Deriva del nombre propio
Sobre El discurso del hablante lírico

¿Qué hay en un nombre? Eso es lo que nos preguntamos

en la niñez cuando escribimos el nombre

que nos han dicho es el nuestro.

James Joyce

 

“El discurso de la lírica”, primer apartado de este libro, se inicia con una no correspondencia, un desencuentro entre nombre y hablante. Es este el punto de partida del poemario y las implicancias de esta torsión enunciativa lo trascienden. Así, de entrada, se nos sitúa ante una poética del nombre que también es, a su vez, una política del nombre; pues el hablante se desmarca del origen (“he nacido sin nombre como todos/ los hombres y mujeres de este mundo”), de la propiedad (“bautizáronme con el distinto seudónimo/ que no correspondo”) y de la herencia (“por miedo e indiferencia/ a los ancestros míos que tan enmarañado/ nombre diéronme escribo estas palabras”), elementos incluidos en el acto de la nominación y en la violencia impositiva que lo marca. En este poemario, por tanto, la fundación de la escritura –y, por ende, la fundación del hablante– opta por el desplazamiento en lugar de la condensación. Entonces, ante la pregunta joyceana “¿Qué hay en un nombre?”, el hablante alonso fernández parece responder: una insistente deriva. En el nombre habría la posibilidad de un naufragio, la instancia de poder ser otro, ya sea bajo seudónimo, heterónimo o anonimato, y en torno a este naufragio se funda el discurso, se funda el hablante y el mundo autónomo creado por éste, al que somos invitados como lectores.

No obstante, si bien esta enunciación difumina el nombre, esto no imposibilita que el hablante se permita hablar en nombre de, ya que la no correspondencia condiciona el (des)encuentro entre afectos distantes y disímiles, como el miedo y la indiferencia o la piedad y la condescendencia en relación a su origen y herencia. Al abandonar su nominación, el hablante se permite hablar en nombre de esas vidas a la deriva, de esas vidas desencontradas y creadas a través del discurso de la lírica, como: “[…] todos aquellos infantes que no/ supieron de infancias y que sólo en/ momentos de risa y jolgorio años después/ venimos a entender lo que significa/ llegar a casa y no reencontrarse con/ la madre ni el padre ni el balancín” (8, ídem las citas anteriores).

En definitiva, si la política del nombre propio niega u obstruye la diferencia, el desvío del nombre propio abre paso a ella, y al interior del poema algunas de las figuras de lenguaje que con insistencia dan cuenta de esta deriva son las contradicciones, paradojas, contrasentidos y disonancias con las que se va hilvanando este discurso del hablante lírico, en el que se van aglutinando imágenes tales como aquella muerte que no puede morir porque nunca estuvo viva, o aquella canción de risa y llanto que el hablante le obsequia a la niña de la caja de fósforos, o aquellas “tumbas sin lápidas que arden sin humo” (22) sobre la tierra seca del patio de una cárcel. Contra todo orden unívoco se proyectan estos contrasentidos porque, como enuncia el hablante en el poema “Defensa de la mentira”, “[…] somos hijos de los vacíos legales/ ya que mentiras hay muchas/ pero parece que verdad/ no hay ninguna” (23)

Parece ser esta experiencia de construir y habitar las contradicciones y diferencias lo que permite que, en el segundo apartado del poemario, titulado “La lírica del hablante”, éste emprenda el viaje de retorno desde la suspensión del nombre propio hasta sus relaciones filiales, en concreto con “el padre”, “la madre” y “la hermana”, interlocutora silente del último y más extenso poema del conjunto, y a quien sobre el final se le expresa el medio y las motivaciones para este viaje de retorno: “porque debes saber hermana mía/ que la literatura/ en su origen y en su desesperación/ es lo último en el mundo/ a lo que recurre el ser humano” (55). Por esta búsqueda de lo distintivo, por el tono y el registro empleados e incluso por ciertos arcaísmos de la lengua a los que se recurre, me gustaría pensar estos trazos inscritos por el hablante alonso fernández como una caligrafía. El hablante, en un ejercicio programado de búsqueda de lo imprevisible y a contrapelo de lo impositivo, va trazando, en el cuerpo de una lengua, el nombre que él a sí mismo se arroga como propio.

A propósito de caligrafía, se le atribuye al maestro chino Wang Hsi Chih, reconocido como uno de los más grandes calígrafos que han existido, la siguiente frase: “La escritura necesita del sentido, mientras que la caligrafía se expresa sobre todo mediante la forma y el gesto”. Ante un orden contemporáneo signado en torno a la propiedad y a la permanente promoción –e inclusive empresarización– del nombre propio, esta forma, este gesto caligráfico del hablante lírico irrumpen como necesarios.

 

Presentación de El discurso del hablante lírico de Alonso Fernández. Editorial Anagénesis, Colección Poesía 2018.

Librería Concreto Azul, 18 de enero de 2019.