Des-órdenes, nuevos colores (1987)
Ensayo

Lupe [Guadalupe] Santa Cruz . Des-órdenes, nuevos colores. Santiago: Ediciones Minga (Serie El Autoritarismo y sus alternativas, Coordinación a cargo de Luis Weinstein), 1987.

 

 

El dictador no sabe reírse. Está seco de risa,
se alejó hace mucho de la carcajada de los
árboles, no puede dormir.
El dictador no quiere soñar, porque se le
puede apagar la luz. Porque puede haber un
rincón recóndito de su reino donde haya olvidado
encender la luz.

 

 

No sabemos desde cuando supimos ―aprendimos― que este mundo era un mundo armado, y que a la vez para entrar en él, participar de él, había encontrarse las armas.
El mundo se arropaba para nosotros en un armazón, cuyos aliajes, fibras, sedimentos y engranajes iríamos reconociendo con la mansedumbre de los años: su desvelamiento nos sería abierto siguiendo en paralelo nuestra propia construcción.
No creo acordarme ni haber entendido siquiera que uno pudiera inventar estas formas de armarse; había ya un catálogo fijado.

 

«Documento de la CNI emitido el año 1974 una vez que Guadalupe Santa Cruz es puesta en libertad y pasa a estar bajo la custodia de su padre, en Estados Unidos.»

I

 

Entonces aprendimos que esa enormes y profunda masa azul, que se deja inquietar por unos incesantes dibujos blancos de formas extravagantes, se llamaba “cielo”.
Luego cada vez que veíamos algo semejante, esta misma masa azul sobre un bosque, o atormentada por esas manchas blancas en alta mar, o un estampado con sus mismos colores, sabíamos que había que decir “cielo”.

Aprendimos el arma de la palabra.

Sabíamos que esos signos, colocados los unos tras los otros, en una secuencia establecida y con un significado unívoco eran la llave para nuestra comunicación.
Mucho más tarde, nos sorprendió descubrir que esas palabras en que habíamos crecido, esa cuna de nuestro entendimiento, nos apretaba, nos encerraba en las mismas sábanas.

Habíamos necesitado el ritmo y la sonoridad de cualquier alfabeto, para no desesperarnos en gesticulaciones. Pero en el momento de tirar la botella al mar de repente ya no sirvió: no cabíamos nosotros en ese universo acabado de signos, el mundo había seguido corriendo más allá de ellos; no terminaban de decirlo, de abrazarlo. Si nos dábamos vuelta para mirar el abecedario, éste nos devolvía a un orden que nos había envuelto, criado, protegido. Pero la exuberancia disparada, el espacio abierto de la vida, el tumulto de sus acontecimientos, su mismo desorden, no podían fácilmente dejarse amaestrar por una lógica de parada militar.
Dicen que fue Aristóteles el que nos enseñó este ejercicio, a discernir y reunir, agrupar, clasificar y generalizar; y luego fue cosa de ir arriando lo que veíamos hacia el corral apropiado.
Por eso, esa masa azul que se deja inquietar por unos incesantes dibujos blancos, no nos inquietó a nosotros.

Nos demoramos en enterarnos que nuestra lengua no era universal; que había sido producida, adaptada, por una cultura particular y esto la reflejaba y se dejaba reflejar por ella.
Cualquier pena de extrañamiento, cualquier extranjería nos convirtió en relegados de ese sentido unívoco, hasta hacernos extraños a nuestro silabario. Porque LA PALA DE PEPE PAPA DEME LA LIMA LA TEJA SE MOJA MI CONEJO NO COME AJO LOS POLICÍAS LLEVAN PRESOS A TODOS LOS QUE SE PORTAN MAL era un modo de entender, mientras la lengua árabe fabricó alrededor de seis mil palabras para referirse al camello, y los esquimales ven en el blanco de la nieve decenas de blancos y de nieves.
Nos quedó entonces quizás la posibilidad de mirar este sistema con un poco de distancia, la tentación de un poco de burla también, y preguntarnos por él. ¿Qué quería decir decir saber hablar?
Necesitamos un acuerdo mínimo para transmitirnos, para imbuirnos de la historia casual de nuestra cultura, incorporarnos a ella. ¿Pero hasta dónde ese orden ha determinado ―determina a diario― los que pueden hablar, y los que no?
Porque detrás de estas palabras, hay otras palabras; el tesoro oscuro que subyace a todo intercambio, en el que se reconocen o se excluyen iguales, pares, amigos, cómplices, socios, aliados, congéneres, colegas, compatriotas… Y el secreto del examen de admisión estaba en el guión inscrito tras el discurso, en una regla que se transmitía entre líneas.
No pudimos entender la larga tire de papel que caía regularmente de la alta ventana del Psiquiátrico, con un sinfín de números, como sinfonía indescifrable que algún loco enviaba al más acá de la cordura, manifiesto o grito de alarma, SOS o poesía. O todo a la vez, rompiendo la causalidad y lo lineal de nuestra comprensión.
Nos provocó hilaridad la palabra que se le escapó a aquel niño en su discurso perfecto, porque se le salía el indio; delataba todo el campo que llevaba en la sangre, desde milenios, y que había intentado civilizar, urbanizar, olvidar.
Nos fue difícil darle cabida a la torpeza hecha rigor, el tartamudeo vuelto conferencia, la palabra circular que extraía del silencio esa voz de mujer.

Por mucho que repetimos el refrán del idioma interiorizado, éste nos nos absolvería de las Torres de Babel que siempre temimos.
Como si la condición para entender fuera la uniformización de nuestros universos, olvidando que al opacar nuestras diferencias nos reducíamos al más pequeño denominador común, otra forma de permanecer incomunicados.

 

II

 

La escuela ordenó nuevamente nuestra entrada al mundo.
Se nos convenció de que dos más dos eran irrevocablemente cuatro.
¿Para qué sirven las matemáticas? le pregunté a la profesora, “para enseñárselas a los otros” me contestó. Aunque en ese momento me pareciera insuficiente como respuesta, hoy le reconozco una impresionante franqueza; en algo intentó ella aludir a la regla.
Había un saber acumulado previo del cual teníamos que nutrirnos, al cual teníamos que adaptarnos, nuestra blusa debía estar blanca, y de alguna forma llegamos a sospechar que el premio a nuestra domesticación era poder llegar algún día a domesticar nosotros mismos la realidad.
La ventana prometía todo para mañana, por eso nuestra mirada era nostálgica mientras de reojo escuchábamos al profesor. ¿Sería realmente nuestro lo que alcanzábamos a percibir, escapándonos de esa sala de clase con la cabeza  apoyada en la mano? Fue una de nuestras primeras tensiones hacia el futuro: estábamos en devenir (algo así como adultos incompletos), contábamos los años y los cursos como tantos ritos de pasaje, y nos esperaba esa confusa posibilidad de “ganarnos” la vida. Mientras tanto, la ganábamos a fuerza de cuadros, series, principios ―con sus respectivas excepciones― categorías y conclusiones. Y sentíamos el alivio del que se inicia a un juego desconocido, comprendiendo de pronto el registro en el que debe debatirse.
Aunque en el camino las cosas que nos habían atraído (que nos habían sacado de nosotros mismos) perdieran su brillo.

Era como el sueño cuando niños de no temerle más a la oscuridad.
Es como el sueño, ya mucho más tarde, de no temerle más a la soledad. La soledad en medio de la noche, de cara a los astros.
La soledad en el gentío humano, en el momento de la decisión individual.
La escuela y la familia fueron también la cuna y el canto de nuestra socialización, el estar con los otros, gozosa o conflictivamente solidarios. Estaba la hora de la clase y la hora del recreo; las horas de comida, la casa. (Y también, la casa en la cama, la rebeldía).
Comprendíamos que para vivir juntos, había una hora común, que nos encontrábamos gracias a ciertos nombres, costumbres, direcciones, que intercambiábamos.
Pero esas colectividades tenían principios de organización, que nos reunían y que nos definían, exteriores a nosotros.
Habíamos crecido en espacios que nos eran familiares y cómodos; sus límites estaban mal que mal fijados.
Aunque nos rebeláramos en contra de esas fronteras, era el mundo conocido. Hóspito o inhóspito, éramos inseparables de él ―nos decía quienes éramos― y eso era calor. Podíamos dejarnos estar, llevar, siempre había alguien que nos indicaría la necesaria demarcación.
Hasta el profesor más inflexible nos daba nostalgia; él representaba lo que no queríamos ser; pero él contenía en parte lo que éramos.

El profesor prepara hasta tarde su clase. Le inquieta que alguna pregunta quede sin respuesta. La madera de su escritorio, la manera particular en que se encuentran, se depositan, se acumulan papeles, libros y objetos familiares está indisolublemente ligada a ese sentimiento urgente de redondear, de adelantarse a las dudas.

 

III

 

Nos habían dicho que entrábamos a la edad del pavo, que la adolescencia y todas sus turbulencias son una etapa necesaria de búsqueda. Igual, nos costó equivocarnos, que se entendiera que nuestra exploración era inseparable del riesgo.
Tomamos la vida a borbotones, por donde viniera, con lo gratuito de nuestra disponibilidad, probando la elasticidad de los límites, intentando por nuestra cuenta poner a prueba el bagaje que debió dejarnos el que sentíamos nuestro largo período de preparación, nuestra prehistoria personal.
Cuando el tiempo y el espacio se abrían sin recelo, en horas y puntos cardinales, y quebraban su monotonía y repeticiones, nos encontramos a boca de jarro con lo inesperado: tuvimos que improvisar. Fueron juegos mutuos de adivinanza. Nos deslizábamos por entre los encuentros, los viajes cortos, los que despistan; y largos, los que juegan con los límites, con esa liviandad de ser incipientes; con la humedad de la greda que busca una forma, frescamente tierra aún. Nos enamoramos, nos separamos. Nos volvimos a enamorar. Fuimos confidentes, amigas y amigos, patotas, para probar la euforia y la desesperación, para alejarnos del tedio de los rituales, volver a inventarlo todo, nombrar y bautizarlo todo, dudar y volver a elegir.
En el espacio de aventura, levantamos varios velos y quedamos atónitos; nos levantamos de las carreras y caídas, tratamos de compaginar la extraña alquimia que unía el placer y el dolor, descubriendo que nunca nos hablaron de ello.
Como si cada sobrecogimiento nos costara un cambio de piel, estremecedor por lo antiguo que se desprendía, que se abandonaba.
Julos Beaucarne, un poeta belga, cantó que éramos todos emigrantes desde que dejábamos el vientre de nuestra madre. Nunca nos deshabitaría esta impresión.
Andábamos buscando un espejo, en la soledad del reflejo de un lago, y una casa a la cual pertenecer en el extravío de este mundo al que nos asomábamos.
Queríamos explicaciones, causas últimas, órdenes redondos para aplacar nuestra inquietud. Hacer caber injusticias acumuladas, y todo lo que en nosotros había quedado inconcluso, expectante; en anhelo.

Fueron los tiempos para abanderizarse, y nos confundimos con un nuevo nombre.
Adherimos con toda la carne y todos los huesos de nuestra historia a la Historia.
Fuimos la historia olvidada de ese pequeño personaje que aparece en la masa ocupando la calle (en aquella fotografía de la hoja de periódico amarillenta hoy), las caras llenas de futuro.
Todo era posible, los verbos se conjugaban en presente y todos en plural: éramos multitud, y estábamos en marcha. La vida se desdoblaba, se desplegaba día a día en azares, en férreas voluntades y sueños.
Hasta nuestra rebeldía la pusimos en la rueda, a cambio de una transformación total.

El horror y los decretos-ley del 73 marcaron seguramente el fin de nuestras juventudes.

 

IV

A la vuelta de la vida, nuestro lugar en el mundo tambaleó.
Algunos teníamos una vaga noción, adivinábamos que de cierto modo estábamos llamados a preocuparnos del destino de la nación, de los más, de los que no podían resolverlo por sí solos.
Esa responsabilidad soberbia aunque temible, encerraba un desafío exaltante, toda una empresa por delante a construir, a reforzar: pioneros o pastores del progreso, sacerdotes del bienestar, capitanes de hombres, guardianes del orden ―antiguo, nuevo o por crear.

Otros habíamos comprendido que un lugar nos estaba destinado, por sobre cualquier elección y que nos esperaba como juego de mosaico incompleto, como artefacto que se terminaba de ajustar. Nadie lo dijo, estaba inscrito en el cómo nos hablaron en la escuela, en la oficina de la municipalidad, en el hospital; nadie lo dijo, y por eso mismo la evidencia era inalterable.
“Éramos un número más”, me decía esa obrera.
Había que dejarse pensar, guiar, obedecer. El diseño de nuestro quehacer estaba completo, solo había que llenar la casilla correspondiente, el lugar indicado, hacer el gesto esperado, en el tiempo prescrito.
(El corazón contra la máquina, a desritmo).
Pero si las manos y el cuerpo se ocupaban, parece que podíamos soñar mientras otros armaban la finalidad de estos gestos aparentemente tan inútiles.
Trabajo de andamiaje, relaciones complejas, un saber especializado buscaba la proporcionalidad entre ecuaciones y personas.

El jefe del Taller no pierde su tiempo.
Durante el trayecto hacia la casa, sigue dándole vueltas a esa planificación rigurosa de recursos y momentos. Jerarquiza objetivos, descompone tareas, distribuye personal y maquinaria, en una ingeniería armoniosa. Al lado de sus ideas, la calle, la ciudad, el país, su misma casa, son selváticas. Quisiera que todo siguiera el mismo diseño, como hilera de autos sobre la carretera; que los acontecimientos siguieran un cauce establecido. Hasta el felpudo de la entrada del departamento parece estar mal dispuesto: no respeta ninguna geometría.

La humillación al acecho (lo absurdo y repetitivo en el traje de todos los días), las cadencias, el traje gris, el horario gris, la maleta bajo el brazo, el uniforme y el peinado, la sonrisa como maquillaje (el cuerpo tras la vestimenta y esa cara nuestra, el rostro desaparecido), alimentaban también esa pregunta que nos hacían de chicos, ¿qué vas a hacer cuando grande?
Nos lo creímos tal cual, al pie de la letra.
Nos aferramos a lo que se esperó de nosotros, y fuimos cada uno de esos personajes que alguna vez admiramos (miramos de lejos). Supimos mirar al mundo, los asuntos de nuestro mundo, como correspondía que los mirara cada uno de esos personajes.
No estábamos solos, éramos esa forma, esa marca, ese objetivo comercial, ese plan de acción. Éramos nuevamente una gran familia (gozosa o conflictivamente solidarios).

V

Cuando nos sentamos a soñar de verdad, y quisimos ver ese cielo con nuestros propios ojos, y nombrarlo con la artesanía de nuestras palabras, nos dimos cuenta ―o no nos dimos cuenta― que el orden en el cual crecimos, en el cual nos hicimos un espacio, había anclado sus fronteras y colores en nosotros.

No aceptábamos la explotación, pero otras formas de producción parecían imposibles; la técnica, contra nuestra humanidad, hacía autoridad. Por mucho que diéramos vuelta los planos, volvían a caer en una posición similar frente a los “imperativos” económicos.
No aceptábamos ser comandados, pero el desorden (“el orden menos el poder”, como lo gritó el poeta) nos intranquilizaba. Era difícil enfrentar lo desconocido, abrir las puertas de la aventura, vivir el caos que precede y acompaña la creación: queríamos fundar, pero el continente extranjero nos devolvía a nuestros barcos, o nos convertía en pacificadores, en misioneros. Frente a lo nuevo, recurríamos a las antiguas armas. La tradición, lo aprendido, lo sabido, se imponían, hacían autoridad. Necesitábamos nombrar con apuro lo que veíamos, tender sobre los acontecimientos una suerte de papel calco con el dibujo que nos recordaba lecciones anteriores; de ello dependía nuestra propia identidad. Nos acercábamos y nos relacionábamos en busca de una confirmación: de la hipótesis, del modelo, de nuestra utopía, o de nosotros mismos.
Nos costó devolverle su poesía a la diferencia, dejarnos sorprender, cuestionar; cambiar.
Queremos gobernar nuestras vidas y rápidamente se estampa el mismo diseño en el cual siempre nos movimos.
Los dominios (cualquier dominio) tienen súbditos, y en nombre de la eficiencia toda buena marcha los coloca en un orden fijado de antemano.
NO OBEDECEMOS ORDENES, PERO OBEDECEMOS A UN ORDEN QUE NOS PRECEDE.
No tenemos amo, pero la finalidad última nos regimenta y nos organiza.

No somos sus jefes, pero cada uno de ellos representa alguna función que les asignamos, aunque sea en nuestro sueño más radical.
Porque este sueño no quiere detenerse ante el tiempo que usa la piel para respirar, la tierra para reforestarse, el dolor para cicatrizar, la risa para cristalizar. El necesario trozo de memoria para viajar y saltar hacia adelante, más allá del olvido; el pasado de nuestro futuro. Ignora los pies de barro de cualquier proyecto humano (aunque intentara templarse como el acero) y sus torres de Babel.

No queríamos esta sociedad, pero inventamos las nuevas reglas del juego apoyándonos sin saber en sus mismos pilares.
Abandonar las evidencias podía quizás sumirnos en ese sentimiento de abandono contar el cual nos armamos toda la vida.
Nos dormimos con los sueños a cuestas.
Vivimos en dictadura, y dormimos con el lodo apretado al corazón. Nos despertaremos y mañana es otro día, con un cielo más ancho, con las miradas menos ausentes. El oscuro de medianoche sigue desapacigüándonos, como la muerte en este régimen, como el silencio de las calles, la desproporción de las ráfagas contra nuestros cuerpos frágiles, la violencia de las noticias que no son las nuestras, la impotencia que se quiere gritar, y no sale.

VI

Nos movemos bajo un gobierno autoritario, y nos cuesta saber a veces quienes somos.
Ciudadanos de esta dictadura, es cierto; de un país que hoy nos es extraño, y que apenas nos reúne, si no es por el horror compartido. Sobrevivimos construyendo y marcando espacios nuestros, como tantos territorios animales. Les damos sentidos propios, un lenguaje que no puede ser exiliado, un universo que no se deja reducir.
Pero la perdida de nuestra “pasión por la cosa común” ―democracia, en las palabras de Castoriadis― nos ha empujado también a reductos estrechos, territorios que lograron crecer, pero de espaldas a los otros, ignorando la diversidad y los flujos de intercambio que pueden hacer de nuestras identidades construcciones menos vulnerables.
Porque al ignorarnos el poder, existía también la posibilidad de reponernos de nuestra herida haciéndonos indispensables en cualquier feudo (la casa, los hijos, el trabajo, el grupo, la organización) y decidiendo nuevas prioridades que nos aseguren ser, entre todos, los elegidos.
Porque habíamos aprendido que las armaduras que la vida exige, ponen entre las personas esa distancia que agiliza las relaciones en vistas a los objetivos operacionales. El orden enseñado nos indicó siempre que para ganar tiempo, “el hombre correcto debía estar en el lugar correcto”. Lo dijo Taylor, ingeniero precursor de la división en la producción entre pensadores y ejecutores, principio que al filtrarse en el conjunto de la sociedad, terminó por amoblar las jerarquías con decenas de cargos en cascada.

Porque existe la posibilidad que olvidemos el espesor de estos años, repitiendo lo que más nos ha dolido, en esa temible capacidad de los países y de los seres humanos de no acusar recibo de los daños, y deshacerse de ellos, exorcizarlos, reproduciéndolos. De alguna manera, esta sociedad que corre tan lejos de nuestras necesidades, nos adiestró para ello: hizo de las carencias y del dolor un tabú. Y cuando éstos intentaban o lograban expresarse, los puso al margen, si es que no los rayó. Este régimen nos rebasa y nos anonadas porque llevó esta deshumanización a su paroxismo; nos atomizó, rompió los hilos que buscaban enlazar esas necesidades, a la vez que colocaba al centro de su modelo el éxito como lustre fundamental. En eso ha vuelto clandestino lo que somos y queremos, y nos ha dificultado reconocer esto mismo en los otros.

Porque nuestro lenguaje no se aleja de las dicotomías, es unívoco y excluyente.

Porque renacer, cambiar, es recordar también que nos hemos muerto.

La pirámide de esta sociedad, hecha de mentiras, desigualdades y humillaciones, nos hiere y nos aplasta; ¿dónde termina la pirámide, y quiénes la sujetan desde sus bases?
Nuestro sueño y sudor por derribar el muro de contención, ¿qué otra figura geométrica está transportando? ¿Podremos imaginar otra que no sea una pirámide invertida?
La horizontalidad del atardecer despierta en nosotros una melancolía indecible, la noche y el día conversando sin apuro, convenciéndose mutuamente a diario.
¿Podremos dejarnos acariciar por el paisaje, sin imponerle nuestro ritmo febril, la omnipotencia de nuestros temores?
¿Podremos dibujar nuestras fronteras, el perfil de nuestra geografía humana, colectiva y personal, sin jugar al ajedrez con el país extraño? ¿sin disponernos en ese tablero cuya ley nos es ajena?
¿Podremos reírnos hoy de los trajes que nos estaban destinados, en esa trama de teatro que no participamos en escribir?

¿Podemos inventar, hoy?