«Estelas de cóndores fosforescentes» o el ruido invisible del desarraigo
Presentación

“Yo nací para mirar” – Charly García

 

 

Andar por las calles no es un ejercicio vano. Vagar y divagar, pero con la mirada atenta a todo movimiento, como si perros, edificios y árboles se comunicaran en un mismo lenguaje. Es la era de la inmediatez y la sinestesia se vuelve un estado permanente para el transeúnte dedicado a la aguda observación de los seres y los espacios cotidianos. En “Estela de cóndores fosforescentes” se evidencia ese ímpetu por el registro de la experiencia ordinaria como objeto de la creación poética. Felipe Rodríguez Cerda encarna el carácter impasible del flâneur, del caminante sin rumbo fijo por excelencia, deseoso de relatar lo aprendido en su constante devenir.

En la primera parte, “Memorias de dos parlantes boca abajo”, se hace presente el ruido de dos voces marginales: Luciano y Julia Gutiérrez. Con Luciano recorremos la calle, la población, la cancha, el mall y el supermercado; convivimos con las materias primas del callejeo y con el agobio de su trabajo de guardia de seguridad; así, en su experiencia formamos parte de la mecanicidad del centro comercial y su opresiva vigilancia. Con Julia asistimos a otras escenas que transitan del espacio urbano a la vida rural: la capital aparece como espacio de la tragedia, de la visita al doloroso recuerdo de los desaparecidos, donde los “cóndores fosforescentes” podrían representar el exceso de luces y estímulos de la ciudad o el ataque de los Hawker Hunter a La Moneda durante el Golpe en el 73; sin embargo, en el pueblo pequeño, la muerte accidental de una vecina borracha o la anécdota de una matanza en la salsoteca nos advierte que la violencia y la morbosidad pueden hallarse en cualquier lugar. Un verso que bien podría resumir lo expresado hasta aquí dice: “Qué sería de esta gran ciudad, de esta sociedad,/ si supiesen los postes de luz la oscuridad de las noches que llevo dentro”.

En la segunda parte, “Outrun (La huida de los cóndores fosforescentes)”, el título nos obliga a acudir al imaginario de los videojuegos, dado que “OutRun” es un famoso juego de carreras que data de los años 80, pero también el vocablo puede traducirse como “exceso” o “desborde”. Aunque no se puede estar seguros de quién es el hablante en estos poemas (probablemente la Jennifer, nombrada en varias ocasiones por los sujetos mencionados en la sección anterior), una posibilidad queda abierta: el protagonista de estos textos podría ser cualquiera: cualquier persona que viva y padezca el acontecer de la sociedad capitalista. En un Ferrari virtual se construye la metáfora de un escape imposible, el llamado de emergencia de una realidad desplomándose irremediablemente, donde el horizonte está ocupado por las tecnologías de Google y no existe la manera de frenar su progreso. Entonces el juego de carreras se muestra como el tránsito eterno del sujeto consciente de que todo lo salvaguardado en su hazaña puede ser consumido o borrado por la voracidad del absurdo contemporáneo.

Felipe Rodríguez Cerda nos ofrece un poemario de tintes tragicómicos, donde se enseña que, ya perdidas las señales de ruta, los seres demuestran su completo desarraigo. No obstante, a pesar de la opresión de los discursos hegemónicos, también se nos revela que éstos nunca lograrán silenciar del todo los ecos de la discordia. Concluyo con estos versos de su “Arte poética”: “Respira, pierde la fe/ Y comienza a/ Seleccionar las palabras/ Como a paltas/ en la feria por la mañana/ para decir el desenfreno/ con la sutileza de la caída felina”. Por ahí va, yo creo, la lucidez de nuestro ácido poeta.

 

 

III

(Amor de mall)

 

 

Es increíble este hábito de observar a las multitudes en cámara lenta,

Las

            Escaleras

                            Mecánicas

Acumulan historias que cuentan las suelas de sus transeúntes

Los espejos en las paredes rajan las murallas de sus multitiendas.

 

Todo lo miro

 

Me dejo poseer por el muzak y los murmullos,

Limpio la punta de mis zapatillas blancas

Veo la hora en el celular

 

Me paro el pelo,

Pronto llegará la Jennifer

A tomarse un helado de piña conmigo   me mirará      con sus

ojitos pantalla plana,

                               Ojalá hagamos calor en esta venta nocturna.

 

 

 

 

VI
(Cuando le entra el chuky

no hay nadie que lo calme)

 

-del guardia de seguridad-

 

 

Puesto que no hallo en lágrimas

 

en sueldo mínimo posibilidad de juerga alguna

 

Voy a renunciar de una a esto de ser guardia de seguridad.

 

Me cansé de creerme el policía pirateado

Privado de sol y viento en las entrañas del mall

 

Más aún el uniforme me queda pequeño.

 

Yo que en mis tiempos mozos fui tremendo reductor

Más que cualquier mechero de segunda,
Me da no sé qué andar cazándolos con la mirada.

 

Tengo sed de fracasar broder

Tropezarme con unos vinos nuevamente

Hacer caso al soundtrack de cumbia villera que hace rato

me suena por dentro,

 

Desde ahora será puro free-style

Porque la pulenta flaco

CUANDO ME ENTRA EL CHUKY NO HAY NADIE QUE ME CALME.

 

 

III
(Cuando se corta la luz queda claro)

 

Bueno sí, mi vida es sin efectos especiales
Estoy lejos de establecer al humor como geometría,

 

Pero cuando se corta la luz

Ensayo pisar el cemento fresco como si fuese luna

Me descubro en la masturbación

                 Comprimo las soledades<

Robo los frutos del árbol de mi vecino

 

Cuando se corta la luz en la población

Queda claro que nuestro estilo de vida es frágil y a   mucha honra.