«El territorio era la etiqueta de una Kem Piña»: Estela de cóndores fosforescentes, de Felipe Rodríguez
Crítica

 

Conocí el trabajo de Felipe cuando lo escuché leer sus poemas en Maraña, en febrero de este año. Ahora, con más tranquilidad puede leer un libro suyo —el primero, publicado el 2017, Estela de cóndores fosforescentes. Un libro dividido en dos partes: “Memorias de dos parlantes boca abajo” y “Outrun. (La huida de los cóndores fosforescentes)”.

La escritura comienza con la inscripción de un sujeto particular, una voz poética en un territorio determinado. El texto se desarrolla constantemente a través del procedimiento de situar la voz del poema en un contexto, ya sea un territorio, o bien un imaginario de signos culturales e históricos. Una infinidad de metáforas se desglosan a partir de un referente, por ejemplo, un ícono del pop, un personaje de TV o bien un giro de habla, una manera propia de nombrar el mundo.

Desde el principio del texto, se advierte la decisión de una forma particular. Una forma no es arbitraria. Poemas seriados, de versos largos, se confunden en algunos momentos con la estructura de una crónica con imaginario algo futurista en su contemporaneidad. El primer texto “Luciano Alexander Gutiérrez Gutiérrez, I Fino y Elegante”, es un poema de largo aliento, dividido en secciones o apartados (I, II, II, etc.):“Me muevo por los pasajes internos de la tremenda población” (11) nos dice el hablante, situando la escritura en un espacio, una clase y en la propia voz de estos habitantes. Se va construyendo un tejido de imágenes, un universo de recurrencias y códigos:

“Yo sé de dónde sacar la merca

acá se habla con las zapatillas            y la dirección de la mirada” (11)

Signos y señales sociales construyen un montaje con materiales afines, de procedencia no-literaria. En “V, Amor de Mall II”:

“                                             Intimidad frente a las cámaras de vigilancia

Los cuerpos entre el grosor de los vidrios (…)

Jamás nos descubrirán los guardias   -eso te lo aseguro-,

Pues confundirse entre los maniquíes nunca ha sido tan fácil

En ésta, la arquitectura de la desazón trasnacional” (15)

 

La era de los artefactos y la vigilancia, la voluntad política policial no logra eliminar del todo, jamás, el vigor vital de los cuerpos. Una estela de vida e insurrección, sublevación y descaro recorren el libro y otorgan un ánimo beligerante, un movimiento hacia el exceso, la velocidad y la pérdida del control:

“          Tengo sed de fracasar broder

tropezarme con unos vinos nuevamente

hacer caso al soundtrack de cumbia villera que hace rato

me suena por dentro

 

Desde ahora será puro free-style

Porque la pulenta flaco

CUANDO ME ENTRA EL CHUKY NO HAY NADIE QUE ME CALME.” (16)

Dicho movimiento hacia el exceso se convierte en una estrategia de fuga, un mecanismo de salida de un sistema productivo y económico opresor que nada sabe de los códigos de la pobla, ni mucho menos del honor nacido de la precariedad.

De esta manera, la memoria colectiva se sitúa y delimita a través de modos de habla, nombres propios, marcas definidas. El lenguaje cifra el momento de un tiempo social en su “barroco nimio” (Millán), destinado a desaparecer en el vórtex del capitalismo, que poco se lleva con la memoria. Justamente con esos materiales residuales —y reales— es que trabaja el texto.

En ese sentido, la expansión formal del poema —versos ocupando el espacio horizontal de la página, espaciados, en mayúsculas, versículos—, es coherente con un impulso de expansión y libertad, o bien una reafirmación vital en la precariedad y el desamparo. Porque “De mundial en mundial” pasa la vida. El texto avanza con un gesto de indagación antropológica, dando paso a una poética. El poema titulado “X, Arte poética”, sin embargo, no propone grandes certezas ni planes sublimes:

“Respira, pierde la fe

Y comienza a

Seleccionar las palabras

Como a paltas

en la feria por la mañana

para decir el desenfreno

con la sutileza de la caída felina

por ahí va        -yo creo-

la relación entre contemporaneidad y poesía” (23)

 

La poesía se juega en el acto real de seleccionar una imagen y un conjunto de palabras, como quien elige una fruta o una verdura en la feria, situado, delimitado, en el mundo y entre semejantes. Así, las palabras en su realidad política —la esfera social del discurso— reafirman un entorno frágil, a poco de la destrucción o la desmesura final, sostenido por el propio poema, digamos, por su estructura. Una voz nos habla desde una especie de futuro, en el que sobrevivimos en estado de ruina (material y psicológica). Aun así se cree hay “un escape sólo para nosotros” (45). ¿Un escape de qué? La alucinación y la contemplación se confunden en este viaje, “abrazados al Ferrari Rojo”: “Era ese el epicentro de la universalización/ no había duda/ pero nosotros ambos/ como Odiseo al mástil/ estábamos definitivamente atados al Ferrari Rojo” (38-9). Así, abrazados a la fuga, y tachando —no borrando— la tradición (clásica).

En cierto sentido, el libro propone un escape final, una huida en el Ferrari Rojo, no sólo de la catástrofe, del vórtex productivo de un capitalismo que parece futurista en cuanto contemporáneo; el escape en el Ferrari Rojo es también la huida de la literatura. El poema descentra sus referentes, pasa de largo la intertextualidad exclusivamente literaria (poesía parnasiana, poesía-de-la-poesía); en pos de una experimentación y una contaminación con su realidad sociocultural, una operación más compleja, a mi entender. La poesía se escapa de la literatura en un Ferrari Rojo de videojuego, un agujero de gusano con destino incierto.

 

 

 

 

Guillermo Mondaca,

Valparaíso, otoño 2019