II Reescritura de Valparaíso
Fragmentos

Por segundo año consecutivo se realizó el Laboratorio de Escritura Territorial de Balmaceda Arte Joven Valparaíso dirigido por Cristóbal Gaete. Con clases presenciales de abril a agosto sobre el acervo literario de la ciudad, profesores invitados, salidas a terreno y un texto seleccionado por alumno, completó el proceso para el libro compilatorio, que fue presentado jueves 28 de noviembre al mediodía, obsequiando ejemplares. Los acá seleccionados funcionan como una selección de II Reescritura de Valparaíso, que reúne 17 autores de toda la región.

 

FLORES EN LA ESPALDA

Por Silvana González Vásquez

Cada mañana se compra un pan con palta en La Estrella, dos panes una palta, una leche chica; una palta, dos panes chicos se tragan. Se compran tres tarros con cloro y se mezclan, tres partes con una de agua; un tarro de agua por tres de cloro, el cloro es un líquido espeso, engominado, burbujeante y penetrante. Capaz y probable de abatir las enfermedades, bichos, la suciedad, el color en la ropa, el color en el piso: los olores, las miradas, las manos que carcome, la gente huele el cloro y piensa en olor a enfermo sanado, a pieza desecha, a milagro cumplido.

La orina de la noche anterior se fulmina inmediato ante el químico grasiento del cloro, que repta abrazando los escalones, el cemento, todo a su paso; su espuma densa se escurre por las veredas y les moja las suelas a los abogados, a las señoritas buena presencia, a los fiesteros que se marchan sin gracia, a mí misma los pies sin calcetines; calcetines blancos, gastados, horadados por el cloro, por el verano, los pies ardientes. Este mismo piso se desgasta con el cloro, las tres partes de cloro con agua se subdividen matando el suelo, matando la mañana, matando el iris de mis ojos con el vapor cándido revelado por el sol, quien no ha trapeado la masa de orín de personas con alcohol en sus vías, no sabe lo que es el vapor penetrante que emana del piso a las siete de la mañana con el primer rayo benevolente de sol que osa aparecerse por estos lados, y que encuentra además en su paso, la peor imagen que en esta cuadra pueda darse.

La mañana se detiene.

Los candados de la reja del negocio están desechos, ante el carcomido del ácido úrico. Los cambiamos cada dos meses que es su duración perfecta. Se sumergen en un tarro con WD40 para prolongar su existencia en dos días.

Todos los candados oxidados, mellados, recortados se guardan en un pote de Play-doh o de leche Nido. Se van acumulando, uniendo, son los bloques olvidados de algún niño hecho de fierro. Un señor que viene con una bolsa matutera se los lleva cada cierto tiempo. Cada vez que pasa por la vereda de enfrente su mirada nos espía bajo una mano añeja sobre los ojos. Calcula el tiempo, huele el ferroso hedor de los candados, predice exacto cuanto tiempo les queda, me mira y se saca gracioso el sombrero y me echa una puteada silenciosa porque no le muestro el tarro del Play-doh; piensa que lo oculto adrede, la muy mierda. Lo he escuchado, lo leo en los dientes metálicos.

Vacío los tarros con cloro, uno tras otro, barro con una escoba sintética, llana de tanto golpearla contra el huevillo; brota la espuma donde se confinan los restos de los minerales y la urea, el cloro ya aguado, su burbujeo se mezcla con piedrecillas; pelos, astillas de madera, espinas enteras, mitades de espinas y tallos verdes y negros, confores, alguna flema verde. Burbujas densas evaporan el resto del agua. Las puntas de la escoba se entierran entre las franjas del piso, arrastro el sonido frío de la noche anterior, los gritos, algún poco de sangre caída de una nariz con barro. Recorro entremedio de las piedrecillas, entre los perros petrificados que despiertan pavoridos; huyen con sus lomos enlozados de humedad, sus pezuñas goteando el cemento.

Reviento los candados para correr la cortina del negocio, despegar las bisagras con sus hebras de caramelo fundido. En la hora en que termino de abrirla viene flotando un amigo que recién sale de lo desconocido. Se baja de una miniván rosada con spray naranjo en las puertas: vengo de una situación paralela. Son las nueve de la mañana. Tienes cloro en las pestañas.

El día rueda despuntando tallos sobre una tabla puesta encima de un tarro plástico almacenero. Voy llenando el piso de hilachas flacas, me voy hundiendo en una cima de sobrantes. Cuando corro la tabla, me abordan las hojas de follaje y helechos, el “verde” de los arreglos dentro del tarro se ahogan en una última muerte oscura. Cada tanto me llegan las puntas en la cara, las pongo en una bolsa y lo voy a botar a la alcantarilla más cercana, que teje entre sus barras el agua y los tallos con una secuencia acuática.

Cerceno espumas florales que al enterrarles el cuchillo esputan agua sólida, clavo ramas, hojas, puntas. Ordeno mientras de tanto en tanto el jolgorio del puerto comienza a despertar, el sol levanta las últimas cachas y trastes endebles, se acercan con sigilo los viejos repetidos, despertados sutilmente de la tumba, que una vez en pie no tienen más apetencia que la de buscar conversaciones facilonas, bailonas, en las cuales solo ellos con un hipo contenido por dentro parecen tener la justicia de hablar, la capacidad de hablar, el derecho de hablar. Vienen resumiendo palabras antes de aproximarse y oponer sus cuerpos en mis flores, sus pechos arriba de mis gerberas, vocalizando oraciones tan potentes como las de un gallo que se queda sordo ante su propio ruido. Ensordecen con su propio barullo mis ánimos, deshago sus plumas gastadas, sus alas transparentes, los mando de vuelta rapidito: o vienen a comprar flores o vienen a posarse como sapos buscando el calor renegado, desahuciado en sus propios techos. Cuando con un ojo más pequeño que el otro, botan una baba turbia por entremedio de los labios, se entrevé por dos botones mal cocidos una guata blanca y sin lunares, una guata triste, melancólica, asustada y desafiante. Me la imagino perforada con la furia de las rosas moribundas, clavadas por sus señoras cansadas de hacer la sopa, cansadas de ser la tele en vivo; yo, cansada de posar, soy la huacha del puesto número tres de la pérgola.

A las tres de la tarde y en pleno calor cuchareo una cazuela hirviente, me siento en la mesa que da a la ventana para vigilar que nadie se meta a robar flores. Me suda entre medio de las pechugas y me aprieta el elástico del pelo, veo la tele y me entero de noticias lejanas; una colombiana me hace rellenar una factura por dos mil pesos que incluye una sopa, una ensalada, una gelatina y el uso frecuente del baño.

Me llaman por teléfono, alguien del otro lado no sabe cómo cresta pedir un ramo ni si la estoy engañando con los precios; termina por encargarme un atril de un metro veinte con girasoles, ni muy grande, ni muy dolido, ni muy caro porque es para un ex jefe. Cuando baja el calor pongo dos lucas en mi chauchera y pesco el atril que clavé antes, con harta alstroemeria y un par de gladiolos para rellenar el armazón escaso. Camino hacia una dirección desconocida. La gente observa mi carga en la espalda como una cruz, puntas de gypsophila me coronan la cabeza por detrás, sostengo el atril como puedo, se van deslizando hojas sueltas en el camino. Aún es fuerte el sol bajo la calle Condell, carteles brillantes de PANTYS, de HELADOS, de SONNY de SERVICIO TÉCNICO, de CYBER, de EMPANADAS, de GIMNASIO GALAXY.

Una subida que simula un pasaje conduce hasta su cumbre sin salida. Las escaleras se van angostando hasta el punto de ser un solo peldaño enano. Atrás, los peldaños serpentean ciempiés de mil patas, se tuercen ocultando ya el comienzo, están atrás las espinas, las ramas, la orina. Trato de no parar, que los muslos se engruesen como piedras en cada escalón, que la vena de la frente palpite, no detenerme, para que no se vaya a salir ninguna flor encadenada con malla de gallinero.

Desde arriba el mar se va haciendo más grande, hay barcos indiferentes con el puerto, ilógicos en su dimensión. El cielo se ensancha sin ser cruzado por nadie, ni las aves ni las nubes mellan el sol en su anillo. Se visualiza el final del pasaje, colgando de una cumbre, como encajado a la fuerza en el mapa, sujetándose de la gravedad quebrada de la tierra. Una reja cierra el perímetro de toda la calle, detrás la casa resguardada tiene sombreros oscuros sobre cada ventana blanca, hay tres autos forcejeando espacio en un delgado pasillo de tierra. Nadie me recibe, me respondo sola el transcurso, no suelto ni por un segundo mi peso. Hay gaviotas silenciosas y gaviotas ruidosas atacando la parte más alta del techo, imagino que comen huesos, porque se les visualiza algo chico y blanco en el pico, recién baja por mi esófago el pollo de la cazuela, las aves no tienen más obligación que tragar igual que las palomas, pero son patrimoniales porque salen en las pinturas, colándose dentro del aro del sol.

La puerta de entrada es ancha y tiene mamparas con agarraderas de bronce, se ve en el fondo una pieza engañosa con dos bancos paralelos, con siete personas paralelas, con catorce ojos clavados en una ventana superior cuadrada. Camino por entre medio de la imagen, uno de los palos de 1×2 marcados me hizo un surco, lo apoyo pegado a la urna que gracias a dios está cerrada, pero se puede identificar desde el exterior con líneas entrecortadas el tamaño del cuerpo, se huelen escabrosas las uñas que continúan creciendo desde una raíz inerte, se escuchan los gases enterrados, bombeándose la última corriente sanguínea, la piel adelgazándose, piel inolora; con sudores congelados del último segundo exclamado, las ultimas visiones siendo procesadas por la última parte consciente de un cerebro desaguado en cloro, la sala también tiene olor a cloro, el piso Clorinda de toda la vida, las espumas, las crestas de las espumas, los clavos de las tablas trapeados bajo la urna, para mitigar el olor negado, el olor indeseado, bloqueado con flores, tapada la boca de la muerte con coronas blancas, gordas, astromelias que simbolizan la partida como el vuelo sano de un pájaro a un cruce desconocido. Ese afán de ocultar con la urna, con los pétalos, con el cloro lo que verdaderamente yace dentro de los cantos de la madera, en esa alfombra suave de terciopelo en que reposa el muerto, ese cuerpo hediondo, flatulento.

Coloco el atril de flores en el piso.

Lo miro un segundo: me quedó cojo, más largo, por un lado, en otro junto a un pétalo amarillo se asoma la cabeza de una punta puesta en diagonal.

Nadie en estos segundos ha mirado los arreglos, nadie quiere girar para mirar la urna, excepto una señora que toma un vaso de agua de manera compulsiva, y que con una mirada despierta me comunica el dolor, el término, el final y la frontera. Entiendo. Cada rostro se transforma en gaviota pena blanca en el pico, hasta los viejos que buscan rellenar su día se quedan callados.

Entiendo. Las flores sus hilachas se desarman, entiendo el rito de encubrir, lo veo en esos dedos atravesando el agua, entiendo las uñas verdes, verdes horizontes detrás de la muerte. Los pétalos demostrando el paso de las horas, el olor de la flor matizando. Una gerbera me mira a los ojos y entrega su última hora de belleza. La belleza cubre con su oro las cosas: los fierros, las mallas contenedoras de concreto por dentro de las paredes. Entiendo mi carga.

Entiendo que lo inextinguible abraza a los mortales.

 

 

 

 

CANTO ALEMÁN

Por Pablo Jara Vásquez

I

Miguel se levantaba todos los días a las ocho de la mañana, preparaba té chai con pimienta y leche, y se sentaba a leer durante aproximadamente dos horas en un pequeño cuarto con vista a la bahía. La forma curva le recordaba el busto perfilado de una mujer, y sentía palpitar el chakra muladhara en la parte inferior de su estómago. La lectura de Hesse lo llevaba muchas veces a revivir aquel encuentro en Suiza, y la imagen del hombre alto y flaco, vestido con una túnica de lino blanca, resplandecía entre medio de las páginas que volteaba con tranquilidad señorial. A veces miraba la foto, guardada en un cajón, en la que él aparecía de pie con un bastón, mientras Hesse a su lado, sentado en una silla, lo observa con ambas manos posadas en los muslos. Cuando la lectura se bifurcaba más allá de la hoja, miraba el mapa de la Antártica colgado de la pared del fondo del cuarto, rayado y con coordenadas, que se asimilaba al globo de un ojo con resaca.

Miguel consideraba a la mujer que lo cuidaba como la portadora de toda la energía que hacía funcionar su vida. A veces veía en ella a la misma Saba, pero como él mismo se decía, era solo una aparición momentánea. Además, encontrarse con Saba era un drama, un enorme dolor de alma, y su actual situación personal estaba lejos de eso.

El país, en cambio, ya no era lo que él recordaba. Los valores se habían perdido. Las ciudades que conoció y en las que vivió tenían ahora otra fisionomía; transfiguradas para peor. Pero Valparaíso se mantenía más reacio a los cambios, anclada en su pasado cosmopolita. Por eso había decidido comprar la casa. Santiago ya le era ajena. Acá encontró tranquilidad.

Por las noches, a veces Miguel se acordaba de la guerra. Una guerra que debió ganar, pero que terminó en un completo desastre. Las incursiones en pleno frente oriental se mezclaban con una visita a la casa de un húngaro en medio del bosque. Allí dejaba fluir su francés, mientras que el húngaro le respondía en alemán. En la cabaña tomaban vino, comían pan negro y hablaban hasta altas horas de la madrugada. Había más gente en aquella casa en el bosque, pero sus rostros no alcanzaban a cuajar. Sólo el anfitrión se materializaba, aunque de forma etérea. Su ropa mojada llena de barro se secaba junto a un fuego crepitante, y los fusiles recostados custodiaban la puerta de entrada. Aquella noche no consiguió conciliar el sueño, desvelado por una tranquilidad aparente, demasiado artificial para cerrar los ojos.

 

II

A veces Pablo se acordaba de la guerra. Pero esta guerra hablaba español, y Pablo nunca se alistó en ningún frente. Distintas imágenes se agolpaban en su cabeza de piedra: una de ellas transcurría en una calle de la capital, mientras le leía un poema a un amigo mexicano. Las sirenas comenzaban a sonar, la gente comenzaba a correr, pero ellos se mantenían estáticos, con la seguridad de que las bombas que sobrevolaban sus cabezas ya habían caído. La guerra que rememoraba Pablo no era de sangre, era una guerra auditiva. La tensión al escuchar el silbido aéreo descender sobre el espacio, estallando en algún lugar aleatorio, demasiado veloz para reaccionar. El murmullo en los callejones, todo como una gran conjuración. Los golpes de los nudillos contra la madera en la madrugada. El sobre rasgado con los cables diplomáticos plagados de instrucciones y averiguaciones.

De la mano de Pablo llegaron dos mil exiliados al sur del continente americano. Casi todos recalaron en el puerto de Valparaíso. Algunos se quedaron en la ciudad, otros partieron a Santiago o Argentina. Aquel viaje de treinta días, surcando el océano por encargo y convicción, apenas aparece en los recuerdos de Pablo. Atrás quedaba un continente a punto de estallar, aunque ya había dado los primeros chispazos que auguraban lo que vendría. Muchos años después, Pablo compraría una casa en el puerto de Valparaíso. Muchos años después, Pablo volvería a escuchar los silencios, las conjuras, los nudillos en la madrugada.

 

III

X solía caminar a lo largo de la avenida Alemania por diferentes motivos, todos ellos banales, pero el principal es que nunca había mucha gente; a lo más hombres solitarios paseando perros, o un par de turistas que se aventuraban fuera del circuito típico patrimonial. Hace pocos días atrás lo hizo acompañado de un amigo, L. Se juntaron en la plaza Bismarck, compraron unas cervezas, y se pusieron a andar con la idea de llegar a la cancha Pérez Freire, un poco más allá de la subida Ferrari, para ver un partido de fútbol amateur. Cuando pasaron por fuera del consultorio Mena, L se detuvo y señaló una casa. Era grande, por sobre la avenida, de color cremoso y con vigas de madera al descubierto pintadas de blanco. Para acceder a ella, había una escalera, cercada por una puerta con barras de fierro con formas geométricas, sobre la que había un pórtico de piedra y sobre este, una alta reja por donde se colaban unos arbustos pinchudos que hacían de cerco eléctrico, o eso al menos le pareció a X a primera vista. Se quedaron un rato mirando, X sin saber bien en qué fijarse y L contemplando la casona con las manos en los bolsillos. Tenía pinta de estar abandonada, pero no porque estuviera descuidada o a punto de caerse, sino más bien porque algunas ventanas estaban chapadas. L entonces dijo que esa era la casa Miguel Serrano; el nombre le sonaba de algo a X, pero no se le vino ninguna cara a la mente.

Serrano fue una de las principales figuras del Movimiento Nacional Socialista en Chile, dijo L. Al parecer incluso fue a combatir en algún frente perdido en Europa. L no se acordaba dónde, quizá Ucrania o Hungría, y no hay la certeza de que eso sea realmente cierto. Quizá solo dijo que había combatido, buscando rodearse del halo heroico que brinda la barbarie. La guerra es por excelencia el tiempo de los héroes y los poetas.

X le preguntó porque sabía tanto de Serrano y cómo estaba seguro de que esa era su casa. Con su dedo índice, L apuntó un símbolo en la reja del cual no se había percatado. Era un círculo dentro del cual había una especie de estrella de ocho puntas. Esta circunferencia a su vez estaba dentro de un cuadrado y en cada esquina había una runa armanen. Esa es la runa sig, dijo, la misma que usaban las SS en sus grises uniformes. Y como sabes tanto del tema, preguntó. L titubeo unos segundos y respondió: “cuando tenía quince o dieciséis años era neonazi, me juntaba con los pelaos de Villa Alemana, leíamos a von List, Otto Rhan, y también salíamos a barrer pankis”. En alguna época, contó, veníamos los 28 de febrero a esta misma casa, por la noche, y hacíamos una serie de rituales en su honor.

Continuaron caminando por la avenida Alemania y L empezó a contar su historia. Una historia más bien confusa, donde esgrimió sus antiguas ideas, sobre todo aquellas relacionadas con lo esotérico y lo ocultista. En eso estaban cuando a lo lejos divisaron la casa de Neruda, que también está a pasos de la avenida Alemania. La casa colorida, con forma circular, como la proa de un barco, contrastaba radicalmente con la de Serrano, más bien sobria. Se pusieron a imaginar entonces un encuentro fortuito en esta misma avenida, cincuenta años atrás, entre Serrano y Neruda; ambos comprando pan en algún almacén y saludándose o quizá sentados en el mirador Camogli contemplando la bahía. Neruda con su boina y Serrano con una chaqueta de cuero negro. Existe una foto de Serrano con Neruda, tomada en la India, que data de la década de los cincuenta. Pero en ella ni Serrano está con chaqueta de cuero ni Neruda con la boina. Ambos visten unas túnicas coloridas. Serrano mira con ojos penetrantes hacia la cámara, como haciendo un gesto más allá de la misma foto, mientras que los pequeños ojos de Neruda observan algo atrás del fotógrafo que se ha perdido para siempre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LUNA EN SAGITARIO

Por Guillermo Mondaca Fibla

 

Soñé que peleaba y perdía llorando, una noche de luna llena en Sagitario. El rezo es como una flecha lanzada desde el animal hacia Dios. Me quedé sola en el salón para rezar para untar la punta de plata de mi saliva con el plateado almíbar de mi interior. La humedad de las paredes, musgo, palomares, mendigos bajan y se agrupan en la escalera, al lado del container. Desde la ventana de mi pieza los alcanzo a ver, iluminados como si estuviesen bajo tierra, con una pequeña lámpara celular, en la noche, diecisiete de junio, soñé que peleaba o me disparaban entre troncos, las balas silban destrozan iluminan el bosque de pinos, un río de peces de plata. Después, recuerdo estar en el suelo y me deshacía sobre la misma humedad de sangre y barro que me rodeaba. Al despertarme, otro día, salimos temprano de la congregación. Me demoré varias horas en volver por completo del viaje. Pasó mucho tiempo en el sueño, varios días de relato, y me olvidé que soñaba —quién y qué sueña—. Una intensa sensación de hambre me hizo volver. Un dolor helado en el bajo vientre los riñones espalda baja. Pasamos por Plaza Victoria, los jardines todavía están mojados, el Otoño junto al Verano. Se ríe de un modo horrible. La otra (estatua) levanta un mudra cagado de palomas. El índice y el pulgar del brazo derecho, elevado a los astros. Incluso nosotras, con nuestros trajes de algas húmedas, parecemos grandes palomas, caminando incómodas por la niebla y el viento. A nuestros pies, un agua nocturna, anunciación sucia del miedo como una gota caía en un oscuro pozo interior, una gota espesa, de pelos y lágrimas unidos fuertemente, atados.

 

*

Todas las noches escucho las sirenas de los pacos cuando llegan al Van Buren. A los pasteros de la escalera no les dicen nada. No sé si alguna vez lo hicieron. Soy del interior, a veces me da la impresión de que todo está detenido según un acuerdo previo, en la ciudad, donde se ha aprendido a vivir con la fractura, el cáncer o la adicción ya adherida al carácter y la rutina. Iba subiendo esa escalera, la Escalera Los Loros, la de los pasteros, al comienzo, al costado de su container verde, en el que un día me encontré una imagen de la Virgen de Fátima; interminable, el cuerpo me pesa, las costillas de bronce en la noche, la carne blanca los picotazos del cemento, caigo. (Escalera Los Loros). El miedo reflejado en el charco sucio son los pasos de los pacos que suben detrás de mí, escucho su respiración jadeante en la curva de la escalera, vienen, dos, dos sombras que tapan la luz amarilla púrpura de los postes y ven mi cuerpo en el suelo deformarse en la tierra, convertido en ramas raíces púrpuras estelas de carne fundida en el barro. El regalo se adapta a ti mismo. El mundo es el encargo, lo sé, pero cómo demostrarlo con mis obras, con cada decisión el árbol estira una rama en la penumbra, o bien, acerca sus raíces al abismo.

El viento de Valparaíso había hecho que, siempre protegida de algo invisible, mi cuerpo se encogiera como el de un animal friolento, débil, asustadizo. A pesar de ser más alto que el de mis compañeras de Congregación, crecía cada día más hacia adentro, se adelgazaba y en las mañanas de intensa niebla, donde todo el Almendral estaba goteando, lo sentía encogerse en una lenta y dificultosa respiración. La niebla se había metido entre el pasillo, de camino por las literas, entre estrechos callejones; acompañaba a las delegaciones en sus tareas diarias por el claustro y hacia la tarde, cuando me daba la hora de ir a colgar la ropa de las hermanas del colegio, las sábanas aunque lavadas conservan el olor que distingue a cada cual, la ropa de Estela, por ejemplo, tres pares de cubre almohada que todavía latían con la respiración de su cabellera oscura. Ella no está pero está su silencio, impregnado de aromas de tinturas madre, yerbas con caras cansadas, arrancadas de un agua viva. En la poza del lavaplatos, Estela, vi el desierto, el norte. Las grandes planicies hasta donde se pierde la vista, en un púrpura mezclado con tonos rojos, en que una madre buscaba, con una varita enroscada, los restos de su primogénito. Él no está pero sí su silencio, Estela, como la respiración de tu cabellera en la almohada. Entra una muerta, una y otra vez a su cuerpo de cadáver antes de comprender el verdadero viaje y estira su cabeza en la humedad, se adentra, vuelve, cambia de nuevo. Escúchanos, Señor, te rogamos.

Una jornada de trabajo pagada por Dios, Estela. La Madre Maite estará ahora tendida en su cama, mientras nosotras hacemos todo el trabajo. Antes la vieja se paseaba por los pisos, vigilando qué hacía cada cual. Recuerdo su cara como adentro de un túnel y me parece haberla visto y haber visto todo eso en viejas esquelas, en antiguas canciones alemanas, Mit allen Augen sieht die Kreatur/ das Offene. Nur unsre Augen sind/wie umgekehrt und ganz um sie gestellt/ als Fallen, rings um ihren freien Ausgang. La Maite  ésa, Estela, estará ahora al lado de su cama, de pie, enterrada vertical como un caballero español, o hundida al fondo de su rostro como adentro de una diminuta casa en un bosque, iluminada por el brillo de su corazón temeroso. Estela se agitó y dio la impresión de sonreír a la vez que murmurar algo. A esa hora el grupo de monjas atravesaba calle Colón, en dirección hacia Playa Ancha. La gente, a pesar de la corta edad de muchas de ellas, las miraban como viejas brujas, algunas incluso con extrañeza, niños abrían grandes ojos y miraban nuestros pies como si tuviéramos patas de perra. Caminábamos con largas horas de ayuno en el cuerpo, buscando en el dolor, como animales, algún alimento del espíritu, me siento así, entre estas monjas flojas, entre estas estúpidas niñas de familia bien, que no quieren ser exhibidas en sociedad, o como yo, una huacha que tuvo suerte de no caer en el SENAME o ser la puta tonta de la cuadra, la que chupa el pico por un gramo de sniff. Al frente del Van Buren lo he visto. Se estacionan autos y van donde el grupo de mendigos que viven a la bajada de la Escalera Los Loros. Cuidan autos. Hay una mujer joven, parece un chico, lleva un jockey y un chaleco reflectante. Los autos se detienen, hablan un par de cosas. Se estacionan a la vuelta. Quince minutos, a los más. Caminamos de madrugada, en busca del dolor en el cuerpo, el ayuno. El dolor se distribuye como energía por todo el cuerpo, el de cada uno el mío el de ella el des tu espacio entre tu cara y la mía en que aparecen torrentes de palabras. El dolor distribuido como energía nos acerca demasiado rápido a Dios, sin tener, necesariamente, una dirección clara. ¿Qué quiere decir el destino de una vida entregada a Dios? ¿Hacia dónde lleva esa dirección? Yo sé que el crimen (la entrega) primero es ejercido sobre el propio cuerpo y sólo después se comparte, como una gloria de Dios. Tal vez van demasiado rápido, manos niñas ansiosas al abrir un dulce. Sagitario hila su oración, Estela, que es también como una flecha, una gracia, una especie particular de obsequio: exponer-enseñar. Dios y relación son un mismo hilito de saliva colgando del pecho. Estela se queda mirando boquiabierta, en actitud de perra que azuza las orejas ante un ruido. No crees que la Mami Maite –dice–, cuando llegábamos de Torpederas, después de ir a ver a la Virgencita, a la vuelta, te acuerdas, Carmen, que nos regalaban verduras algunos viejos del mercado, de frescos, y como si además fuera un acto de caridad, y yo me sentí utilizada varias veces, no crees que la Mami Maite sabía y se sabía insultada, traicionada. Daba miedo, no como ahora que da lástima. A veces soy la que le toca ir a ayudar a bañarla. Su pelo demora en secar y pesa, Carmen, como las sandías que llevábamos en verano, de vuelta del Mercado, entreveía los puestos de los pasillos interiores, verdes claro, con anuncios de bananas del Ecuador, viejas banderas deshilachadas, oliendo a vinagre y cloro, pero, Carmen, recuerdas nunca nos dejaban entrar; por eso conservo esa imagen, como negación. De mí y del deseo.

Al llegar a la hora de almuerzo no había clareado la luz de la tarde y cada persona, cada puta monja se sentía cubierta por un velo. El movimiento interior me era conocido. Al principio, las primeras veces sentía miedo, creciendo un punto un óvalo planeta desde adentro de mi cabeza, pensé que me iba a volver loca. Después entendí que no se iría y decidí explorarlo. Un animal con una pata encadenada. Una cadena clara plateada, junto al muro, musgo todo, humedad. Yo pasaba embrujada en ese estado durante varias horas; me cubría la cabeza con un paño, dobladas las rodillas para sostenerme así, en oración, con el vientre ligeramente comprimido, hacia adentro y los muslos, también, ligeramente inclinados, para prolongar así el dolor durante el rezo. La soledad por sí sola no vale nada. Yo iba expulsando (expulsaba) la cáscara de cada persona con la energía de ese silencio. Me llenaba de ese vigor, impalpable, al rodear a Estela y pedirle un destino juntas a través de un secreto. La melancolía sólo nos hace inútiles para el trabajo. Pero, en cambio, el silencio, sostenido lo mismo que el cuidado de un cuerpo en naturaleza, salud y fuerza, renunciar a las palabras, no es renunciar a los actos, por el contrario, el silencio es reservarle un lugar más cercano a Sí y más íntimo.

Este animal, en el que confiabas tanto, amaneció muerto. Siempre pasa lo mismo contigo, cada vez que te siguen los perros, Carmen, amanecen muertos. Eso dijo. Y las patas del perro, con ondas negras pardas colgaban de costado, como si durmiera una profunda siesta. Luna llena en Sagitario, diecisiete de junio, recuerdo la voz de Tía Hortensia, enseñándome las fechas cristianas, luego, en el patio, mostrándome cada planta, para qué, cuándo, cómo hacerlo. La vida que llevas es como la tierra y un deseo es la semilla. Así funciona, el mundo es un bosque. No hay mucha más ciencia que esta. Una vez hecha la transgresión, el miedo se convierte en fuerza. Cada sutura, cada pliegue es importante, único, catorce veces, dos veces siete. Partes el tallo y conservas las hojas más jóvenes. Para cualquier preparación, la planta tiene que estar viva, su alma todavía tiene que estar acá, y con su mano de manera desinteresada, toca su vientre. Sabes, Carmen, estás vendiéndote barata como puta de Dios. Las putas envejecen muy rápido. Conocí a una en Santiago, era amiga de la Fresia. Iba a la casa a tomar té; sus manos temblorosas partían el pan con lentitud, dejando caer una constelación de migas en su chaleco.

El olor de la niebla, esta mañana, entrada y salida a través de la materia, me hizo recordar el tallo abierto, cortado, no solo con precesión, sino con una forma particular. La neblina hoy invita a fugarse a los cerros, seguir el verde del patio de la Tía Hortensia, vieja puta maraca, qué risa liviandad al querer subir como si se entrara a un sueño. Desde la Caleta El Membrillo, tomando la cuesta por el largo camino que serpentea, atravesé el puente de madera, rodeado a ambos lados por varas de colihües, que conecta con la puerta oeste del cementerio tres de Playa Ancha. Entré con un ramito de flores rojas, amarrado con lana. Adentro, me conmovió el tamaño diminuto de todo lo que acompañaba las tumbas de la sección de niños. Una vez escuché a la Madre Riquelme referirse a ellos como ángeles. Entonces, vienen a cumplir un ciclo de muerte, luego ascienden. Sólo necesitan morir una vez más antes de elevarse como ángeles, ¿comprendes el sentido de enseñanza en su muerte? Hablas como bruja, me decía después; de los ángeles no se habla, se les reza, envueltos por su trenza de fe, cubiertos por ella.

Yo me quedo callada largos ratos para contemplar la parte mía que me falta. El silencio me permite nombrar. Para beber de esa agua nocturna, acomodada a la piedra óvala, alojarme en esa cavidad como el deseo busca expandir en la tierra y echar raíz. Si me quedo meses viendo ese agujero negro, sin estrellas, en la estela de un vino derramado entre varas de colihüe, y recordé, catorce veces, dos veces siete, hace dos noches ya que soñé, me pasó la mano por la cabeza y me dijo, soy el servidor de tu padre, su mushi liviano en la noche de Tokio, porque aunque no lo conozcas no eres huacha del todo, monja maraca te lo voy a meter antes, mientras su cuerpo hecho de peces plateados se expandía, me llevaba, convertido en un río, me atravesaba, pensé no podré dormir mantente neutra la cara de padre el rostro oscuro de un Jesús de trapo está sucio y lejano en los años de infancia. ¿Por qué le dices padre a ese marica que te deja expuesta así a la sucia voluntad de las demás personas? Dios debería estar, en primer lugar, en contra de cierta gente, ¿no te parece, Carmen? Tu verdadero padre, en cambio, me llamó para encontrarte, dijo, cuando la veas, la vas a llevar. Luego, su cuerpo ya no era una reunión de peces, sino un gorgogeo, un rumor de ranas en la noche, en la quebrada del cerro, una noche de junio. Y yo vi alrededor, está la habitación, ahí están las camas de mis compañeras, aunque no pueda ver su rostro distingo, claros, sus bultos enroscados entre las tapas. Pero tal polvareda; en el aire, esparcidas flores de ceniza, como si hubiera mucha luz; definitivamente, seguro que no ha amanecido hace varias noches y nadie sabe, nadie se da cuenta porque duermen, sin voluntad, todas estas niñas que la familia cuica no quiere, opus, colas de chancho, no han dejado algo realmente no han abandonado ninguna vida, puesto que nunca la tuvieron; su regalo es un cuerpo; sumisión a Dios en carne y no en alma. Luego me dijo no, no eres huacha, aunque los primeros ríos de tu memoria corran hacia arriba, y no puedas nadar sin sentir el peso del tiempo, las respiraciones, amplias que se agolpan, caes, Carmen, caes del todo tú y todo lo que recuerdas, un salón, un patio con sol, el mediodía, la soledad que en esos años para ti fue desolación. Mantuve esas imágenes mientras recorría los pasillos del cementerio, los segundos pisos, profundos túneles, me recuerdan los primeros viajes de mi vida, en bus, el aire frío entrando por los bordes de las ventanas, el viento helado que subía en bandadas tropeles furiosos de aire, y el recuerdo de la pelea (en el sueño). Corrí entre troncos, pasaban días, tenía hambre, me estaban persiguiendo. Luego balazos. Volaban trozos de madera. Me atravesó una luz ardiente que silbaba, varias veces. Apareció. Sólo vi sus ojos. Los ojos de Ararat. (“¿Qué es más dulce que la miel, y más fuerte que el León?/ Si no hubieses labrado con mi arado no habrías descubierto mi adivinanza”).

Entonces, llegué al Cementerio, desde la Congregación. Al pasar junto a la quebrada, me rodeó un olor húmedo, parecido al del patio de la Tía Hortensia, sobre ese aroma diez jinetes silenciosos. La unión era la flor del rezo de la madrugada. Sobre la loma, una tumba cubierta de regalos. Globos de helio, torbellinos de papel celofán corren en dirección de las manijas del reloj, flores, objetos varios entre los que me llamó la atención unas especies de pelotas, recubiertas de pantis media, planetas oscuros y minúsculos, de cierta manera pesados, como si contuviesen un centro de plomo. Un ojo sellado al que le impedían ver. Me agaché a tomar uno. Alguien me trajo hasta acá, tú. Te he visto las moscas desde varios metros, dije, y escupí.