El poeta soldado
Actores secundarios

Pero no todo tiene un norte.

Desde que vivo en el sur aprendí a decir «zona central» y «viajar al norte», considerando que acá casi todo es norte. En la quinta región pensaba que vivíamos en ciudades, no en zonas. Desde Valparaíso, Talca ya era visto como el sur. El centralismo se interioriza en la mirada y la brújula del cuerpo. Para qué hablar del clima: cuando nos reencontramos con el poeta Óscar Petrel, conversamos toda la noche sobre la leña y los mejores modos de calefaccionar la casa. Pegados, por supuesto, a la combustión lenta.

Volver no es regresar. La última vez que visité Puerto Montt tenía diecisiete años. Hace poco vi una foto de 1959: el ángulo de la cámara se parece a tantas otras que se sacan de Valparaíso. Dos mujeres suben el cerro y un hombre de terno baja. Las casas grises de madera, que ahora se llama nativa, delatan que es una imagen del sur. La composición de la foto no da para Sergio Larraín, pero sí para graficar el sentido de un ritmo lento. Como sucede con la mayoría de las ciudades, los espacios homogéneos muestran ahora que por ahí pasó la dictadura. Uno siente que la arquitectura está hecha para eliminar la historia.

De Puerto Montt, me cuentan los parroquianos, es la familia dueña de Colo Colo y los lujosos Enjoy. Y esto se nota: la costanera es limpia, higiénica en su fachada, casi parecida a la de Viña, si no fuera porque este puerto no está planificado para el turismo. Quizá me equivoque, pensando en la Isla Tenglo y Angelmó; pero es como la pesca: se agarra a los turistas que viajan más al sur. Es un paso hacia la carretera Austral, a Chiloé o, directamente, a las salmoneras. A diferencia de Valparaíso —la decimonónica Joya del Pacífico—, hay trabajo. Puerto Montt es un buen lugar para escribir. Se puede apreciar in situ el progreso unido al extractivismo. Basta ver los enormes lomos de salmones en el mercado; el tamaño de esas monstruosidades despierta la sospecha: vaya a saber uno cómo fueron producidos. Y esta es la palabra: producción. Hasta les ahorran el río, llevándolos de un lado a otro en camiones que simulan el viaje contra la corriente. Si se mira a nivel global, Chile entero es una zona de sacrificio. Ni los peces se salvan.

Los territorios antipoéticos son privilegiados para la literatura actual. Así como se dice que existe el poder, también la resistencia; o, así como existe la noche, también las luciérnagas. Como sea desde donde uno quiera inspirarse, la historia reporta una dialéctica, una respuesta contra el curso del mundo. Y la literatura tiene esa frágil potencia: moverse de sitio, abrirse hacia lo otro, oponerse a lo que se tiene como normalizado. Es obvio decirlo, pero la antipoesía surge en un mundo antipoético. En fin. Para volver. Indagando entre los escritores con los cuales alcancé a dialogar, conocí a Víctor Caico, quien mantiene una biblioteca justo arriba de una botillería. Ex poeta y lector gentil, Caico es un personaje clave en Puerto Montt. El año 78 fue invitado al primer congreso de poesía del sur. Pero había un problema: estaba rindiendo el servicio militar. El poeta conscripto tenía ciertas prohibiciones: «en la cama se duerme, no se lee, soldado»; dicho por el instructor en tono de aprendizaje, con las debidas patadas provenientes de nuestra delicadeza prusiana. Los organizadores le mandaron una carta de invitación al regimiento. Es necesario imaginar el temor del joven invitado a un encuentro de poesía bajo dictadura. Pero el conscripto fue…Y así lo conocieron en los setenta: como el poeta soldado.

Visité la biblioteca. Conversamos una hora sobre la literatura de Puerto Montt, historias que si uno no viaja, no conoce. Junto con Jorge Loncón armaron la primera antología de poesía después del golpe. Organizaron encuentros, revistas y homenajes a García Lorca y Neruda. Hay que imaginar (la historia es también imaginación) la importancia que tenían estas figuras como símbolos contra el fascismo. A veces basta celebrar un nombre para testimoniar que se está vivo o, aunque suene paradójico, imponer un silencio bien dicho para responder a los gestos adustos del opresor. Mientras conversábamos llegaron algunos merodeadores: poetas que buscaban usar los computadores de escritorio, imprimir sus escritos y organizar un encuentro en la noche. Creo que Raúl Ruiz decía que los buenos actores son aquellos que se confunden con el decorado: saben cuándo dejar de actuar, salir del protagonismo, convertirse en personajes secundarios, desplazarse como si fueran un elemento más y componer una escena.

Víctor Caico dice que fue escritor, que la poesía lo fue dejando, pero no creo que el poeta soldado la haya excluido de su vida. Una biblioteca justo arriba de una botillería: qué manera de resistir el desastre.

Lo olvidaba: para llegar a Puerto Montt, se entra por la Avenida Salvador Allende.

Jorge Polanco Salinas
11 de febrero de 2019