Fata Morgana (segunda parte)
Crónica de viaje

Caminamos de nuevo donde la chilena y le compramos dos botellas de medio litro de Quilmes que disfrutamos bien heladas mientras la tarde pasaba y pasaba. Y la flota de camiones nunca aparecía. Uno que otro camión, pero ninguno quiso parar. A lo lejos, sombras parecían gauchos, o quizá un espejismo. Se oyen truenos y la lluvia no amaina. El ruido de carretera y unos extraños insectos, hormigas gigantes. Víctor Jara desde un pequeño parlante que traemos encima. Estamos tranquilos. Llevamos 36 horas durmiendo a ladrillazos. El silencio que se produce en este instante de tranquilidad casi divina en la carretera es eterno. Casi cinco minutos sin el ruido de ningún automóvil. Las gotas de lluvia, tal vez por la altura, son del tamaño de mi pulgar. K duerme sobre unas mangueras llenas de mosquitos a la orilla de la carretera. De pronto cuatro camiones amarillos se estacionan y entran sus conductores al restorán de la chilena, uno de ellos va con familia, se instalan en una mesa larga, a cuya cabecera está la señora Carmen.

Fumábamos observando el pueblo. Uspallata es un pueblo tranquilo, en que las casas no tienen rejas ni las bicicletas candados.

Al arrebol tuvimos que tomar una decisión. K comenzaba a impacientarse, imágenes de una aventura anterior lo agobiaban. Había sido en su encuentro con Ch, a quien visitaríamos en Buenos Aires. Fue de regreso de Bolivia, en San Pedro de Atrapama, que quedaron varados 5 días, la piedad humana convertida en plato de comida o vaso de agua. Cinco días en que la impaciencia y el sol calcinaban los huesos de ambos. Eso recordaba y ya comenzaba a perder sus fuerzas cuando le convencí a que volviéramos unos kilómetros hacia el pueblo, hacia el control gendarme en el que por obligación debían detenerse todos los camiones.

Caminamos de regreso. De pronto vimos entrar a una gasolinera un camión y apuramos el paso hasta llegar allí. Nuevamente hablamos con un camionero sin éxito. Nos aconsejó llegar a Eloy Guerrero, una YPF a las afuera de San Martín de Mendoza, en la ruta 7. Nos dijo el motivo de por qué no nos llevaba nadie; que la cosa del seguro, que la ruta poco segura, que muchos accidentes, que el seguro no cubre terceros, que si sucede algo le cargan los gastos al vago, que muchas veces los vagos salen disparados por la ventana, cosa común. Le agradecimos la información y nos acercamos a una liebre estacionada en la gasolinera, nos ofrecieron llevarnos a Mendoza por 60 pesos ambos, un poco por lástima y otro poco por llenar los asientos libres. Aceptamos y partimos recién caída la noche hasta Mendoza. A penas nos sentamos me quedé dormido de inmediato. Sueños extrañísimos, todo se mezclaba en una vorágine. La liebre iba repleta. Despertaba de golpe intermitentemente; al lado mío una niña se reía cada vez, especulé con mi aspecto o sonoridad durmiente. En la intermitencia del sueño miraba por la ventana, reflejo de luna sobre las aguas del embalse Potrerillos.

La máquina ruge al borde del risco.

La imagen de Eloy Guerrero adquiría dimensiones míticas en mis sueños. Llegamos a Mendoza, ahora debíamos ir a San Martin y avanzar hacia las afueras. Nos dijeron que había bondis directo a la mítica estación de nafta Eloy Guerrero y tomamos un bondi de 2 pesos, cuyo interior era como el de un pescado enrabiado con retorcijones. Llegamos a San Martin, ahora debíamos tomar el bondi a la estación de servicio, pero para nuestra sorpresa no había ninguno que llegara hasta allá. El único que nos dejaba cerca era el que iba a La Dormida, pero nos dejaba a tres kilómetros a través de un camino de tierra sin luces y según el chofer y un milico, peligroso. Nosotros habíamos oído hablar de motociclistas que secuestraban turistas para extraer y vender sus órganos. Teníamos dos opciones, o esperábamos al amanecer en la terminal de buses, o nos íbamos en ese último bondi directo a La Dormida de inmediato, a pesar de todo.

Las grises máscaras que portaban las personas que subían al bondi hacia La Dormida me recordaron las micros hacia la periferia de Santiago. Era el mismo semblante de cartón piedra, ojerosos, y a punto de dormirse. Serios, solemnes, irritables. Fuimos los últimos en subir con nuestras pesadas mochilas. Parados detrás del chofer conversamos con un chabón que nos dijo que el milico exageraba, que ese camino no era tan peligroso como lo pintaban. Fue reconfortante oír esas palabras que se sucedían en nuestros oídos al tiempo que sobre nuestra vista la imagen de hogares herrumbrosos se multiplicaban. Pandillas y sujetos de dudoso aspecto se perfilaban en las esquinas.

Para cuando nos bajamos en la ruta 50, nos volvieron a desear suerte; el chabón, el chofer y el milico. El callejón era una entraña tenebrosa. El bondi arrancó, lo último que vi fue las miradas que nos clavaban los famélicos.

Comenzamos a atravesar la oscuridad de tres kilómetros. No había que pensar más. Dejé mi mochila en el piso y extraje un bate. Lo empuñé ocultándolo dentro de mi chaqueta, K sostenía la guitarra encima de su cabeza. Avanzamos por ese interminable pasillo de piedras, escuchando los perros ladrar. La cadena de caninos crujía hacia el cielo oscurecido por las nubes de una tormenta que amenazaba golpear. Los relámpagos apenas iluminaban un instante nuestro rededor, mínimo instante en que debíamos captar de un plumazo lo que acechaba. El viento soplaba fuerte y constante; mantenía todo en un perpetuo dinamismo, desde nuestro cabello retorciéndose sobre nuestras psiquis, hasta esos alerces que se arremolinaban en torno. El camino cercado por alambres de púa, de vez en cuando se abría hacia plantaciones de soya que proliferaban con logarítmica organización. Trozos de ramas y troncos se esparcían por el pedregoso camino. El cielo negro nos escupía sus goterones. Era la única manera que teníamos de llegar a Buenos Aires, debíamos llegar a esa legendaria estación de nafta. El aire era espeso y sofocante, no percibíamos nuestro avance, hacia delante y atrás, estábamos rodeados de oscuridad.

-Esa debe ser la carretera – dijo esperanzado K.

-Debe ser la carretera, pero fíjate, vienen hacia nosotros esas luces. – le dije.

Nos pusimos tensos.

Con el rato identificamos 2 motocicletas. Con las luces altas nos cegaban, venían hacia nosotros. Deben de habernos separado unos ochocientos metros, pero nuestro encuentro era inminente. Nos pasamos todas las películas. Tal vez alguien en ese bondi que dejamos atrás avisó; va un par de boludos que nadie extrañará; subía la paranoia entre nosotros. Pero de pronto las luces desaparecieron y quedó todo en tinieblas de nuevo.

Por la mitad del camino nos preguntamos que habrá pasado con las motocicletas adelantando la posibilidad más trágica para nosotros; que se habían escondido, que acechaban nuestro paso. Pasamos por algunas casas a oscuras, una que otra se iluminaba con un farol o desde una ventana filtrada por una malla contra mosquitos la luz se recortaba hacia el exterior. Vimos un terreno semi iluminado con una casa unos metros más allá de la valla. Dos motocicletas estacionadas a la entrada y en el zaguán dos tipos con chaquetas de cuero; uno de ellos levantaba a una niña en sus brazos para darle un abrazo, el otro miraba con las manos en la cintura y una sonrisa que plegaba el cuero de su cara como acordeón. Nos miraron de reojo y siguieron imperturbables la escena.

Estábamos extenuados y sudábamos a mares.

Finalmente salimos a la ruta 7. Y vimos hacia la derecha nuestra, las luces que provenían de la mítica gasolinera. Caminamos a través de una fila de cientos de camiones estacionados a la espera de cargar nafta. Nos miramos entre nosotros moviendo el cráneo afirmativamente. Avanzábamos entre sujetos que bajo las puertas abiertas de sus camiones bebían mate y fumaban puchos. Familias que comían sánguches dentro de la cabina. Niños que meaban las ruedas. Camiones con las cortinas cerradas. Le fuimos preguntando a algunos camioneros si es que nos podían llevar a Buenos Aires, pero todos nos decían que no. Solamente uno nos dijo que nos podía llevar hasta Río Cuarto a 200km de Córdoba, que salía a las nueve de la mañana.

No gracias, vamos directo a capital, dijimos ingenuamente.

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