Eróstrato. Incendiario, de Marcel Schwob
Traducción

Entre los veintidós textos híbridos de sus Vidas imaginarias –basculantes en las fronteras entre el poema en prosa, el cuento lírico, el microensayo, la historia y la ficción– Marcel Schwob, fugaz precursor de la narrativa del siglo XX, muerto prematuramente en 1905, a los treintaisiete años, anticipador de André Gide, William Faulkner y J.L. Borges, incluyó al innominable incendiario Erós­trato. El pastor efesio cuyos jueces prohibieron con toda severidad que su nombre jamás volviera a ser pronunciado, intentando borrarlo para siempre de la historia y de toda posibilidad de fama, había in­cendiado hasta la destrucción total, con deliberación y alevosía, el fabuloso y emblemático templo de la Diosa Madre en la patria de Heráclito. En él reposaba el manuscrito de su obra, que el filósofo del fuego personalmente había depositado en ofrenda y consagración al silencio siglos antes. De Eróstrato se sabe única y estrictamente que había quemado el templo de Artemisa con la intención de alcanzar por ello la fama. Todo otro detalle de su persona o de su vida fue borrado, y aun la trascendencia de su nombre a la infamia, y de su acto que hoy consideraríamos terrorista, se debe a la infidencia o descuido de algún copista que salvó su apelativo para alguna memoria. No extraña que Schwob lo haya utilizado como tema en su secuencia de vidas abominables, practicando su método literario de intrusión de la licencia poética en la materia biográfica, quizás dicién­donos que lo notable de una vida humana está en lo que de ella se presta a ser revivido por la imaginación. El resultado psicológico arrojado por el trabajo del escritor francés es seguramente más rico que el original. Pero después de Schwob uno siempre se pregunta: ¿es posible recordar una vida sin imaginarla?; ¿el original mismo, el auténtico, acaso habrá tenido una propia existencia, como no sea la que nosotros, recordándolo, nos atrevemos a prestarle? ¿Toda memoria no es ella misma una forma y un ejercicio de la ficción? ¿Cualquier vida memorable, en la gloria o en la ignominia, como por una facultad estética propia de la historia, no se hace ya imaginaria?

Juan Antonio Calzadilla

Eróstrato. Incendiario

La ciudad de Éfeso, donde nació Eróstrato, se extendía desde la desembocadura del Caístro, con sus dos puertos fluviales, hasta los muelles de Panormos, de donde se veía sobre el mar, profundamente teñida, la línea brumosa de Samos. Abundaba en oro y tejidos, en lanas y rosas, desde que los magnesios, con sus perros de guerra y sus esclavos que lanzaban jabalinas, habían sido vencidos a orillas del Meandro, desde que la magnifica Mileto había sido arruinada por los persas. Era una ciudad dada al ocio, donde se festejaba a las cortesanas en el templo de Afrodita Hetaira. Los efesios llevaban túnicas amórginas, transparentes; vestimentas de lino, hiladas en ruecas, color violeta, púrpura y piel de cocodrilo; sarápides color amarillo manzana y blancas y rosas; telas de Egipto color jacinto, con los resplandores del fuego y los ululantes matices del mar; y los calasiris de Persia, la tela ceñida, ligera, cubiertos, sobre fondo escarlata, de granos de oro moldeados en copelas.

Entre la montaña de Prion y un alto acantilado escarpado, se apreciaba, a la orilla del Caístro, el gran templo de Artemisa. Había necesitado ciento veinte años para su edificación. Cuadros solemnes ornamentaban sus habitaciones interiores, cuyos techos eran de ébano y ciprés. Las macizas columnas que lo sostenían, habían sido pintarrajeadas con minio. La sala de la diosa era pequeña y ovalada. En su centro se erguía una piedra negra prodigiosa, cónica y reluciente, marcada por lunares dorados. No era otra que Artemisa. El altar triangular también estaba tallado en una piedra negra. Otras mesas, hechas de baldosas negras, estaban perforadas con orificios regulares para dejar escurrir la sangre de las víctimas. De las paredes colgaban amplias planchas de acero, con mangos de oro, que servían para abrir las gargantas, y el pulido parquet estaba cubierto de vendas ensangrentadas. La gran piedra sombría tenía dos tetas duras y puntiagudas. Así era la Artemisa de Éfeso. Su divinidad se perdía en la noche de las tumbas egipcias, y había que adorarla según los ritos persas. Poseía un tesoro guardado en una especie de colmena pintada de verde, cuya puerta piramidal tenía erizados clavos de bronce. Allí, entre anillos, grandes monedas y rubíes, yacían los manuscritos de Heráclito, quien había proclamado el reinado del fuego. El filósofo los había depositado en la base de la pirámide mientras se construía.

La madre de Eróstrato era violenta y orgullosa. No se supo nunca quién fue su padre. Más adelante, Eróstrato señaló que era hijo del fuego. Su cuerpo estaba marcado, bajo el pecho izquierdo, por una medialuna que pareció inflamársele cuando se le torturó. Aquellos que asistieron a su nacimiento predijeron que estaba predestinado a Artemisa. Fue irritable y permaneció virgen. Su rostro estaba corroído por líneas oscuras y el color de su piel estaba ennegrecido. Desde su infancia, le gustó permanecer bajo el alto acantilado, cerca del Artemision. Miraba pasar las procesiones con las ofrendas. A causa del desconocimiento que se tenía de su estirpe, no pudo ser sacerdote de la diosa a la que se creía consagrado. La curia sacerdotal debió prohibirle varias veces la entrada a la naos, donde esperaba deslizar el manto precioso y pesado que cubría a Artemisa. En él nació el odio y juró violar el secreto.

El nombre Eróstrato no le parecía comparable a ningún otro, así como él mismo se figuraba superior a toda la humanidad. Deseaba la gloria. En un principio, se dedicó a los filósofos que enseñaban la doctrina de Heráclito: pero no conocían en absoluto la parte secreta, ya que estaba oculta en la pequeña celda piramidal del tesoro de Artemisa. Eróstrato conjeturó solo a partir de la opinión del maestro. Y se endureció con el desdén de los ricos que lo rodeaban. Fue extremada su aversión por el amor de las cortesanas. Se creía que reservaba su virginidad para la diosa. Pero Artemisa no se apiadó de él. Les pareció peligroso al colegio de la Gerusía, quienes vigilaban el templo. El sátrapa permitió que se le exiliase en los suburbios. Vivió en la ladera del Koressos, en una cueva excavada por los antepasados. De allí acechaba, por la noche, las lámparas sagradas del Artemision. Algunos suponen que vinieron los persas iniciados a hablar con él. Pero lo más probable es que su destino le fuese revelado de golpe.

En efecto, confesó en la tortura que había comprendido de pronto el sentido de las palabras de Heráclito, el camino de arriba, y por qué el filósofo había enseñado que la mejor alma es la más seca y la más inflamada. Aseguró que su alma, en este sentido, era la más perfecta, y que había querido proclamarlo. No le adjudicó otro propósito a su cometido más que el de la pasión por la gloria y la dicha de escuchar proferir su nombre. Dijo que solo su reinado habría sido absoluto, porque no se le conocía padre y que Eróstrato habría sido coronado por Eróstrato, que era hijo de su obra, que su obra era la esencia del mundo y que así habría sido todo a la vez: rey, filósofo y dios, único entre los hombres.

El año 350, en la noche del 21 de julio, la luna no estaba aún puesta en el cielo, y el deseo de Eróstrato había adquirido una fuerza inusitada; entonces resolvió violar la cámara secreta de Artemisa. Se deslizó por la ladera de la montaña hasta la orilla del Caístro y subió los peldaños del templo. Los guardias de los sacerdotes dormían cerca de las lámparas sagradas. Eróstrato tomó una y penetró en la naos.

De allí exhalaba un fuerte olor de aceite de nardos. Los pliegues negros del techo de ébano estaban resplandecientes. El óvalo de la habitación estaba dividido por una cortina tejida de hilos dorados y púrpura que escondía a la diosa. Eróstrato, jadeando de voluptuosidad, la sacó. Su lámpara iluminó el cono terrible en las tetas derechas. Eróstrato lo tomó con las dos manos y ávidamente abrazó la piedra divina. Luego lo rodeó, y divisó la pirámide verde donde estaba el tesoro. Cogió los clavos de bronce de la pequeña puerta, y la forzó. Introdujo sus dedos entre las joyas vírgenes. Pero no tomó más que el rollo de papiros donde Heráclito había registrado sus versos. A la luz de la lámpara sagrada, los leyó y supo todo.

De inmediato exclamó: “¡El fuego, el fuego!”.

Atrajo la cortina de Artemisa y acercó la mecha encendida a la parte interior. En un inicio la tela ardió lentamente; después, a causa de los vapores del aceite perfumado en el que estaba impregnada, la llama subió, azulada, hacia el revestimiento de ébano. El cono terrible reflejó el incendio.

El fuego se arremolinó en los capiteles de las columnas, extendiéndose a lo largo de las bóvedas. Una a una las láminas de oro consagradas a la poderosa Artemisa cayeron de donde se sostenían a las baldosas con una resonancia metálica. Seguidamente, el haz fulgurante estalló en el techo e iluminó el acantilado. Las tejas de bronce se hundieron, Eróstrato se erguía en la luminosidad, clamando su nombre en la noche.

Todo el Artemision fue una pira roja en el centro de las tinieblas. Los guardias apresaron al criminal. Lo amordazaron para que dejara de gritar su nombre. Fue lanzado a un sótano, atado, durante el incendio.

Artajerjes, sin demora, envió la orden de torturarlo. No quiso reconocer más de lo que aquí se ha dicho. Las doce ciudades de Jonia prohibieron, bajo pena de muerte, perpetuar el nombre de Eróstrato a las edades futuras. Sin embargo, el murmullo lo ha hecho venir hasta nosotros. La noche en la cual Eróstrato incendió el templo de Éfeso, vino al mundo Alejandro, rey de Macedonia.

Eróstrato. Incendiario de Marcel Schwob.
Traducción de Eduardo Cobos.

Xilografía de Germán Araya.

Santiago, 2019.