Fata Morgana (5ta parte)
Crónica

La lluvia ha dado paso al crepúsculo que a punto de cerrar el día nos acompaña de telón de fondo al llegar a Arias; pueblo que no figuraba en el mapa que traíamos. Una patrulla de milicos, ordenó al camionero estacionarse y esperar la medianoche para retomar rumbo.

Desesperábamos sentados afuera de un sucucho junto a don Ricardo, no tanto por la espera, como por el enjambre de mosquitos que nos asediaba. Palmoteamos nuestro sí mismo hasta la rojez, mientras el viejo se reía de nuestra volá, se oía barullo dentro del bar. Entró al sucucho y nos pasó un repelente que nos salvó la paciencia. Olor a mata bichos y el horizonte se apaga.

Pasó una rana croando por entremedio de nuestros pies. Para nosotros, que no vemos ranas tan a menudo en Santiago, nos pareció una visión sagrada, comenzamos a recorrerlo con la mirada mientras conversábamos. A don Ricardo le interesaba saber del movimiento estudiantil chileno, él había sido dirigente sindical y le seguía interesando la política, pero a un nivel meramente informativo, como él decía. La rana parecía observar atentamente a un grillo que saltaba cada vez más cerca de ella. Entonces nosotros le hablamos de carnaval, de la pachorra de los secundarios y la volá universitaria; hablamos del cobre y el litio, de Allende y la dictadura. Nos exaltamos cuando la rana sacó la lengua y se tragó unas chicharras. Don Ricardo nos miró con una mueca extraña como queriendo imitar la rana y dijo en un tono oscilante algo sobre la politización de las ranas o algo así.

Entramos a una picá con mesas de madera y bancas a ambos lados, también de madera. Pedimos asado, llegaron primero las anchuras: chinchulín, chorizo y tripa. Acompañamos la comida con cervezas, mientras que el local se ahumaba con el asado. Don Ricardo decía que antiguamente los gauchos se comían solamente el músculo de las reses y que las anchuras eran el desecho del coso. Pero que son muy sabrosas si se las preparar bien, por ejemplo decía, el chinchulín, sobre todo el de cordero, se deja remojando en leche y luego se sella con fuego fuerte, unos 5 minutos y luego se deja reposar a fuego lento por 45 más. Se acompaña de vino.

Don Ricardo seguía con la misma mueca de rana pegada en el rostro. De pronto, se escuchó un portazo al fondo del local, apareció un viejo despellejado. Comenzó a saludar a los presentes. Cuando llegó a nosotros don Ricardo lo saludó, nosotros también.

El viejo, que le conocían como el comegatos, comenzó a contar la historia de su sobrenombre. Al primero que comió fue un gato que apareció en su habitación y le pidió disculpas mientras lo sostenía del pellejo para degollarlo. Minnino falleció el mismo día en que mi tortuga nacía de su huevo, dijo. El sabor: como los conejos, que no te pasen gato por liebre, decía exhibiendo los pocos dientes que aún le quedaban.

Llegó el asado mientras a River le metían otro golazo, el viejo comegatos comenzó a hablar que los gatos son como las ranas, que como las ranas son una plaga y había que combatir todas las plagas, decía mientras se tomaba al seco la caña de vino. Al terminar la comida salimos a fumar.

Entonces vimos aparecer dos ranas y luego otra más. Para nosotros que creíamos, atrapados por la ciudad, que no iba quedando animal vivo sobre la tierra, esas ranas eran un hallazgo valioso. Luego el viejo comegatos salió a tropezones del local, nos empezó a hablar de que ya no quedaban gatos en Arias, que este pueblo está lleno de ratones y de ranas pero ni un gato. Entonces una rana gigante saltó desde unos matorrales y quedó iluminada por la luz del restorán, el viejo comegatos al verla se acercó bamboleante y le pegó una patada como una pelota de futbol hacia el matorral.

K miró con sangre en el ojo al comegatos que escupió al piso un gargajo espeso y sanguinolento, se dio media vuelta y entró a la picá. Entonces don Ricardo dijo que era mejor irnos de ahí. Caminamos conversando qué haríamos hasta medianoche en Arias, aún nos quedan 2 horas para que levanten la restricción. Así que decidimos hablar con camioneros, que a esa hora se habían reunido en gran cantidad a la orilla de la carretera. Caminamos hacia la estación de nafta. Estaban los camiones abandonados a un lado de la carretera, los camioneros habían desaparecido. Había uno a lo lejos tapiado por las cortinas de la cabina. De pronto la puerta del camión se abrió; salió un hombre con jeans, leñadora y gorro que ayudó a bajar a una prostituta sujetándola del culo. Un poco más allá un par de camioneros conversaban, les preguntamos hacia dónde iban; vamos hacia Córdoba nos dijeron. Luego llegamos donde un tipo que recién bajaba de un camión. Voy para Buenos Aires nos dijo.

El tipo era un Rey Rana, piel flácida repleta de lunares en brazos y rostro, panzón (por supuesto) y pesimista. Nos dijo que transportaba tapas de nescafé. Pero cuando le íbamos a pedir que nos llevara al puerto, vimos asomarse desde la ventana del conductor un par de pibes, de 12 y 8. Nos preguntó en qué andábamos. No sabemos bien pero a Montevideo queremos ir; andamos con ese camionero que transporta piedras, le dijimos. El tipo nos escuchó sin mover ni un músculo facial. Hipnotizado desde un trasfondo incognoscible. El Rey Rana habló desde las penumbras que proyectaba el camión, lamentándose de dos cosas, la 1ra era la suerte de los dos camioneros amigos de él que habían ido a parar a la cana acusados injustamente de homicidio a 2 mochileras francesas, nos miramos con hielo. La 2da era la facilidad con que niños de 13 podían matar personas mayores. Decía: no puede ser tan fácil quitar la vida de otra persona. Los niños deberían pasar de los 12 a los 14, decía, mientras miraba a su hijo. A los 13 algo les pasa, algo terrible. Imaginàte que pasa si me matan cualquier día de estos. Qué pasa con estos chicos, el camión y la patria, imaginá che –señalando a los pibes asomados por la ventana- nadie responde por nada, no puede ser tan fácil, decía con los ojos en el umbral del abismo.

Antes de irnos crucé a un almacén a comprar un chicle.

Estaba rompiendo el envoltorio cuando vi pasar al viejo comegatos, lo seguí. El viejo entró a una casa y dejó la puerta abierta. Me asomé y observé cientos de gatos encima de los muebles, maullándole a su paso. El viejo cogió un par de gatos y los llevó tras una puerta corrediza, los demás gatos se quedaron merodeando la puerta cuando esta se cerró de golpe.

Volví en silencio al camión que arrancó dejando atrás el pueblo de Arias.

 

 

 

Archivo(s):