EL TELEGRAFO DE CHILE CHICO
Actores secundarios

—Sí—, dijo Pedro Guillermo Jara.

Hace tiempo quería conversar con él. La primera vez que lo vi, con su figura delgada, la barbilla de Quijote y una voz apagándose, la ironía se anunciaba antes que empezara a contar sus historias.

Recién yo había llegado a Valdivia. Pedro venía en bicicleta y la había dejado en el jardín. A contraluz, en el pasillo con los colores de septiembre, se asomó como si me esperara: después de saludar, me entregó uno de sus telegramas.

Coincidimos en presentaciones de libros y lecturas. Pero como suele suceder entre conversadores de lo infraordinario, el diálogo necesita su tiempo y algo de premura. Coincidimos otra vez en un restaurante. Andaba celebrando cuando le entregaron el premio municipal; conversaba con el cantante de la rata blusera y no quise interrumpirlo.

—Sí—, dijo riéndose.

El 7 de diciembre estuvo esperándome después de una clase. Recuerdo la fecha porque me entregó El sendero de la Mariposa (Antología personal), recientemente publicado por Kultrún, con una dedicatoria que incluye —como se hace habitualmente— la herida del tiempo: el día y el mes. Conversamos de su proyecto de lectura de narradores en un tren y la idea de entregarme la edición de sus microcuentos recogida en una caja de telegramas.

En el transcurso de la Alameda y el puente fue desglosando sus ideas sobre los narradores.  En cada estación bajarían a contar un cuento, acompañados de músicos que animarían los relatos; mi aporte fue decirle que la lectura podría hacerse dentro de los vagones y servirse un aperitivo con cervezas Cuello Negro.

Cruzamos el puente. Pedro llevaba una chaqueta que imaginé son las que usan los patagónicos: sin brazos y de cuero. Después vi Kasaka, su publicación de cuentos escritos sobre una chaqueta de papel (“Mi cuerpo es el libro; mi piel, la página”, dice en el bolsillo). Revisé Caballo de proa, la revista más pequeña del país, justo en formato de bolsillo, un bolsillo chico eso sí.

—Sí—, dijo suspicaz sobre las mañas de un imprentero viejo.

Nos separamos en el puente y volvimos a coincidir en el supermercado. Hablamos de la infancia, mientras mi hija jugaba pateando una pelota. La edad de Teodora, alcancé a escuchar.

La pinta de Pedro, pensé en el momento, es la del microcuentista al borde de la poesía. Quedamos en juntarnos en otro momento, como si el tiempo fuera algo apropiable y las despedidas —como en el poema de Pablo De Rokha— el retrato de las antiguas estaciones de ferrocarriles: una situación poblada de adioses y ausencias.

Ayer, el 2 de enero, al llegar a Valdivia, supe que había fallecido. Nos demoramos en conversar y las palabras pesan cuando no son dichas.

En la tarde escuché la retransmisión del programa de radio de Cristina Gallardo, donde Pedro hablaba de Chile Chico, su padre telegrafista y leía sus historias sobre ese paraíso en el sur, más allá de Aysén, que se asemejaba a una utopía anterior al golpe de estado. La voz se alberga en la radio como otro tiempo y espacio. Patagonia Blues, decía, se transformó para mí en un estado de ánimo. Creo que la brevedad de sus relatos y personalidad de narrador oral entregaban esa impronta de una ucronía o, quizás, heterotopía: “A través del desnudo cerezo observo el planeta marte; a través del dióxido de carbono, del nitrógeno y del argón observo al planeta tierra”, leo en Miradas, el telegrama que me pasó cuando recién llegué a la ciudad. “Todos hemos nacido en Lisboa, pero nunca hemos regresado”, dice en otro de la misma cartilla.

Escribo este mensaje como un telegrama de las conversaciones inconclusas; todos hemos nacido de algún modo en Chile Chico, Pedro, y quizás nunca regresaremos. Nos demoramos en hablar, pero era por respeto a la conversación, a la gratuidad de las narraciones, a dejar que aparezca el lugar preciso para escucharse; eso quiero creer, y lo creo. A contraluz, la ausencia nos enseña tanto como las palabras.

—No—, no regresaremos, pero mientras termino estas líneas acostumbrado ya a este espacio de la casa donde crecen los ciruelos y las frambuesas, en el patio asomó un pájaro pequeño, de esos que abundan en esta temporada en el sur. ¿Será una tenca, la de voz profunda de telégrafo? Maha, tu compañera, dice que soy un pájaro porque pareciera que me estoy yendo. Y que tú también eras un pájaro; de esos que hacen nidos en las vigas.