Fata Morgana (primera parte)
Crónica de viaje

I

Llegamos al paso Los Libertadores a la una de la madrugada. Una rati nos preguntó para dónde vamos, al enterarse que íbamos a dedo al Uruguay le guiñó el ojo a un camionero que pasó a control de documentación, y nos encaletamos. Surcaba la mole de fierros la penumbra, avanzando a ochenta por hora entre curvas pronunciadas y adelantamientos a conductores principiantes, golpeaba la palanca de cambios de 28 velocidades, mientras hablaba de sus tres hermanos, todos camioneros como su padre, conducía camiones desde los dieciséis años. Nos Llevó un trayecto corto, no más de diez kilómetros, si consideramos que nos esperaban más de mil ochocientos aún. Pero avanzábamos.

Cayeron las mochilas a tierra. Vimos las luces perderse en medio de la noche. Encendimos la linterna a pilas que trajimos, luz mediocre, servía para no tropezar a penas. A lo lejos se divisaba la aduana argentina, seguimos la luz como polillas hipnotizadas. Cargábamos nuestras mochilas, con un montón de cosas innecesarias y una guitarra, la relampagueante, que más tarde serviría como afianzador de confianzas y tal vez como arma, al estilo Kabazorro.
Caminamos hacia las luces de la aduana argentina. Entramos, hicimos los papeles mientras conversábamos con un conductor de buses que esperaba tramitar a todos sus pasajeros, que nos decía que él recorrió toda la Argentina a dedo cuando estuvo en lo de la artesanía y que ahora conduce buses por conocer todas las rutas. Pasamos por control de gendarmería y cuando, un poco urgidos por andar cargados de yerba, nos acercamos a regañadientes para abrir nuestras recién compactadas mochilas, ellos nos firmaron nuestra documentación, sin revisar nada, y luego nos ofrecieron un cubículo que se encontraba desocupado en un rincón, para pasar la noche. Les agradecimos y nos desearon suerte, como nos la desearían decenas de personas en el viaje. Es raro, pero en Chile no suelen desearte suerte, más bien te desean éxito, como si todo estuviese en nuestras manos.

Hicimos dedo después de un café y unos sánguches que mi vieja nos dio al salir de casa. Nadie llevaría a dos mochileros a las cuatro de la madrugada en la salida de la aduana. A pesar que salimos de Santiago la noche de un quince de febrero, y ahora ya estamos según el calendario a dieciséis, el día no comienza a ser día hasta el momento en que aclara. El conductor de una liebre nos dijo, por cien pesos cada uno los llevamos a Mendoza, nosotros le respondimos que nica, carero. Parecía ser el último vehículo que pasó esa noche, entonces K fue al baño de la aduana y manufacturó toda la yerba, y dentro de una cajetilla de cigarros nos llevamos ocho pitos. Uno de ellos lo encendimos ahí mismo, afuera de la aduana, sólo después nos dimos cuenta que sobre nuestras cabezas colgaba una cámara de vigilancia, sólo después nos daríamos cuenta que en el automóvil en que nos habíamos apoyado dormían personas. Después de una conversación incoherente fuimos a dormir, a ese cubículo cortesía de los gendarmes, entre telarañas y polvo, dormimos sentados. Una hora después sonó la alarma, una rola de los Fabulosos, apagué la alarma del celular. Qué buen tema, exclamó K. Siete de la mañana, el día está la raja, aire frío y lleno de colores, la luz del sol copula con el mundo.

Caminamos hacía un pueblo destellante en la lejanía. Llegamos con el frescor del alba que reconforta, colocamos nuestras mochilas apoyadas una con otra y la guitarra en medio, ahora a la vuelta de una curva, Las Cuevas, ocho y media de la mañana, ruta 7. Nos servimos un vaso de vodka con agua tónica y un caño. Fumábamos los últimos cigarros con la manga de la mano derecha arremangada según dicta la cábala mochilera. Calcinábamos nuestros cueros al sol sin que nadie nos levantara, hasta que de pronto una camioneta que venía rajada frenó levantando polvo, corrimos a la ventana y nos dijo el conductor que nos podía llevar a un lugar donde sería más fácil conseguir que nos lleven. Nos fuimos con él. Su rostro y su voz se pierden en mi memoria. En el camino se leía altura 2.600 metros, Buenos Aires 1.800 km.

El tipo nos dejó en un lugar llamado Penitente. Y para nuestra sorpresa cuando se fue el tipo, una cuerda con el nudo de los ahorcados se había fundido en el asfalto con el paso de los camiones. En frente de nosotros se alzaba un hotel de cuatro estrellas, cerrado hasta la temporada invernal. Bajo el sol de las doce del día, ni cerca imaginamos todo lo que vendría, tal vez el magnetismo de lo inexplorado nos inyectaba con su siniestra energía. Los autos y los camiones en esa recta pasaban sobre los ciento treinta kilómetros por hora y lo único que se llevaban de nosotros era la chupalla que traía K, lo cual le daba un aspecto un poco pintoresco y ridículo, aunque parecía inspirar simpatía.

 

De pronto un automóvil pasa de largo pero se detiene a lo lejos.

Volkswagen Golf azul; en él viajaban dos suecos, el conductor trabajaba como guía turístico, sus expediciones abarcaban el Aconcagua y el Cristo Redentor, en la frontera chileno-argentina. Nos decía que cuando fue más joven, había recorrido Suecia o Suiza entero a dedo. Su amigo iba callado pero sonriente, no conocía ni una palabra del castellano, aun así parecía demasiado nervioso, como si transportaran una carga de alta peligrosidad. Nunca supimos qué traían en el auto, pero la cajuela iba repleta, cajas apiladas en el asiento trasero, sumado a nuestras mochilas, impedían que un dardo ingresara.

Avanzamos con los suecos a 140 km/hr. El sueco nos propuso dos alternativas para probar suerte con los camiones. El primero era la aduana camionera, un oasis con cientos de camiones en medio de una llanura, todo parecía construido con tierra seca, que se deshace en las manos. Paisaje desolador, estilo Mad-Max, puros fierros empolvados. Decidimos continuar hasta el pueblo. El paisaje cambió de seco a fresco total, lleno de follaje verde. Cruzamos el río Uspallata. Nos dejaron en una YPF. De inmediato nos abastecimos de los cigarros argentinos que cuestan la mitad que en Chile y no traen la propaganda brutal. Fumamos Gitanes mientras conversábamos con unos pendejos que en un primer momento miramos con desconfianza. Ellos nos decían que eran de Mendoza, que venían haciendo dedo y limpiando vidrios para disfrutar de sus vacaciones de verano, eran cuatro cabros que se movían como linces, estuvieron toda la tarde en Uspallata también, hablando con medio mundo, limpiando vidrios y haciendo dedo.

En una calle lateral descubrimos varios camiones estacionados. Fuimos a conversar con los conductores que hablaban entre ellos. Nos miraron con desconfianza. Les preguntamos si nos podían llevar rumbo a Buenos Aires. Nos respondieron que no podían llevar a nadie, que la empresa no respondía por terceros en caso de algún accidente. Sólo uno de ellos iba rumbo a Buenos Aires, tratamos de convencerlo, pero no se dejó persuadir. El problema del sujeto era que la puerta del copiloto se encontraba bloqueada por una contraseña. Él desconocía la contraseña, y si la puerta era forzada, una señal satelital alertaba a la Central. Sucede que ha habido demasiados robos de camiones en los últimos años. Sucede que la inversión en seguridad. Sucede que ser camionero es menos emocionante que antes. Sucede.

Nos alejamos fatigados, pero al pasar por fuera de una picada, nos detuvimos por el olor a salsa que salía del interior. Entramos con la intención de comer unas buenas pastas pero la pasta que preparaba el gordo era para él y sólo vendía sánguches. El gordo nos vendió unas milanesas que nos inyectaron de energía. Tras devorar los sánguches con el poco de agua tónica que nos quedaba, fumamos y conversamos con el gordo y el camionero que iba rumbo a Buenos Aires. El gordo trataba de convencer al camionero que nos diera una mano, pero el tipo no quería tranzar. No dependía de él, insistía, es un impedimento por contrato. Pero si la hacemos piola? Catetiamos. Pero el desgraciado se fue a Buenos Aires y no nos llevó. El tipo gordo encendió un cigarros y recordó la picá de la chilena; restorán donde paran camioneros, principalmente chilenos, y seguro resultaría más fácil conseguir un aventón.
Resignados caminamos hasta la YPF de nuevo, ahí se encontraba el camionero llenando de gasoil el camión, recuerdo las cifras; trescientos cincuenta, cincuenta y cinco, setenta, noventa litros y avanzando. Intentamos lo último que nos quedaba por realizar. Nos colocamos bajo el sol ardiente de las cuatro de la tarde en la salida de la gasolinera procurando que nos viera el camionero. Que viera que nadie nos levantaba y que encontrara la manera de llevarnos con él. Pero no hubo caso.

Escupí al pavimento ardiente y me fui a sentar a la sombra de un árbol a leer.

Más tarde, vi de lejos a K conversar con un camionero brasilero que nos ofreció llevarnos hasta Mendoza. Pero nosotros queríamos clavarle una flecha al sol, un camión directo al puerto. Le pedimos que nos llevara a las afueras del pueblo, donde la chilena. Llegamos a la posada de la chilena en diez minutos y nos encontramos con un descampado en el patio trasero de su restorán. Entramos buscando a la chilena. Carmen, señora de ojos achinados salió tras un mostrador y delantal azul. Nos dijo que no conocía a ningún camionero, que iban, comían y se iban, que no podía interceder por nosotros para que nos llevaran. Cuando íbamos saliendo, un camionero flaco y panzón, nos dijo que venía bajando de la cordillera una flota de camiones, esperen a que pasen, dijo.

Salimos al exterior de brazos cruzados, encendimos unos cigarros.

Así que nos quedamos afuera del restorán esperando a que llegara la flota de camiones que nos habían dicho pasaría por ahí una vez levantada la restricción. Esa maldita restricción ya se perfilaba en nuestras precauciones. Se trataba de un problema entre el sindicato de camioneros y el gobierno central de la señora K. Trasuntos políticos. Los camiones para el gobierno eran culpables de una multitud de muertes, decían, y accidentes en la vía. Por lo tanto su tránsito por las carreteras fue restringida. Para nosotros podría llegar a ser un problema, demorar el viaje nos desgastaría demasiado. Tomamos una siesta en el césped. De pronto cayó una gota que interrumpió mi sueño, me di vuelta y seguí durmiendo, pero la camisa que llevaba puesta se mojó. A cinco minutos de siesta llovía sobre nosotros. Abrí apenas los ojos y para mi sorpresa, cuando miré hacia arriba vi una pequeña nube en todo el cielo, y estaba justo encima nuestro.

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