Fata Morgana (3ra parte)
Crónica de viaje

Llegamos a la gasolinera, remodelaciones la mantenían desvencijada y repleta de materiales dispersos. Tras dejar mi mochila en el piso, me sentí tan liviano al soltar su peso que comencé a saltar. Los relámpagos partían el cielo. Bebí agua de la llave hasta quedar saciado, panzón. Nos fuimos detrás de la gasolinera y nos servimos un vodka con jugo de piña que preparamos con un sobre de pulpa que traíamos. Nos fumamos otro joint.

-Están brígidos los rayos –dijo K.

-En cualquier momento se larga –le dije- toma, hácele un bombero.

Fumábamos caño con vodka viendo ir y venir camiones y camioneros. De pronto comenzó a chispear.

Fuimos hacia las mesas de quitasoles, pero al poco rato se empaparon y nos mojamos al estallar la tormenta. Entramos bajo techo, cosa que no hicimos antes, ya que debíamos consumir para permanecer. Mojamos el piso con nuestras mochilas y un camionero borracho que estaba junto con otros cuatro que llenaba la mesa nos invitó a sentarnos. Por falta de espacio nos sentamos en la mesa de al lado. Detrás nadie se sentó. Debíamos consumir algo, cualquier cosa, para permanecer en el servicentro, así que pedimos lo más barato, una pequeña pizzeta que partimos por la mitad. La devoramos. Y cuando escribía los apuntes que darían forma a esta crónica nos quedamos dormidos. Desperté a los quince minutos con la cara completamente aplastada contra la mesa, salté automáticamente a la mesa de atrás por encima de K para quedar recostado en el asiento. K se recostó en el espacio que dejé. A los diez minutos nos despertó ese guardia que no entiende de nada y nos dijo que no podíamos dormir allí. Así que nos fuimos ofendidos, echándole unas putiás al loco. Afuera había dejado de llover, eran cerca de las cuatro de la madrugada, nos instalamos a la salida de la gasolinera y comenzamos a hacer dedo, dormitando, con temblores en los músculos, nos mandamos un corto de vodka.

 

17 de Febrero

Estamos en las afuera de Eloy Guerrero y no nos lleva nadie, a pesar que han pasado docenas de camiones por acá. Son las siete y amanece, todo se vuelve claro y las cosas cambian, aroma a humedad en la hierba, las arañas se reacomodan en sus nidos, arranca un nuevo día; pero nadie nos lleva. A lo lejos viene caminando una hippie. Nos saluda y nos dice que viene de Buenos Aires a dedo, que es fácil para una niña hacer dedo. Que ella siempre va a Santiago, que se la pasa viajando la mayor parte del tiempo. Y de pronto, mientras conversamos, un camión se detiene en la pista de enfrente, en dirección oeste, a Santiago. Ella nos dice adiós y nos deseamos suerte. La vemos conversar con dos tipos corpulentos que se bajan a reparar el camión, se ríen mirándola mientras se mueve exageradamente al hablar. Nosotros en silencio nos miramos resignados. El camión arranca a los cinco minutos y ella nos hace una seña charanga desde arriba.

Se acercan las nueve de la mañana y pensamos en ir a despertar al cordobés que nos puede sacar de allí.

K golpeó la puerta metálica del camión, el cordobés se asomó con un gesto que podía significar cualquier cosa, después se volvió a internar en la penumbra de la cabina. Esperamos hasta las once de la mañana, mientras tanto lo maldecíamos, tostándonos al sol, al borde de la ruta 7. Estamos a las afueras de San Martin de Mendoza, después de una noche de tormenta en que reina la calma nuevamente. A las once el cordobés pone el motor de su máquina a calentar. Finalmente nos vamos con él a eso de las once y media. Partimos por la carretera a toda máquina.

Al cordobés no se le entiende nada de lo que dice y además conduce como bestia. Pero nos movemos en dirección este, eso nos tranquiliza.

Conversamos de un montón de cosas, pero tengo la impresión que en ningún momento hablamos de lo mismo. Cosa rara para matar el tiempo. Tres monólogos trenzados. Lo demás, observar la carretera y el paisaje deslizándose por las ventanas.

Cuando pasamos la frontera de Mendoza-San Luis, cuando el paisaje cambia abruptamente, luego de 4hrs de viaje, paramos en una picada a la orilla de la carretera. El camión lentamente hacía que el polvo del camino terroso se elevara envolviéndonos en una polvareda que el viento movía veloz. Bajamos del camión a dos zancadas. Un cartel en la entrada decía: PROHIBIDO INGRESAR CON EL TORSO DESNUDO. Entramos en un bar-restorán, pequeño y oscuro, en el que se podían apreciar cuatro mesas con tres sillas cada una. Parecía mobiliario de escuela rural. Una barra donde había una mujer joven y gorda que coqueteaba con el cordobés delante de un estante con pocas provisiones, de entre las cuales el cordobés compró una bolsa de hierba mate, una bebida de tres litros de una marca desconocida, color blanca, como el agua con sarro, y tres sánguches.

Por la televisión transmitían un documental sobre Eva Perón.

Volvimos al camión y comenzamos a comer. El cordobés tenía veintiséis años y comía como los cerdos. Atragantado con la comida, conducía y nos contaba acerca de su pueblo natal, cerca de Córdoba capital. Hablaba con la boca llena, y sorprendentemente parecía hablar más claro. Decía de un pueblo donde no se hacía más que comer asados, tomar fernet con coca y fumar marihuana, lo demás era mirar la sierra y esperar la noche para ir al puticlub.

Dormí un rato, una media hora; cuando desperté no conseguía diferenciar sueño de realidad, escuché que hablaban algo acerca de Luca Prodán, el cordobés decía que la mejor música era la cumbia villera. Los Wachiturros decía, la están rompiendo, son una masa, le preguntamos si conocía música chilena, debo conocer algo pero no recuerdo bien, nos dijo. ¿Conoces a Los Prisioneros? No los conozco. ¿A Los Tres? Jamás he escuchado de ellos. ¿Los Jaivas? Ni por si acaso. Luego de meditar un rato, ¿Y La Ley? ¿Son chilenos?, los he escuchado, salen a veces por la radio, pero no me gustan, dijo. Compartíamos la opinión, y como no nos interesaba hablar de La Ley, se acabó el tema.

Viajábamos por una carretera atravesando la pampa. K le preguntó al cordobés qué llevaba en el camión. Vinos –respondió- por eso no puedo frenar fuerte, o se va todo a la reconchadelalora. ¿Para cuándo los tienes que entregar?, cualquier día, respondió. Luego como chispazos verbales hablamos algo sobre Charly García y Spinetta Jade, que nadie pudo volver a recordar. De la ruta 7 entramos por la ruta 6 rumbo a Córdoba, pero para no desviarnos, nosotros nos bajaríamos poco más allá, en Río Cuarto. Entonces sucedió que en el momento menos oportuno al cordobés le dio por adelantar a otro camión que venía lento por la pista de la derecha. Adelantar con un camión a otro camión en una carretera de dos pistas, viniendo frente a nosotros una curva cerrada, es algo que te pone los pelos de punta. Lentamente iba adelantando una mole a la otra, un coloso a otro, acercándose ambos a la curva. Nosotros por la izquierda, contra el tránsito. El chofer del otro camión nos miró como si hubiese visto un espectro. Para cuando nos dimos cuenta que por la curva frente a nosotros se acercaba un bus lleno de pasajeros secundado por una camioneta cargada de leña, nos temimos lo peor. Sudamos helado, mientras el cordobés intentaba abortar la maniobra. Pero era demasiado tarde, al lado de nosotros el otro camión se mantenía paralelo. En ese instante K iba sentado de copiloto sin cinturón de seguridad, por mi parte, me encontraba sentado en el colchón que hay detrás en las cabinas, saldríamos eyectados del camión al más mínimo impacto. Cien metros nos separaban del bus. El tiempo se ralentizó, y el frío sudor humedecía la piel. Las bocinas sonaron, los dientes rechinaron, el bus salió de la carretera e ingresó a una explanada a la entrada de una granja, lo mismo hizo la camioneta que parecía acariciada por las ruedas del camión que pasa a su lado dejando una polvareda. Por el retrovisor los vehículos se pierden tras el ángulo de la curva en una nube de polvo.

Con K nos miramos totalmente desconcertados.

No atinamos a otra cosa más que a reírnos y celebrar la vida, pero por dentro el metal de la guadaña enfriaba la sangre. Recorrimos los últimos kilómetros en silencio, comiendo la mitad de los sánguches que aún nos quedaban, y bebiendo mate amargo. En Villa Mercedes entramos en la ruta 8 y seguimos 110 kilómetros más hacia el noreste, hablando de vez en cuando, de copetes, muerte o rock, de Uruguay, de fútbol, de camiones y motores. 380 kilómetros desde Eloy Guerrero, a las afueras de San Martín, hasta Río Cuarto, provincia de Córdoba, Argentina. Aún nos quedaban 580 kilómetros para llegar a Buenos Aires. Pero avanzábamos.

Bajamos del camión.

Con un gesto cabalístico nos despedimos del grandísimo pelotudo.