Fata Morgana (4ta parte)
Crónica

Eran aproximadamente las cinco de la tarde de un día de verano. Caminamos sin saber adónde, atravesamos remolinos de viento que ensuciaban los ojos. Caminamos por la periferia de esa ciudad periférica que era Rio Cuarto. Caminamos entre fábricas abandonadas, rayados muros y montones de basura en esquinas, como si ese espacio hubiese sido marcado por un oráculo para recibir los desperdicios de la provincia. Caminábamos en ese paisaje atiborrado de logotipos y elevados muros, cuando de pronto, en medio de un oasis de árboles frescos, estaban sentados cinco viejos sin poleras en sillas de playa, comiendo o bebiendo sandías. Nos acercamos a preguntarles por alguna estación de gasoil. Había una, a 2 kilómetros de distancia, dijeron.

En nuestras mochilas llevábamos una carpa, dos sacos de dormir, una olla con una cocinilla a gas y una lámpara que rescatamos de un Homecenter en Santiago. Traíamos con nosotros un par de ropas de cambio, un par de sobres de sopa deshidratada. Además de eso traíamos con nosotros un pisco Malpaso que llevábamos de regalo para los cabros que nos alojarían en Baires.
Seguimos nuestro camino con buen paso, observando los árboles mecidos por el viento, y esas plantaciones de trigo que se movían de un lado a otro como en los sueños del gladiador. De pronto se presentó un escarabajo – señal en ruta – medía por lo menos 10 cm de largo y 7 de alto, con un cuerno imponente. Le dije a K que se trataba de un escarabajo rinoceronte –chamullando. K parecía perdido en otra dimensión, luego dijo, la felicidad de ese bicho es la conexión con esa tierra húmeda bajo sus pies, nosotros qué, separados de todo, perdidos en los laberintos de la palabra, sin rumbo, camino a ningún lugar. Ya volviste a fumar o qué –pregunté desconcertado.

Llegamos a la ruta 8. Hacia la derecha se distinguía una bomba gasolinera. Caminamos hacia ella y nos tiramos a descansar en el pasto. Comentamos lo onírico del paisaje. Se detuvo un taxista que insistía en llevarnos a cualquier parte, luego nos pidió que le cambiáramos un billete, luego nos quiso vender un parlante que apenas sonaba, lo golpeaba para demostrar lo contrario, maldecía a su abuela, nos mostraba el billete con una mano y el parlante con la otra, ante nuestra indiferencia y el bolsillo volteado, arrancó chillando goma. El paisaje continuaba surreal. Comenzamos a beber agua. A los 5 minutos, fui a llenar las botellas y K fue a parlotear con unos camioneros que cargaban bencina. Fui detrás de unos camiones en busca de una llave de agua. Vi dos hombres que cambiaban una rueda a uno de los camiones. Me acerqué a ellos. Me vieron venir y continuaron agachados en la faena. Los saludé y pregunté hacia dónde iban. Uno de ellos me dijo que hacia San Nicolás, a unos 200 km de Buenos Aires. Le pedí que nos llevara y aceptó. A los 10 min habíamos recogido nuestras mochilas y viajábamos nuevamente hacia el este dentro de la cabina de un camión que transportaba piedras.

Don Ricardo nos ofreció unos puchos.

–No suelo fumar –dijo don Ricardo– me quedaron éstos puchos de anoche. Nos juntamos con un par de amigos camioneros y terminamos donde suelen terminar los hombres mayores de 50 años en la pampa o las sierras o las ciudades argentinas.

–¿Dónde suelen terminar? –pregunté.

–En puticlubs, por supuesto. Esperen a tener mi edad y verán si pueden seguir así. Uno después se aburre de sentimentalismos, lo que atrae es la carne, nada más.

De pronto el cielo se comienza a cerrar veloz con una densa cortina de nubes negras.

–Paré que se viene una tormenta che –dijo sonriendo don Ricardo.
Abrí la ventana del copiloto para botar la ceniza del pucho, la ventolera me botó la ceniza encima. Un viento que provenía del sur golpeaba el costado derecho del camión.

–Pongamos algo de música –dijo don Ricardo, inclinándose sobre la radio por la cual nadie hubiese dado un peso, pero cuyo sonido era sorprendente –éstos parlantes los mande a poner yo, éste camión lo manejó mi viejo y ahora lo cuido para mi hijo.
–¿Cuántos hijos tienes?

–Tengo siete hijos, pero al Toñito le toca el camión, a él le va costar más, es el más nene de todos.

El camión era muy simple, casi parecía que se podía conducir como un automóvil. Poseía 6 cambios. Distinto al del cordobés que tenía 16, y al del brasilero que poseía 32 cambios con un montón de perillas y botones. En esa ecuación estaba cuando comenzaron a caer goterones al parabrisas, cada vez más tupidos. A 100 x hr en un camión lleno de piedras, a medio camino entre Stgo y Baires, la pampa vuelta océanos verticales.

Con este camionero también hablamos de música, a él le gustaba el rock de los 60’-70’, incluso 80’, pero de ningún modo el de los 90’, que consideraba decadente. La música, decía don Ricardo, es como un organismo vivo, nace, es joven e ingenuo, madura y es imbécil, luego se vuelve vinagre. Pero hay una ley de justicia, un indicio de equilibrio en el cosmos que dota de sentido a todo aquello. El mérito musical es fracasar, de esos intentos fallidos, es que se compone la aparición de la música que te mueve las tripas. De lo que no se salva nadie es del vinagre, ahí todos temen resbalar, pero eso ya es otro cuento –concluyó.

Cuando intentamos abordar esa idea, don Ricardo parecía haberla olvidado por completo, como si hubiese sido utilizado como médium por algo del más allá. Ahora nos preguntaba que si nos gustaba la milanesa argentina, que si ya nos habíamos comido un asadito, cosas por el estilo, política nacional, peronismo, según él, omnipoderoso. Habló de la lluvia, de vacas y la nafta, de piedras, gradilla y barras bravas, de las villas y los uruguayos, las ladillas y los mosquitos; de pronto desperté. Se me iba cayendo la cabeza de cansancio y a mi lado don Ricardo conducía y me miraba de reojo, cogió los puchos y me los ofreció. Roncás piola chileno, dijo. De eso no tengo idea, respondí. Nos reímos y empezamos a comentar la forma de los rayos solares que bañaban las sierras dispersas en el horizonte, ese horizonte infinito de la pampa.

La lluvia ha dado paso al crepúsculo que a punto de cerrar el día nos acompaña de telón de fondo al llegar a Arias; pueblo que no figuraba en el mapa que traíamos. Una patrulla de milicos, ordenó al camionero estacionarse y esperar la medianoche para retomar rumbo. Comenzó la restricción. 5 horas de espera por delante. Un par de casas de luces encendidas en un rincón de un pueblo fantasma.