Hijo de panadero
Crítica

Panaderos, de Nicolás Meneses.

Editorial Hueders.

Narrativa. 124 páginas.

 

 

De entrada, me gustaría plantear algunas preguntas que me parecen importantes: ¿Cómo se escribirá la narrativa social del siglo XXI? ¿Cuáles son sus temas, sus formas, sus estrategias de posicionamiento? ¿Qué nuevos recursos estéticos necesitarían este tipo de escrituras? Creo que Panaderos, la primera novela de Nicolás Meneses, nos permite entrar de lleno en estas interrogantes, a las cuales yo sumaría otra clave: ¿Qué tipo de literatura puede emerger de un concepto de clase en crisis?

 

Está claro que las clases populares del siglo XXI ya no son las mismas de antaño. No se puede entrar en ellas a rajatabla sólo con fórmulas, romanticismos y clasificaciones del siglo pasado o antepasado. Una de las variantes más explícitas de esto en Panaderos es la escasa conciencia de oficio del protagonista en las primeras páginas. “Trabajar no me entusiasma. Que la Coni estudie lo que quiera y tenga una vida mejor que los papás, mucho” (14), nos dice. No es el amor a la pega o la tradición obrera lo que mueve a este joven a trabajar después de que una máquina le cercene la mano a su viejo en la panadería. Son las ganas de que su hermana logre estudiar en la universidad, como nadie en la familia ha podido.

 

William Fuentes, alias el Willy, se ve obligado a ser un alero económico más para su grupo familiar. Su mamá trabaja de temporera y su papá inventa cosas para hacer o vender en la feria, pero no alcanza para todo, y eso incluye que su hermana menor no pueda estudiar. No hay opciones y estamos en Chile, donde la contienda es desigual. Mirando los condominios vecinos, Willy nota su condición: “Pienso en lo molesto de esas casas repetidas y acuarteladas sobre sí mismas. Acá las viviendas son pocas, precarias y mutan de a poco sus fachadas de palos alambrados a las rejas de fierro con puntas dentadas, para que nadie haga el amago de mirar siquiera” (26).

 

Para sortear estos problemas, Willy entra a trabajar en un supermercado y el contrapunto con la panadería de barrio donde ayudaba a su papá se vuelve dramático. Si antes no tenía conciencia de oficio, la experiencia de la explotación en un espacio tan ajeno hace que de a poco cambie de parecer. También lo vuelve más sensible a los problemas de su clase y a las luchas reivindicatorias, además de agudizar su preocupación por los accidentes laborales y por lo que le pasó a su viejo. De a poco va tomando partido. Se une al sindicato y a la comisión de seguridad de la empresa. En una de las discusiones sindicales se da el siguiente debate: “Cualquier trabajador que reciba un sueldo, frente a la ley, es un trabajador, asegura el Jorge. Juanito dice que no, que los administradores no se rigen por las mismas reglas que nosotros, que los que se encargan de dar cuenta a los jefes no forman parte de nosotros” (52). Willy, en cambio, empieza a ser parte de ese nosotros. Su conciencia de clase se agudiza página tras página.

 

Creo que Panaderos se robustece en la descripción de las jornadas de trabajo, las costumbres populares y el comportamiento de los trabajadores. Meneses maneja a la perfección todo lo que sucede dentro de las panaderías, ya sean de barrio o supermercado. Sabe bien cómo hablan y se desplazan los panaderos, cómo se relacionan entre sí, cómo son tanto dentro como fuera de su horario laboral. Así también con el resto de trabajadores y trabajadoras del supermercado, tal como el autor lo explicita en sus crónicas políticas sobre el mundo laboral en el Tottus de Buin, posible homólogo de la empresa del libro: “Los panaderos sabemos que el pan congelado es muy distinto al de elaboración propia o los carniceros saben que elegir un buen corte es un instinto que jamás tendrá una máquina. Las encargadas de fiambrería, los reponedores, los guardias internos que conocen los pasillos del supermercado como la palma de su mano, saben que sin ellos la cuestión no funciona”.[1]

 

Con esto último me gustaría volver a las preguntas iniciales. El autor sabe que las condiciones de vida de las clases populares han cambiado mucho, aunque sigan siendo determinantes, tal como lo ha experimentado en carne propia. Su protagonista ocupa Facebook, WhatsApp y por sobre todo juega mucho Playstation. Además, su familia ve demasiada televisión. El enajenamiento en el juego es tal que, estando en el trabajo, llega a confesar: “De repente me dejo, me desactivo, me desconecto: mi alma sube al techo y desde ahí me controlo como con un joystick” (118). Y sobre la TV en el núcleo familiar: “Nunca hemos sido buenos con las palabras, la tele se encarga de llenar ese vacío, es como si todos estuviéramos leyendo salmos en voz alta sin entenderlos, con una fe ciega en ese ruido solemne” (116). Y en la crónica sobre el Tottus, acerca de la relación por WhatsApp con sus compañeros: “[…] comento los memes y fotos que se toman dando jugo en sus ratos libres: se roban peluches y los transforman en panaderos y les toman fotos en todas las máquinas y líneas de producción”[2].

 

En cuanto a los recursos estéticos y estilísticos utilizados en el libro, hay dos que llaman rápidamente la atención: la inclusión de documentos reales sobre seguridad en la empresa y el uso apropiado del sentido del humor. En cuanto al primero, me parece crucial a la hora de contrastar la agobiante escritura técnica del capitalismo con el habla ágil, deslenguada y seductora de las clases populares. En cuanto al segundo, y en estricta relación con lo anterior, me parece que Meneses reconoce muy bien la importancia del humor en un relato como este, donde se intentan reflejar –de una manera u otra– las formas de vida y las condiciones de trabajo de las clases populares.

 

Eso sí, me rondan todavía algunas preguntas sobre el realismo a secas como procedimiento narrativo, en consonancia con las interrogantes iniciales. Sobre este tema, en una entrevista, Cynthia Rimsky ha señalado lo siguiente: “Yo creo que uno parte de una situación real, y ahí viene una cosa que a mí me encanta, y es lo que me motiva de la literatura, que son los procedimientos. Yo creo que cualquier cosa pasada por un procedimiento se desliga completamente de lo biográfico y abre su potencialidad de ficción”[3]. Me parece que Panaderos pretende abrir su potencialidad de ficción en la subjetividad de Willy como personaje. Willy no es el Meneses de la crónica política sobre el Tottus, pero con los mismos materiales de ese texto expone un nuevo punto de vista que pone en jaque lo real. Allí está la encrucijada entre realidad y ficción que –junto a Rimsky– nos motiva de la literatura. Pero dice también la autora: “Cómo hacer que estos materiales que son reales, se alejen completamente del periodismo, de todo lo que es informativo y transformarlos en elementos más misteriosos, que sean más abiertos”[4]. Leo ahí un desafío hacia lo que he llamado “realismo a secas”. Leo las palabras de Rimsky como posibilidades interesantes que problematizan la representación de la realidad como una suerte de “mímesis crítica”. Me parece que Panaderos explora en ello, incluso lo saca de lugar con algunos delirios y salidas de guión de su personaje principal, pero no lo profundiza.

 

Para cerrar, y volviendo a los temas planteados por el libro, me gustaría retomar algo mencionado con anterioridad: en las primeras páginas Willy prácticamente no tiene conciencia de oficio. Desde chico ha ayudado a su padre en la panadería, pero no es eso lo que le motiva a trabajar en lo mismo que él. Esto va cambiando a medida que avanza la narración, hasta tal punto que llega a afirmar: “Soy hijo del panadero Ismael Fuentes, heredero de sus manos de piedra” (124). Me parece que esto es fundamental en Panaderos. Allí está lo que, fuera de las discusiones sobre la forma, hace que la realidad a veces nos sacuda tanto o más que la ficción. Porque puede que el apuro económico nos lleve a ser explotados en condiciones lamentables, o –en su contraparte– puede que el alivio económico nos haga salir de dichas condiciones. De hecho, lo más posible es que vivamos haciendo literatura en medio de esa friega. Pero si sabemos quiénes somos y hacia dónde vamos, lo anterior es sólo una cuestión de procedimientos. A eso, tanto en este siglo como en el precedente, le hemos llamado conciencia de clase. Eso es lo que defendemos.

[1] “Rebelión en el supermercado II”. El Desconcierto, diciembre de 2018.

https://www.eldesconcierto.cl/2018/12/15/rebelion-en-el-supermercado-ii/

[2] “Rebelión en el supermercado I”. El Desconcierto, diciembre de 2018.

https://www.eldesconcierto.cl/2018/12/04/rebelion-en-el-supermercado-i/

[3] “Los procedimientos de Cynthia Rimsky”. Suplemento Grado Cero, diciembre de 2018.

Versión web: https://issuu.com/gadocero/docs/gc_dic

[4] Ibídem.