches seguían.

Ese otra vez, otra vez

como el relato monocorde

de un rapsoda. El corazón

es un rapsoda también

y repite frases.

Otra vez, otra vez,

algo puede deshacerse.

Muy entrado el camino casas bajas,

piedras partidas

expuestas al pulido de su caer.

Seguís

inmersa en la ruta,

en la pérdida,

entre preguntas olvidadas

¿hacia dónde? ¿cuál, el lugar?

En el cansancio testeás tu fuerza,

no hay refugio.

La danza es lo único,

para la soledad que no calla.

Seguís

bajo las nubes de polvo

la ventolera, la esfera celeste

y toda esa nada

que parpadea alrededor.

 

 

Thánatos del desierto

La persona equivocada

es el desierto

pero eso informe que da vueltas

y se parece al amor,

esa resonancia de pre melodía

de pre música

apenas desgajada de su silencio.

Esa palabra que teme equivocarse

y se equivoca,

aunque acierta siempre en su emoción,

trae el aire del desierto

hecho de desdén y borrado

asentimiento.

El error es el desierto

pero la duda que lo excede,

el resplandor que crece desde el páramo

y rasga lo más armado de vos.

Ese aliento de conversación

que abría mundos de agua

y ondulaba en su materia invisible

¿es desierto?

La negación es el desierto

pero la ligereza,

el andar

entre lirios inesperados

que nadie cuidará ¿lo es?

No ver lo que se toca

y quemarse con el dolor

de Thánatos

es la medida del desierto.

 

 

El afuera

Cuando éramos niños hacíamos

fuego de noche, a un lado

de la calle de tierra,

en el verano de nuestras vacaciones.

Echábamos papas a las brasas

que luego sacábamos chamuscadas,

las partíamos

y comíamos el maná

de nuestro desierto.

Libres del orden del hogar

por unas horas,

de la sujeción materna

huíamos y armábamos

nuestro primer campamento

nuestra fogata de ramas

nuestro fuego virgen con la caja

de fósforos Ranchera.

Nada sabíamos del errar bíblico

ni del errar expulsado

en los ojos yermos del poder.

Los fuegos anidaban el candor

y el hambre que crece

en la dicha con los otros.

Esos fuegos vuelven ilesos

cada vez que el afuera

se hace desierto.

Cuando vuelven a la ciudad

las pequeñas fogatas,

el cartón en el piso

entre las luminarias

de los negocios cerrados,

unas maderas prendidas

bajo la autopista,

la olla tiznada

del reparto asistencial.

La modernidad resultó

así de primitiva.

Esta terraza de año nuevo tiene

una mesa donde disponemos

las copas y los frutos.

Nuestro breve círculo, amigos,

es el afuera también,

nuestra hoguera tendida en el desierto.

 

 

Silencios del fuego

 

Debajo de la hoguera

donde ardieron

briznas, ramitas, leños

quedó grabado un círculo

oscuro, casi exacto;

un tatuaje del fuego.

Inapresable,

gira encendido todavía,

en su breve felicidad.

Y giran los cuerpos

en su retumbar de lejos,

en su umbral de labios

del besar escondidos.

Y lo esperado sigue

viniéndose encima,

imparable

como la noche

con sus ramas ocultas,

con lo que a medias muestran

las luciérnagas.

Hay una valentía en la oscuridad

que luego cesa

como si lo visto debiese

volver a su ceguera.

Pero sigue dando vueltas

como en el olvido,

sigue dando vueltas

indistinguible

como lo que no amanece,

ardido,

en ese círculo.

 

 

Alicia Genovese, nació en Buenos Aires, en 1953. es poeta y ensayista. Publicó diez libros de poesía, entre ellos: Anónima (Último Reino, 1993), El borde es un río (Libros de Tierra Firme, 1997), Puentes (Libros de Tierra Firme, 2000), Química diurna (Alción, 2004), La hybris (Bajo la Luna, 2007), Aguas (Del Dock, 2013), La contingencia (Gog y Magog, 2015), recientemente incluidos en La línea del desierto. Poesía reunida (Gog y Magog, 2018).  Es autora de dos libros de ensayo: La doble voz. Poetas argentinas contemporáneas (Biblos, 1998 y Eduvim, 2015) y Leer poesía. Lo leve lo grave lo opaco, (Fondo de Cultura Económica, 2011 y 2016).

Obtuvo la Beca John S. Guggenheim en 2002, en poesía. Recibió el Primer Premio Municipal (2010-2011) otorgado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, en la categoría ensayo y el premio de poesía del Certamen Internacional Sor Juana Inés de la Cruz 2014, otorgado por el gobierno del Estado de México.

Es profesora en Letras (UBA), residió durante cinco años en EEUU donde obtuvo un PhD en Literatura Latinoamericana, Universidad de Florida. Actualmente es profesora titular del Taller de Poesía I, en la Universidad Nacional de las Artes (UNA).