José Antonio Mazzotti: una lectura desde el sur
Sobre el zorro y la luna

Carlos Henrickson ensaya sobre el trabajo del poeta peruano José Antonio Mazzotti y su libro El zorro y la luna. Recientemente publicado, el libro recoge poemas publicados entre 1981 y 2016 y obtuvo el año pasado el premio José Lezama Lima de Casa de las Américas.

Parece que pasaban tantas cosas emocionantes, escalofriantes y hasta espeluznantes en la poesía chilena, que plantearse la tarea de echarle ojos a cualquier momento de la riquísima creación del Perú se hacía incómodo. Puede que se sumara la impresión de que, a diferencia del orgulloso irrespeto a la lengua castellana que ostenta el discurso chileno, el cuidado por ella que -se supone- rige los hábitos de la poesía que se hace desde la frontera norte del país hasta el Río Grande, sería una cierta barrera infranqueable para una experimentación válida en la escritura, lo que hacía al autor inobjetablemente brillante de esos “otros lugares” un ente excepcional, “universal” -y por lo mismo, legible y respetable para un diálogo con la poesía chilena. En esta creencia, que considera como “cuidado” lo que a menudo es sencillamente un mayor conocimiento y manejo de la tradición literaria, se ha fundado la especie de extraña soberbia de una tradición poética que fue capaz de inventarse su propia serie de tabulas rasas, en un país cuyas instituciones culturales fueron capaces, y hasta el vicio, de producir cortes radicales de acuerdo a los “destinos” que se iban manifestando a sus élites dirigentes y a sus representantes políticos. Estas tabulas rasas, cuya funcionalidad en la historia artística es tan solo la versión relativamente indemne de un síndrome generalizado en todos los planos, tiene su momento clave en el Centenario, en que una serie de nuevos mitos debía fundar una nación distinta, nacida de hechos vinculados a una miseria moral y económica (la dependencia servil hacia el capital inglés) y al derramamiento de sangre que esta demandó (la ocupación del territorio mapuche, la guerra del salitre y la guerra civil); de aquí que la elección de Pezoa Véliz (particularmente la sección de su obra que reelaboraba el decadentismo francés incluyendo elementos de lenguaje popular urbano y campesino) como punto de partida de la poesía chilena sea un eco efectivo de una reacción de rechazo a la tradición literaria latinoamericana, y tenga un especial correlato con la soberbia matonesca que caracterizaría en adelante la relación de Chile con sus vecinos del norte, que incluye una autopercepción de superioridad cultural fundada en buena parte en una reelaboración semiconsciente de las escenas de robo y saqueo de las bibliotecas, los museos y las instituciones médicas y de ingeniería del Perú. Así, la figura del “roto” Pezoa Véliz se impone, en cierto plano muy presente del imaginario nacional, a la elegancia de las artes del virreinato, y acaba formando parte de las imágenes sustitutivas para cubrir la relación de jerarquía efectiva que, antes de la guerra de 1879, tenía Perú en todos los planos por sobre la república pobre, miserable y completamente dependiente de capitales extranjeros que tenía más al sur.

Si en Chile cada trauma cultural exige empezar todo desde cero -una tara que más que estupidez, revela la ausencia de una tradición efectivamente elaborada que no sea una construcción más o menos mítica-, leer El Zorro y la Luna (Lima: Hipocampo, 2018) de Juan Antonio Mazzotti (Lima, 1961) obliga a plantearse las posibilidades diversas de una poética cuya perspectiva es capaz de plantarse ante una tradición literaria que deviene “nacional” al instante de realizarse en una escritura consciente. Me explico: si bien no corresponde a estas alturas pensar una cultura literaria como limitada geográficamente -y menos apelando a una supuesta uniformidad que en nuestros países siempre constituyó un mito que hasta se vuelve peligroso-, Mazzotti es capaz de proyectarnos en principio una visión de su Perú, que me atrevo a decir que es tanto o más palpable que la noción de una cultura peruana que tiende a hacerse marca comercial en nuestro imaginario. Esto no es poco, ya que es el signo de las poéticas realmente imprescindibles, que ante la falacia identitaria se yerguen ante el desafío imposible de construir una identidad desde la diferencia, desde una tensión eficiente, lo que, como aclararé más adelante, acaba manifestándose desde el detalle mínimo -anecdótico, personal- hasta el despliegue mayor -la aspiración cósmica.

El primer libro de Mazzotti –Poemas no recogidos en libro– surge un año después que el Perú pasaba a una frágil democracia tras un largo período dictatorial en 1980, cuando se da el inicio de una extensa guerra interna. Esta producción inicial, que carga consigo inevitablemente la experiencia fragmentada de quien está recién saliendo de la adolescencia, ya halla en la condición social a la que se ve enfrentado la analogía precisa de una historia que se resiste a una recomposición: es un mundo con el cual no hay reconciliación posible. Abunda en imágenes de un nihilismo mordaz, en que la inminencia de la muerte llega a plantearse como experiencia posible y elegible, una fatalidad que pretende expulsar lo trágico para contemplar la vida de frente en su levedad más patente. La figura del hablante, que se postula desde un yo burlesco, deviene flâneur, mas asumiendo ya guiños líricos que apuntan con seguridad al tema amoroso como síntesis inmanente. El amor ya se levanta como forma posible de reconciliación con el mundo en el plano vital -que lleva siempre el signo de una lejanía-, mas en el poema A un joven poeta activista la afirmación del oficio de la escritura deja ver un inaudito y único signo de positiva confianza que se constituye en el plano de la escritura:

No me hables

de la Realidad, por Dios, no me la pintes

de negro o rosa o verde o marquesinas.

Cuida tu verbo, que es tu carne, cuida el piso

en que también caminas:

métete la realidad en el poema.

(p. 29).

Este texto -que con razón ha sido visto como una declaración en pro de una poesía conversacional, ajustada a lo real y lo vivenciado más allá de ideologías o programas literarios- plantea una imperiosa ecuación inversa a los postulados clásicos de la poética comprometida: la realidad se debe al poema. Este me parece un gesto primordial que anuncia una de las fortalezas más visibles en la obra posterior de Mazzotti al reconocer al poema como un artefacto que puede generar relaciones orgánicas de sentido, recomponiendo en una síntesis de imágenes un cosmos posible y un umbral para una reconciliación.

Esta reconciliación toma un primer plano a nivel temático en el amor ya en Fierro curvo, en que desde ya se encuentran índices de este amor como potencia universal. Este acento es tanto más fuerte cuanto se deja ver la percepción de la violencia como des/fundamento, actuando de manera persistente en la construcción de imágenes -notable en Dante y Virgilio bajan por el infierno y en el sentimiento de pérdida de la organicidad del mundo en Cuismancu, donde ya esta organicidad es enraizada en la historia americana antigua. El poema Noche serena / Versión libre de la Oda VIIIa del fraile agustino Luis de León / Salamanca, 1580 resulta en este sentido programático para la obra futura de Mazzotti. El acto de amor es abiertamente contrastado con la vida urbana y la violencia, asumiéndose desde una dualidad sagrado/profano:

Sin la guerra, que es sucia y haragana,

sin la música marcial / lazarillo de cortejos fúnebres /

la música de grillos bajo la ciudad

a oscuras, los autos asustados jadeando

hacia sus tímidas viviendas

/que ellos incendien la ciudad/

que quemen ellos

todo vestigio en sus motores de sus días venideros.

Yo sólo miraré

el ruido de los círculos concéntricos: ¿es más que un breve punto

el bajo y torpe suelo, comparado

a este gran trasunto, donde vive mejorado

lo que es, lo que será, lo que ha pasado?

(pp. 56-57)

El amor como gnosis inmanente, entonces, se hace resistencia. Pero Mazzotti va más lejos: en el ámbito de la forma poética logra asumir una tradición en cuanto fuerza viva, enhebrándola con quiebres fuertes de verso y construcciones de imagen incompletas características de la poesía moderna. El transcurso del poema muestra al oído la tensión de la misma escritura, ratificando a lo poético como figura de lo permanente y como la inmanencia de un orden, de un cosmos posible. Este sentido de posibilidad está ya subrayado con la referencia cosmogónica neoplatónica de Fray Luis -que reconciliaba la experiencia en un sentido trascendente-, que acaba indicando en su sentido desplazado al acto sexual como el lugar de la reconciliación en la inmanencia.

Dicho lo anterior, el libro Castillo de popa, de 1988, representa el punto más alto de estas tensiones, tanto en el plano de la escritura como en el de la aspiración cósmica de esta poética. Resulta inevitable relacionar el título con el topos clásico de la “nave del estado”, en que desde el Introito se aprecia el rumbo del galeón sobre las aguas negras, en que el pato feo (alusión al albatros de Baudelaire) encarnaría al poeta que canta en la toldilla, la parte más alejada del rumbo y del timón, un mero testigo del curso difícil de la embarcación. La crítica acá se hace esencial al plantearse hacia la esencia misma del poder como violencia -represiva o subversiva-, por ejemplo, en DIUTURNUM ILLUD / Sueño profético de Wanka Willka, señalando a través de un texto marcado por voces diversas lo inevitable de un estado final de devastación que puede llegar hasta la inhumanidad más extrema:

Y rocas, declive, lluvia,

piedras negras y barro, laberintos, rocas,

declive, lluvia, y ningún pájaro.

(p. 89).

Crepitan rescoldos y un gemido subterráneo.

Una inmensa pradera de cenizas se confunde con el mar.

(p. 91).

Asimismo, la tensión erótica como expectativa cierta de un cosmos, toma a cargo de forma decidida este plano como imagen de lo posible y, por tanto, inmanencia ya cumplida de este cosmos:

Tú sola eres la medida inversa de lo que inventaron

los hombres: bajíos, herrajes, y hazañas que no fueron sino grandes

matanzas /cantadas

por hombres quizá menos presurosos pero con la misma angustia

de aquéllos.

(Fábula de P. y G., p. 76).

La tradición literaria, en este sentido, se define más claramente en este libro como la forma de reconciliación inmanente en la escritura: la pertenencia a este mundo salva al sujeto de la imposible unión con una sociedad entendida desde la historia política, en que la violencia se hace realidad tan palpable que niega la posibilidad de existencia de la síntesis poética como “canto”. El vuelco idealista sabe bien tomar una forma eficiente de expresión, que universaliza y re-encuadra al sujeto creador como ente posible.

Este re-encuadre en Mazzotti coincide con la experiencia del extrañamiento, lo que en un poema de El libro de las auroras boreales de 1994 –Díptico con lágrima– se empieza a expresar con una poética en que la flânerie de los primeros años de escritura se amplía geográficamente -particularmente desarrollada en Las flores del mall, del 2009. El sentido del vagabundaje, eso sí, pasa desde el nihilismo inicial a un decidido y afirmativo afán de autorreconocimiento. Este proceso no puede dejar de asumir la distancia del espacio de formación y pertenencia -el Perú, en principio-, el cual toma una dimensión interior, como “emanación” que es susceptible de expresarse en la superficie de la escritura en cuanto complemento inalcanzable del microcosmos del autor. Resulta esencial en este sentido el poema Que chanca la noche y chanca.

El Perú me visita.

La metáfora que lenta destilaba el alambique

por un chorro de luz ya no se vuelve

flor, por un soplido

su tallo de diamante se dispersa

y de pronto la ciudad se enciende,

los reflejos sobre el río son los candelabros

de una procesión.

¿Te he visto, hermano, entre los muertos caminando

sin que me vieras?

Cada mañana al encender el cigarrillo

un rostro como el tuyo sostiene la llama.

Escribir a tus espaldas es lo que me queda.

Seguir tu rastro inerte como un ebrio

que chanca la noche y chanca.

(p. 107).

Esta expresión casi alucinatoria del lar lejano funciona como un programa de escritura, en que la temática del exilio, del shock histórico y de la memoria sostendrá, como un eje negativo de tensión, una poética con posibilidades afirmativas que aspirará a resolver la reconciliación interior que se hace reflejo inmanente -reconciliación ya realizada operativamente– de la cósmica. Poemas posteriores como Himnos nacionales, en Declinaciones latinas (1995-1999), serán el lugar del momento negativo; mientras el eje afirmativo tomará cada vez más fuerza, impulsado por la tensión. Cabe considerar en este sentido la sección Gimnasio de papel de El libro de las auroras boreales, en que tanto las aspiraciones del deseo amoroso, la memoria histórica y los procesos de la intuición creadora parecen sugerirse bajo la figura de ejercicios físicos, en un movimiento que apunta a la asimilación y recomposición de una conciencia capaz de comprender al mundo a través de la comprensión de sí misma como lugar de los eventos externos. Esta concepción es fundamental para entender la posibilidad de una identidad desde la diferencia, única forma de hacer que la obra aspire a definirse como reflejo de la totalidad de un mundo y que la deriva identitaria en vez de un borroneo constituya un proceso de continua redefinición del sujeto en la superficie de su escritura.

Este proceso de conocimiento no puede sino reflejarse en una gnosis en sentido completo: Sakra boccata (2006) y Apu Kalypso (2015) representan bien esta poética en que el sujeto y lo representado se definen por un vínculo transformativo. El léxico mismo cae en esta continua transformación, al desplazar su elección desde el cultismo español, el término quechua o el neologismo vallejiano como materiales integrados que progresivamente van universalizando la escritura; es más, la obscenidad popular como desafío a la enajenación de la experiencia por una cultura pretendidamente superior muestra no solo su potencia de liberar una represión a nivel del deseo personal y despertar una memoria etaria y geográficamente localizada, sino su capacidad de ser parte del proceso inmanente de un sujeto hacia sus posibilidades efectivas de reconciliación y -por ende- su liberación de las represiones generadas por la tensión identitaria e histórica, un “rendimiento” que tan solo confirma la profundidad del proceso. Al fin de cuentas, la aspiración cósmica de Sakra boccata -vaciada como una relación inmanente de divinidad en la persona, esto es, una mística- y de Apu Kalypso -como una relación inmanente de divinidad en la geografía y la vida natural, esto es, un animismo o, incluso, un chamanismo-, no pueden sino plantear a la poesía como el lugar de reconciliación desde la experiencia interna fundada en una memoria –Erfahrung– que es capaz de re-situar al sujeto en su experiencia con el mundo.

En Mazzotti el vuelco hacia una reconciliación inmanente sabe encontrar una lengua literaria dúctil, que se reconoce como cercana en toda la amplitud de su tradición, entendiendo dentro de esta no solo la antigüedad europea, sino la americana. Esta síntesis, creo, solo puede pensarse hoy en el horizonte de la compleja elaboración que supone una poética situada en el Perú, que sabe convertirse en un Perú personalísimo en cada uno de los grandes nombres vivos de ese entorno literario que ha sabido resistir diásporas y quiebres -desde la pensada reflexividad de Mario Montalbetti hasta la no menos reflexiva experiencia vital de Tulio Mora o Roger Santiváñez. En buena medida, la justicia del Premio Internacional de Poesía José Lezama Lima 2018 de Casa de las Américas no solo recae sobre Mazzotti, sino sobre la tradición de escritura que le hace posible.