Fue como cargar a un puma vivo
Testimonios sobre Tulio Mora

Presentamos a continuación tres testimonios sobre Tulio Mora: la presentación del libro Cementerio General, escrita por Elvira Hernández y sendos testimonios escritos por Manuel Illanes y Alexis Castillo Jordán.

Cementerio General

Las primeras palabras en esta presentación -que va en busca de un camino para recuperar la lectura de los libros perdidos, no leídos en su momento- es agradecer a Gonzalo Geraldo y a AJIACO, por poner a disposición nuestra, lectores y lectoras chilenos, como se enfatiza ahora, el valioso libro Cementerio General, de Tulio Mora, poeta peruano. Nos acercamos a la publicación para conocerla y paladear sus palabras a muchos años de su primera edición -1989-, cuando sus páginas han sumado muchas hipótesis de lecturas que han hecho de él un pilar poético, con justicia. También agradecer que el poeta pueda estar acá y escuchar de su voz los poemas; algo no menor es la interpretación que el propio autor pueda hacer de aquello que escribió y donde tantas voces se reúnen y resuenan.

No es una obviedad, en esta ocasión, volver una vez más a decirnos que en los años de dictadura estuvimos aislados del mundo y de nuestro continente y que aquello tuvo muchas implicancias que hemos difuminado hasta el día de hoy, en recuentos hechos a medias y sin la profundidad que todavía, esas roturas o atadas de cabo, requiere. Y más cuando se sugiere estar viviendo en la plenitud de la comunicación. De ese aislamiento pasado no se salvó ni la poesía. Pero ya desde un poco antes, en la vorágine de los hechos que vivíamos en los años de la Unidad Popular, los que emergíamos como lectores y buscadores de poesía –entre los que  estaban los que debimos haber sido los poetas del 70 y que terminamos algunos siendo de los 80 o NN-  pues, en ese contexto nos vimos contenidos por la propia dinámica de nuestra poesía para explorar la región andina y dar con la veta de “Hora Zero” –crucial nombre- que se levantaba como una de las vanguardias latinoamericanas con la que debimos encontrarnos. Más tarde, ya que el tiempo se desmadeja muy rápido, y que aconteció con un desarrollo explosivo para la poesía de nuestros vecinos, tuvimos la noticia de la aparición de “Kloaka”, y luego, con más rapidez, el destello de otros grupos que surgían a los que sólo lográbamos conocer en su fragmentación. Aquella evanescencia favoreció que los instantes creativos de los autores y la desenvoltura grupal de la poesía peruana, de gran interés para nosotros,  quedaran en la sombra. Los percibimos atomizados, desgajados, sin poder apreciar por completo la fuerza de las ideas y propuestas de ese movimiento. Después, cuando hemos conseguido un trazado para reconstruir un camino hacia una democracia propia, y buscamos rehacer nuestras bibliotecas y lecturas, el sistema cultural instalado con sus intereses mezquinos en torno al libro y la literatura y discursos de pobreza endémica, nos ha puesto en la cara lo difícil de alcanzar propósitos y promesas en la medida que se los tuerce. A menudo hemos sentido el venir cargando un vacío lastrador, imposible de no notar. Así, sólo en el año 2008, pudimos tener un cuadro somero de la polifacética poesía peruana introducida por la visión de la poeta Carmen Ollé el que subtituló Fuego Abierto y en el que establece un arco poético que se inicia con Jorge Eduardo Eielson para recorrer la casi totalidad el siglo XX. En esa antología se recoge de Tulio Mora el poema “Toquepala”, el segundo poema de Cementerio General, libro que me entero, habría sido leído por Enrique Lihn muy poco antes de su muerte, como jurado del concurso que lo premió. Lo cierto es que el poeta ha llegado por fin al país, muchos años después, con el libro que hoy  presentamos y, como dijimos ya, viene precedido por el descubrimiento de otras lecturas, otros empeños editoriales, otros comentarios, otras historias. Unos lo leyeron en Perú, otros en México por la vía de los infrarrealistas a los que todavía acá no hemos tocado –Bolaño incluido- como si temiéramos también de esa realidad infra y latinoamericana. Pareciera que lo que pasó, pasó, y que es una trama que se nos aleja, ha dejado de concernirnos y jamás vamos a alcanzar; nuestra voracidad de futuro pone a ese intento literario intelectual fuera de toda perspectiva. Nos acercamos a ese tiempo casi en el aire, sin el proceso cultural adecuado para lograr poner pie en las cosas y los sucesos, en esa estela temporal que Tulio Mora ha examinado como para susurrarnos: <cementerio general>.

Pero vayamos al libro mismo. Al abrirlo veremos que se presenta dividido en dos partes: en su primera sección, un gran cuerpo de poemas, 72 en total, cuyos títulos remiten a nombres propios de personas, lugares o a un NN cuando no se ha podido identificar al protagonista, los que ya han transitado por esta vida. En la segunda sección un apartado de notas histórico-biográficas de esos mismos títulos. Creo que no es un detalle ese deslinde entre historia y poesía sino espíritu fundante de lo que acá se escribe. No es nada nuevo decir que tanto la historia como la poesía están sobre ese fluido vital manifestado en hechos individuales (que algunos dicen que no hay tal hechos en la vida) y en hechos sociales y con diferentes propósitos. Que en muchas ocasiones, en la historia de la poesía, lírica e historia, se han mirado con hostilidad buscando defender una pureza de lenguaje, por un lado, o una certeza causal, una finalidad por otro. Pero también ocurre que esos hechos humanos y sociales que no son patrimonio de ninguna disciplina y arte, piden la concurrencia de todos los lenguajes para poder hablar. Acercamientos de ese tipo encontramos en Pound, Cavafis, por recordarnos de los más conocidos. La poesía de Tulio Mora se afinca en esa zona percibida como una atracción de contrarios donde la materia humana se muestra en toda su dimensión, para gloria o vergüenza, aun cuando es notorio, por la tonalidad sobria que le da el poeta, sin necesidad de redobles fúnebres y con algunas dosis de mordacidad que vivimos tiempos sin épica donde vivir peligrosamente tiene más parentesco con el horror de la desaparición de personas que con resplandores estéticos. Así, la argumentación el poeta se dirige a menudo hacia donde ha  tallado la historia y se adentra en ese ámbito no para reproducirla, afirmarla o contradecirla en su verdad histórica sino para hacer su calado, convencido creo yo, de estar poniendo a disposición del lector otro espacio de reflexión, otra verdad, la poética, que mira los asuntos con otro cristal. Interesante resulta acercar acá el planteamiento de Fabio Morábito para quien los nombres de los difuntos son los más puros que existen porque con ellos ya no se puede llamar a nadie; no hay un referente que pueda hacerse presente en una realidad física de inmediatez básica; el nombre comienza entonces a adquirir autonomía a separarse del rostro que le entregaba la referencialidad y que ése sería el gran punto, la gran ocasión del lenguaje – la ocasión literaria para atisbar el mundo. Existiendo esa posibilidad, dudo que en Tulio Mora la emergencia de sus palabras se haya dado en un puro espacio de concatenación lingüística, pues hay un camino de indagación donde no puede alejar hechos y palabras de variadas connotaciones que recoge el discurso histórico peruano acerca del reguero de muertes que es también un reguero de dolor.

Cementerio General como estamos insistiendo son páginas donde yacen vidas ya concluidas, cerradas con la muerte pero vueltas a abrir por la poesía en una especie de exhumación no de restos sino en una operación de desentierro, incluso de aquellos que hasta el día de hoy se les ha negado sepultura y existencia; es rearticulación de la memoria, sacar a relucir lo que ciertas vida han sido y lo que ellas han significado o resonado aun en su anonimato, en su misterio, para la vida de todos los peruanos y de los que nos encontramos también fuera de ese territorio. La vida en común es un desafío universal, preñado de una violencia que también hemos probado y que va en un encadenamiento imparable. Basta con llegar al último poema que no es el último -ya que la visionaria Rosa Campana cuyo tiempo de vida queda entre signos de interrogación, en una intemporalidad- no está cerrando el poema, más bien está volviéndolo a abrir, para dejar en claro que estamos en un proceso en curso cuando nos dice: “Una y mil veces se lo digo a mis paisanos/ mientras balanceo mi mecedora:/ más presagios preñará el río/ pero aquí estaremos todos/ escribiendo el poema de la vida”. Estamos en el eterno retorno, chocando con las mismas piedras, en días de violencia extrema en el Perú y donde el epígrafe inicial del libro, en palabras de González Prada, expresadas casi a comienzos del siglo XX, es rúbrica para la amarga preocupación del poeta: “El Perú es una montaña coronada por un cementerio”.

Son fosas de sentido y sinsentido a gran profundidad donde la oscuridad de los siglos y de los moradores del tiempo es el blanco de esta escritura. Para lograr lo que ha logrado, para que el poema pueda ser ese espacio de concentración, de meditación sobre lo que ha podido ser premeditado, drama, destino, recurre a todo el depósito literario a su haber para ampliar el escenario en que se recrean estas vidas, “la constante ruta entre cuna y sepulcro”, en palabras de otro peruano notable, Carlos Germán Belli. Al azar tomo como ejemplo el poema “Túpac Amaru” donde la voz de este gran rebelde en una omnivisión emplaza a la sociedad de consumo, al poder político, esgrime autores y pide por su sepultación para alcanzar el descanso de la muerte.

Es éste un libro riquísimo en matices que no son superficiales sino sustanciales en la construcción del poema. Es el caso de uno de los motivos nodales de estas páginas que es el advenimiento de la muerte y la muerte como condición necesaria para tomar la palabra, donde no se parte a mi juicio de, todo lo que nace está destinado (angustiosamente destinado) a morir sino desde cierta circunstancia cultural cuando en una sugestiva metamorfosis se sale de la condición animal hacia una sensibilidad, racionalidad, capacidad de articular sonido y otras facultades que se han depositado en lo que llamamos humanidad; entonces se pasa también del vivir sin culpas al vivir culposo, del morir natural o quizás en paz al morir violento. La lectura del primer poema “Pikimachay” lo revela:

 

Descanso la fatiga de una vida sin culpas

bajo la humosa, limosa tierra de una cueva.

Pero antes en las pampas

limpias como el ojo de la luna

Fundé la memoria de este país.

Fue como cargar un puma vivo.

 

El libro se despliega desde la agresividad del puma a la violencia humana. Desde la animalidad que tiene en su vivir una agresividad instintiva y connatural, a esa agresividad que pasando por muchas mutaciones y filtros humanos llega a convertirse en violencia para aplicar. En los primeros poemas que recorren lugares ancestrales precolombinos de lo que llegaría a ser Perú, todavía el mal de la violencia no está visible; se siente al ser humano en la plenitud de un habitar, un anidar, un estar en naturaleza o en la naturaleza, junto a ella, de manera paradisíaca casi, sin culpa, como para decir en el comienzo fue la vida. Esta llenura, esta integridad culmina, me parece en el poema titulado “Huari” que finaliza, a no mucho andar, en el poema 7 con la pregunta retórica, ya  muy lejana a los movimientos valorativos de la construcción de lo que llamamos civilización occidental: ¿no hay guerrero sin culpa?

 

 

 

[1] Texto de presentación de la edición chilena del libro Cementerio General (Santiago: Ajíaco Ediciones), realizada el día viernes 1º de septiembre de 2017 a las 19 horas en el Espacio Estravagario

 

Conversación con el moribundo

1. Son las 10.30 de la mañana y espero fuera de la agencia de Correos de La Nopalera que el cartero me entregue un paquete enviado a mi nombre, que debía llegar a la casa de Edgardo, el amigo con el que vivo en una unidad cercana. A pesar que Edgardo le había avisado a su familia de la llegada del envío, su padre, por error, rechazó el paquete el día anterior y éste se había devuelto a la agencia. Ya he esperado demasiados días la llegada de ese envío y, por lo mismo, me he levantado tempranísimo para ir al correo y evitar cualquier otro inconveniente.

Cerca de las 9 llegué a la agencia, pero la funcionaria que me atendió me dijo que debía esperar a que el cartero me entregara personalmente el despacho (el cual no estaba en su poder en ese momento) y que me recomendaba volver en veinte minutos más. Luego de esperar el plazo que me había indicado, regresé y obtuve la misma respuesta: la pieza no había sido asignada al cartero aún y no se podía efectuar la entrega. Esta vez la mujer me sugirió volver en cuarenta y cinco minutos o una hora más, agregando: somos lentos, pero cumplidores. Sonreí ante sus palabras y, ante la imposibilidad de poder hacer otra cosa, regresé al departamento, tomé desayuno mientras veía la TV (muertos, muertos y más muertos, lo usual en México), volviendo a la agencia justo dentro del tiempo que me había señalado, sin esperar ni un minuto más. Por suerte el cartero ya tenía el paquete en sus manos y, luego de hacerme firmar varios documentos, me lo entregó. Salí de la agencia y en la placita contigua al edificio, casi siempre llena de testigos de Jehová, floristas y vendedores de antojitos, abrí rápidamente el paquete.
Entre mis manos, por fin, Cementerio General, recibido seis meses después de ser entregado por su autor a unos amigos chilenos en Perú, para que ellos, a su vez, me lo hicieran llegar.
Pero tú habías muerto cuatro días antes, Tulio, y ya no podía escribir para agradecértelo.

2.Nunca llegué a conocer a Tulio Mora en persona; y, sin embargo, el recuerdo que tengo de él (y es difícil hablar del recuerdo de alguien que murió hace apenas unas semanas) es intensamente personal. ¿Cómo se pueden conjugar ambas cosas, tan contradictorias en apariencia? Pues el retrato de Tulio que conservo en la memoria se construye a partir de los correos que nos escribimos, de las conversaciones que tuvimos por el chat de Facebook, de las vivencias de amigos que lo conocieron y lo trataron mucho más que yo, y de una llamada hecha desde el aeropuerto de Lima a su casa el 19 de diciembre del año pasado; un conjunto de cosas que, a primera vista, podría parecer anodino y que, a pesar de eso, de su misma distancia y neutralidad, de su mismo carácter anecdótico, van mucho más allá, se internan en la espesura, dibujan los movimientos de un encuentro espectral y silente.

Escuché hablar de Tulio por primera vez a fines de los 2000. Matías, uno de mis mejores  amigos, se había puesto en contacto con él a propósito de un mensaje que el mismo Tulio le había enviado, pidiéndole textos suyos para la antología que estaba armando, Los broches mayores del sonido, en que reunía la obra de autores de Hora Zero y del movimiento infrarrealista mexicano. Había leído algunos poemas de Matías, y recibido comentarios elogiosos sobre él de parte de algunos infras, y decidió escribirle. A partir de ese momento se estableció un vínculo entre ambos, vínculo que fue creciendo con los años, y que incluso trascendió al círculo cercano de Matías, pues fue él quien me incitó a escribirle a Tulio a mediados del año pasado para pedirle opinión sobre un texto que yo había escrito, sobre el que me encontraba repleto de dudas, dudas que él fue aclarando con sus mensajes a lo largo del segundo semestre.

Cuando empezamos a escribirnos con Tulio, yo estaba atravesando por una crisis salvaje: una suma de situaciones (que llevaban largo tiempo acumulándose) me tenían en un estado extremo de angustia, casi al punto del desmoronamiento (pero pienso, a veces, si no me he estado desmoronando todos estos años), y esa angustia afloró en mi diálogo con Tulio, quien tuvo la paciencia de escuchar mis quejas y darme consejos respecto a muchos de esos fantasmas que daban vueltas por el palacio: con él converse acerca de mi decisión de dejar de beber, la cual apoyó con fuerza hablándome de su propia experiencia con el alcohol; con él me desahogué sobre ciertos aspectos de miseria y peligrosidad del barrio en que vivo; fue Tulio quien me sugirió alternativas para hacerme de dinero y encontrar trabajo, uno de los principales problemas que he tenido desde que llegué a México, llegando incluso a consultar entre sus contactos de acá si había alguno que pudiera echarme una mano; fue él quien contactó a Pedro Damián y José Peguero para que me hablaran cuando consideró que yo estaba demasiado sobrepasado por la angustia y necesitaba una charla que me despejara (y ellos me llamaron al día siguiente); en todas estas ocasiones, Tulio se comportó no como una persona con la que hubiera entrado en contacto unos meses antes, no como un maestro al que un aspirante a escritor pide consejos, sino como un cuate, como un amigo al que hubiera conocido de toda la vida, para el cual la distancia y el medio por el que dialogábamos fueran sólo una anécdota, una pequeña anécdota que no podía impedir que dos miembros de la misma tribu se comunicaran en un idioma muy distinto del de la literatura, con sus gestos cortesanos de venia y sometimiento tan marcados.

3. El 18 de diciembre del año pasado tomé un vuelo en Ciudad de México que debía llevarme a Chile después de casi un lustro fuera del país. Le había comentado a Tulio de mi viaje, unos días antes, y él se había alegrado de la noticia, diciéndome que pensaba que me haría bien ver a mi familia y compartir tiempo con mi sobrino recién nacido. Ese mismo 18 perdí el vuelo de conexión que debía llevarme hasta Santiago, y me quedé varado en el aeropuerto de Lima, obligado a pasar la noche ahí. No sólo eso: la maleta en que llevaba libros y ropa, regalos para mi familia, se había extraviado y no existía nadie a quien consultarle sobre su paradero, puesto que Interjet, la empresa que había realizado el traslado desde Ciudad de México, carece de una oficina de atención en el aeropuerto y sólo atiende en ciertos horarios. Entre las distintas ideas que barajé durante esas horas confusas estuvo la de salir del aeropuerto la mañana siguiente para irme a la casa de Tulio (la única persona que conocía allá), pues existía la posibilidad cierta de que no me repusieran el vuelo; así que le escribí a Raúl Silva, un amigo en común, cerca de la medianoche, pidiéndole su teléfono (y de paso, dinero para comprar el boleto de autobús entre Lima y Santiago que pensaba abordar para salvar la situación). Milagrosamente el impasse se resolvió durante la madrugada y la mañana del día siguiente y pasado el mediodía me confirmaron el horario de un vuelo hacia Santiago. Entonces, y por sugerencia de Raúl, quien había puesto a Tulio al corriente de la situación, lo llamé a su casa. Nuestra conversación fue corta, el breve tiempo que otorgaban los cinco soles que traía en el bolsillo. La voz de Tulio se escuchaba apenas y, de tanto en tanto, él se quedaba en silencio unos segundos para recuperar el aliento (pues desde hacía tiempo atrás requería de una mascarilla para respirar) y, sin embargo, lo notaba entusiasmado, preguntándome si la situación se había arreglado, ofreciéndome su casa para alojar si así lo necesitaba, consultándome por mis próximos planes y dándome ánimo para emprenderlos, comentando acerca del cariño que nos tenía a Matías y a mí; en su voz, pese a la debilidad que la enfermedad le causaba, había una gran fuerza, como si la persona que me hablaba estuviera llena de vida y energía y no fuera el hombre que agonizaba de un cáncer al pulmón.

4. Reviso en mi celular las fotos que me envió Alexis por Whatsapp, a fines de enero, donde apareces el día de la presentación de Cementerio General. Santiago, septiembre de 2017. En las imágenes compartes con Fernando y Alexis (los embajadores infra, como los llamó Gonzalo Geraldo), otros viejos amigos que asistieron al lanzamiento por sugerencia nuestra. Te ves contento, pleno. Y es a esa imagen de plenitud, y a su doloroso complemento, ese hilo de voz que escuché del otro lado del auricular luego de una noche de dudas y de insomnio, a quien hoy doy las gracias porque el libro ya está en mis manos, y junto con él tu escritura, y tu generosidad, y tu ímpetu.

 

Manuel Illanes

Ciudad de México, febrero de 2019

 

Fue como cargar a un puma vivo…

In memoriam Tulio Mora

No atravesaba por un buen momento y Tulio creyó en mí.

Era fines de agosto del año 2017, y mi amigo Matías Ellicker, quien reside en Francia desde hace algunos años, me comentó que el poeta peruano Tulio Mora, presentaría un libro en Santiago de Chile. No recuerdo si era viernes 31 de agosto o 1º de septiembre del año 2017. Busqué en internet, y aparecía el día, la hora y el lugar. Para mi sorpresa, decía que la presentación sería en el Espacio Estravagario… Dónde chuchas queda eso, me dije yo. Luego supe que era la casa de Neruda que queda en Bellavista: siempre la he conocido como la Chascona. Mi amigo Matías, más conocido como el último infra, como nos enteraríamos más tarde, por haber sido incluido en la antología que reunía a los infrarrealistas mexicanos y a los Hora Zero del Perú, nos dijo a Fernando, mi amigo con quién fui, y a mí, que le diéramos un abrazo, y le expresáramos todo su cariño. Matías, gracias a una gestión del escritor y poeta Roberto Bolaño, se había contactado con él, por allá por los años 2000 o 2001, por un posible viaje a Lima que nunca se concretó. Era una de las últimas tardes frías del invierno, ese espacio que se da cuando ya comienza a llegar la primavera. No era un día nublado, era un día de sol, de ese sol tenue, como una lágrima contenida. Creo recordar que la presentación era a las 7 de la tarde, y yo llegué con media hora de anticipación. Me senté en unas escalinatas y me puse a fumar esperando a mi amigo Fernando (amigo entrañable que ahora realiza labores diplomáticas en la India). De pronto pasa una comitiva, los observo, y no supe quiénes eran hasta un rato después, cuando ya la presentación se realizaba. En ese momento vi por primera vez a Tulio, que pasó caminando junto a su mujer, y al joven poeta chileno Gonzalo Geraldo. Pero en ese momento no sabía quiénes eran. Mi amigo Fernando, de impecable traje, pero sin corbata, como es costumbre, en las últimas horas del día viernes, cuando todos los trabajadores del mundo lo único que quieren es llegar a casa o tomarse una cerveza que distienda la cotidianeidad de la semana, apareció como si viniera del silencio, de la nada, o de otra dimensión. Cuando ya se aprestaba a comenzar la presentación, me percaté de la poca concurrencia que había, sólo faltaba que todos nos fuéramos yendo uno a uno, y hubiéramos dejado a Tulio solo, como un pianista. En el estrado (y ocupo esta palabra sin intenciones judiciales) se encontraba Gonzalo, la poeta chilena Elvira Hernández, y Tulio. La presentación fue relativamente breve. Con el apuro de los encargados de la sala por terminar todo luego, lo que a mi amigo y a mí nos pareció una falta de respeto. Yo hasta ese momento no había leído nunca a Tulio, sólo lo conocía de nombre. Nos presentamos ante él, le dimos los cariños de Matías, y desde ese momento no paramos de hablar con él durante toda la noche. Él mostró una disposición hacia nosotros, que por lo menos yo, nunca hubiera imaginado. Nos tomamos unas copas de vino, y nos sumamos a la comitiva rumbo a un local en Bellavista. Antes, mi amigo Fernando, me había obsequiado el libro, Cementerio General, y Tulio me escribió la siguiente dedicatoria: “Para Alexis estos poemas que nos dan una biografía común”.

Partimos al bar. El Venecia, El Danubio, no recuerdo el nombre. Vimos que todos pedían vino, así que con mi camarada Fernando, nos quedamos mirando, y dijimos: habrá que tomar vino. Desde ahí en adelante todo fue confuso. Conversamos hasta por los codos, con él, con su mujer, Tatiana, con la poeta Elvira Hernández, y con todos los que se cruzaron con nuestras vidas aquella noche. Estuvimos de bar en bar, bebiendo y bebiendo, hasta ya casi llegar el amanecer. Hubo momentos de confusión y casi caóticos, como cuando Tulio fue a increpar al poeta chileno Bruno Vidal, en donde yo traté de interceder, no sé para qué, y de lo cual después no recuerdo nada más… Creo que Vidal toma una voz que molesta y de la que nadie se quiere hacer cargo. Por otro lado, no es un poeta de mi interés, pero sí reconozco que tiene un valor. Lo siguiente que recuerdo, son bares donde corría la cerveza, y ya ni sé de qué hablábamos. En el principio recuerdo haber conversado con la poeta Elvira Hernández, sobre Carlos de Rokha y Rolando Cárdenas, y me quedé con la mejor impresión de ella. Después, como si todo esto hubiera sido un sueño, desperté en la puerta del edificio en donde vivía en Ñuñoa. No recuerdo como llegué hasta ahí. Si recuerdo el momento en que nos despedimos con mi amigo Fernando, con un apretón de manos, como diciéndonos, ya no podemos cuidarnos más, de aquí en adelante quedamos solos.

Lo que viene después es otra historia. Al día siguiente lo primero que hice fue revisar los poemas de Tulio, leer a Elvira Hernández, incluso también a Bruno Vidal. Trataba de recordar lo conversado, y como siempre, después de una noche de juerga, con remordimiento por el peligro de haber dicho alguna brutalidad. Menos mal, al parecer, no fue así. Al poco tiempo después, ya no recuerdo si por Gonzalo o por mi amigo Matías, obtuve el correo electrónico de Tulio, y comenzó una correspondencia entre nosotros por algunos meses. Correspondencia que quedó interrumpida de mi parte, por encontrarme en la lucha diaria por el arte de sobrevivir. Le envié poemas, él me dio sus comentarios y opiniones. Hablamos de fútbol, de política, de Perú, del Mundial. Me contó que sus hijos nunca habían visto a Perú en un Mundial. Me contó que realizaría o había realizado un viaje, creo recordar, que por el Amazonas… Lo importante de todo esto fue la impresión que Tulio tuvo sobre mí, justo cuando yo no pasaba por uno de mis mejores momentos, siendo siempre muy crítico de mí mismo; abrumado y con mis demonios interiores, que no me permitían ni me permiten vivir en paz. Tulio, en un correo escrito a mi amigo Matías, le habla de mí, con la mejor impresión del mundo, captando la fragilidad que me persigue, con sólo conversar conmigo por algunas horas… Así, el tiempo pasa demasiado rápido y uno vive imbuido en sus problemas, y con esto llego al tercer momento y el final: enero del 2019. Mi camarada y viejo compañero de armas Manuel Illanes, de visita en Chile, fugaz como botella de vino, me cuenta que Tulio tiene un cáncer terminal desde hace algunos meses. Yo no sabía, y siempre había tenido la duda de si le tocaba escribir a él o me tocaba a mí. De verdad siento que en eso fallé, debí haberle escrito de todas formas, pero la vida urbana y moderna, a uno lo absorbe tanto, que no lo hice. Y al final, días después, una mañana de domingo, calurosa como una infamia, mientras yo buscaba una fotografía para poner en mi perfil de WhatsApp, mi amigo Manuel me comunica que durante la madrugada de ese domingo y enero nefasto, había muerto el poeta Tulio Mora a la edad de 71 años… Vanidad y frivolidad es la vida, pensé yo. Me quedo con el mejor recuerdo de alguien en quién yo me proyecté si alguna vez llego a la edad que tenía él. Vigoroso, generoso, amable, tierno y fuerte, y además con una bella mujer y compañera.

Alexis Castillo Jordán
Santiago de Chile, marzo de 2019