De la vida cotidiana
Extracto

Guillermo Riedemann, ex Esteban Navarro, es uno de los mejores poetas de la generación de los ochenta. Con sus últimas publicaciones reafirma una presencia contundente en la escena poética actual.  A la reedición del imprescindible Para matar este tiempo, se suma De la vida cotidiana, recientemente publicado por Ediciones Inubicalistas. Publicamos a continuación una selección de poemas de este libro, su última entrega.

 

Pasajeros

Dos rebanadas de pan negro 

a bordo del tren que lo lleva de regreso.

Entre una y otra   

una tajada de salami.

Entre el punto de partida

y el punto de llegada

no hay sino continuidad

o repetición o vueltas en círculo.

Lo sabe y mastica el pensamiento.

Al otro lado del pasillo

un hombre que parece familiar

lo mira, y arde la amargura 

en cada rebanada.

Terminado el pan, un cuarto

de manzana sin cáscara, medio pimentón

rojo, un trozo de plátano y dos 

gajos de naranja, que traía

en una cajita plástica celeste

dentro de la chaqueta.

Viste pantalón verde, de trabajo o deportivo,

camisa a cuadros rojos, grises y blancos.

Lleva el pelo corto, canoso. Algo cuenta

con sus dedos, hasta llegar a siete,

y vuelve a mirar el camino, los campos

verdes de pasto y árboles que son bosques

a ambos lados de la carretera de alta velocidad.

Viaja solo, barba de pocos días,

sentado ni adelante ni atrás.

El hombre que lo mira piensa

que la pequeña caja plástica

le ha hecho recordar a su padre.

 

 

 

El odio de la mujer de los ríos

La mujer de los ríos odiaba

al hechicero de la tribu

pero odiaba mucho más

a quienes no sentían como ella.

Había muerto el hechicero

y aún lo despreciaba.

Tal vez –pensó– si lo hubiese odiado

suficiente en vida, si hubiese borrado

la vida de él sobre mi vida,

ahora que está muerto no lo odiaría

o lo odiaría menos, tal vez comprendería

a quienes no lo aborrecen,

y entonces mi pecho subiría y bajaría con el viento,

detrás de esa casa, por encima de los árboles.

 

 

 

Monotonía de la vida cotidiana

Solía permanecer tardes enteras

frente a la pequeña ventana

del estudio estrecho y frío.   

Miraba sin ver absolutamente nada,

absorto o perdido en fragmentos,

pedazos de recuerdos, fantasías

fuera de sentido y posibilidad;

ideas desechables o palabras

inútiles que se reunían y separaban

en una sucesión sin orden ni jerarquía,

una precipitación de imágenes sin señas

de relación, diálogos mudos sin respuesta

ni coherencia, pensamientos dejados atrás,

reflexiones deshilachadas que se volvían

pasado, olvido, y menos.

Horas con su propia música de fondo:

el televisor encendido en la sala

y el frenético zapping de la mujer de los ríos

o de alguien que la suplantaba

pero seguía siendo ella.

 

 

 

Quien cuenta y no cuenta

Las historias individuales no existen.

Los destinos individuales carecen de importancia.

Se cuenta una historia como registro

de hechos ocurridos presuntamente.

Hechos en los que la mayoría parece

haber tenido participación ninguna.

No es algo que interese a nadie, menos

a quienes hacen el registro discreto

de los supuestos hechos ya mencionados.

Las historias individuales que se cuenten,

sin embargo, serán por tanto invenciones

permanentes que experimentan múltiples

y sucesivas alteraciones o agregados

y omisiones, según sea el día

y el estado de ánimo del protagonista,

del testigo circunstancial o del que cuente,

si acaso algo cuenta, para alguien.

 

(00-81)

(Desde entonces se libraron refriegas sin cuartel. Los del este avanzaban por el sur, los del norte atacaban por el oeste. En lo que parecía el punto medio, algunos habían cavado la zanja, ancha y profunda, dos metros por tres metros en principio; la habían cavado no en días previos, más bien en décadas o siglos, y daban uso a esa zanja o trinchera para ocultarse, o reunirse con el enemigo a parlamentar, o bien a confraternizar; la usaban para protegerse de las bolas de fuego, de los tiros de los rifles de repetición, de los obuses, de las bombas que lanzaban desde el aire; no pocas veces para dormir y comer, para compartir un cigarrillo, o sencillamente para amontonar en orden a los muertos; depósito de cuerpos desmembrados por miles en el transcurso de esos días).

María del Carmen Arriagada Jerez, casada, seis hijos; profesora Directora del Internado Escuela N° 31 Gabriela Pettesmen, en Chilpaco, Lonquimay, Curacautín. Fue detenida el día 27 de septiembre de 1973 en su hogar, que se encuentra al interior de la Escuela N° 31 de Chilpaco. La hermana relata así los hechos en el Recurso de Amparo presentado en la Corte de Apelaciones de Temuco: “El día señalado, cerca del mediodía, mientras mi hermana se encontraba en compañía de su esposo y de sus hijos, en el Internado de la Escuela N° 31 Gabriela Pettesmen, de Chilpaco, Lonquimay, se hizo presente un helicóptero de la Base Aérea de Maquehue, el que aterrizó en el lugar. De inmediato los uniformados procedieron, sin intimar orden alguna de detención, a aprehender a la amparada, trasladándola en helicóptero a Lonquimay, en donde se le mantuvo durante tres días en el Retén de Carabineros, durante los cuales una amiga le llevó alimentos. Al tercer día mi hermana fue sacada del Retén junto a otro detenido, el profesor Durán, de la misma Escuela de Chilpaco, y trasladada al Cuartel de Carabineros de Curacautín. Carabineros me informó que mi hermana no se encontraba allí detenida, y desde entonces nada más hemos sabido acerca de su paradero o de su suerte”.

(07-11)

(Iban a transcurrir muchos años para que una de las fuerzas en conflicto intentara romper el inmóvil estado de cosas impuesto por la pestilencia de la carne en descomposición. Los generales del norte pactaron con los del sur y montaron una ofensiva para el primer día de primavera. Pero aquel invierno se prolongó más allá de lo que marcan los calendarios –no hubo primavera ese año, afirman los cronistas–, y el ataque hubo de ser pospuesto semana tras semana, por décadas y décadas).