Cristián Labbé: docente, comunicador, paracaidista
Ensayo

“Todos mis invitados se retiran en masa
Me pongo triste melancólico y un poco rabioso
por la mala lectura de la obra”

-Bruno Vidal

A propósito de la condena a tres años por apremios ilegítimos en contra de Cristián Labbé, cabe reflexionar sobre su participación en momentos claves de la historia de la represión en este país. La hoja de vida de Labbé es un ejemplo de la coherencia existente entre lo más profundo del terror dictatorial y la cultura política actual. Pero antes del ejercicio de la represión, con toda su paleta de horrores, hay una instrucción, una pedagogía secreta y gozosa en su experimentación.

Harry Edward Cohen Vera en su denuncia a Cristián Labbé por aplicación de tormentos, relata una pesadilla recurrente: un militar le apunta con un fusil antiguo. Tiene que esperar el disparo. En cuanto ocurre, cae hasta hallarse rodeado por un grupo de personas, entre ellas un médico especialista que quiere operarlo. Una pesadilla, “una huella” causada por las simulaciones de fusilamientos, por las voces y sonidos que lo rodeaban mientras era torturado con cargas eléctricas en Panguipulli, a cabeza cubierta y colgado de los brazos. “Me siento héroe ante esa situación porque mantuve mis esfínteres con nobleza”, declara Cohen. Entre esas voces reconoce la de Cristián Labbé, porque horas antes lo había amenazado con cortarle el cuello en su celda.

Esos primeros días de noviembre de 1973, Cristián Labbé era oficial y se encontraba en Panguipulli bajo las órdenes del general Nilo Floody Buxton, como parte de una brigada de contraguerrilla compuesta por alrededor de 200 efectivos de la Escuela de Paracaidistas y Fuerzas Especiales de Peldehue, en la llamada “Operación Peineta”, encargada de erradicar a “guerrilleros” en diversos pueblos al sur de Temuco (Neltume, Arquilhue, Lago Ranco y Liquiñe), con el objetivo principal de desmantelar el Complejo Forestal y Maderero Panguipulli y dar caza al Comandante Pepe, que fue ejecutado el 03 de octubre de ese año. Al paso de esta brigada, alrededor de 70 personas fueron ejecutadas. Según las declaraciones del teniente coronel Arturo Bosch, Cristián Labbé era un oficial que ejercía mando y que estaba en la zona durante el fusilamiento de 15 personas cuyos cuerpos fueron lanzados al río Toltén, el 11 de octubre de 1973, en Liquiñe. Labbé admite haber estado en Panguipulli, pero solo como oficial a cargo de la tropa de reserva.

El día 20 de octubre de 1974, Anatolio Zárate Oyarzún, durante su tercera tortura en Tejas Verdes, cae a piso luego de que la cuerda que lo colgaba de los brazos se cortara. Es en ese momento que la capucha que cubre su cabeza se suelta y puede ver a Manuel Contreras, al subcomisario Nelson Valdés, al doctor Vittorio Orvieto y al entonces teniente Cristián Labbé, segundos antes de que un tacazo le quiebre una vértebra y lo deje casi inconsciente. A esto se suman los testimonios de otros prisioneros de Tejas Verdes como Luis Quilodrán y Sinsorio Velásquez, que aseguran haber visto a Labbé en el patio de Tejas Verdes, el testimonio de agentes de la DINA que lo tuvieron como instructor en las cabañas de Santo Domingo (otrora centro vacacional de socios de la CUT) y el testimonio de Patricio Salvo, patrullero nocturno y ayudante de Mario Jara (mano derecha de Manuel Contreras), que vio a Cristián Labbé en una sala de tortura junto a Manuel Contreras.

La presencia de Labbé en Tejas Verdes, luego de su misión en el sur, se explica por la necesidad de Manuel Contreras de formar pronto (a contramano de los servicios de inteligencia de otras ramas de las fuerzas armadas) un campo de entrenamiento para la primera generación de agentes de la DINA, paralelo al centro de interrogaciones ya en funcionamiento. La presencia de Cristián Labbé en las torturas era tanto una instrucción como una supervisión. A estas alturas, Labbé no solo era un oficial de élite: también tenía experiencia de primera mano en interrogación y contrainteligencia por su actuar en la “Operación Peineta”. El Cristián Labbé de Tejas Verdes ya no es del todo ese comando vestido con traje de camuflaje descrito por Harry Cohen, Bernardo Santibañez y Jaime Rozas en sus procesos de detención y tortura. El Labbé de Rocas de Santo Domingo es el Labbé hijo de un Secretario del Estado Mayor del Ejército, egresado con distinción, premiado por ejércitos extranjeros, formado en Brasil. Es el Labbé de la represión sistematizada, de la formación en la Escuela de las Américas, del horror vuelto alcurnia y docencia.

Los especialistas en tortura dejaban las chaquetas en un perchero y se ponían un delantal blanco antes de iniciar sus labores. El hincapié en el cambio de uniforme, en el cuerpo dispuesto a cubrirse en pos de la pulcritud y la higiene, no es tanto para volver sobre la idea de la ciencia exterminadora, desquiciada y enloquecida que rodea a la figura de un Joseph Mengele o un Sigmund Rascher, como es para destacar el principio riguroso, limpio y aleccionador de los instructores de tortura en Tejas Verdes. Esto porque hay en el horizonte que plantea la experimentación de Mengele un absurdo científico, un barbarismo no por la medida de su terror sino por la inutilidad de su búsqueda (el peligro, más bien, estaría en su fetichización), mientras que el horror que se experimentó, sistematizó y enseñó en Tejas Verdes no deja de tener, como tal, potencial de volver a difundirse por su utilidad, por su victoria, por su éxito estratégico. Es un abismo de la condición humana que no está en pugna con la transmisión de un oficio. Es, de hecho, su resultado. Tejas Verdes nutrió en técnicas y personal al resto de los campos de concentración del país. Y antes de Tejas Verdes estuvo la Escuela de las Américas. Y antes de los estadounidenses estuvieron los franceses y sus masacres en Argelia. La tortura es un oficio.

Cristián Labbé pasó a ser un elemento importante dentro de las jerarquías de la DINA. Como documenta Javier Rebolledo en “El despertar de los cuervos”, era parte de la Brigada Mulchén, unidad bajo el mando directo de Manuel Contreras y compuesta en su mayor parte por comandos de la Escuela Peldehue, encargada tanto de la seguridad de Pinochet como de operaciones clandestinas que, hasta el día de hoy, son desconocidas para la justicia chilena. Su única acción conocida es la del asesinato del diplomático español Carmelo Soria el 16 de julio de 1976. Cristián Labbé, en esas fechas, cumplía labores en la unidad.

Es un actuar en la oscuridad que parece ir en consonancia con el éxito en el desempeño de cargos públicos. Cristián Labbé, luego de ser guardaespaldas de Pinochet, se desempeñó en diversos cargos administrativos dentro de la dictadura y fue un alabado docente de la Universidad de Chile en los ochenta. El año 1983 fue colaborador del ministro Secretario General de la Presidencia “en la preparación de apreciaciones y planes de gobierno”, donde desarrolló también programas computacionales y documentos para los viajes de Pinochet a regiones. El 1987 asumió como jefe de la División Ejecutiva de la Segpres y presidió un comité especial de derechos humanos, mientras coordinaba a los asesores que preparaban los discursos de Pinochet hacia finales de la dictadura. Su papel también fue clave en la estrategia comunicacional del régimen a la hora de abandonar el gobierno. Después de todo, suyo es el lema “misión cumplida”, que despidió el poder con un dejo de orgullo y pecho inflado por la labor bien hecha. Esto sin contar su alcaldía en Providencia por 18 años y su presencia como profesor en diversas universidades después de la dictadura.

Las operaciones comunicacionales de Labbé, tanto en su puesto de asesor de Pinochet como siendo una cara visible de la derecha más dura durante la democracia, son el monumento cultural de la barbarie sobre las que este país se cimienta. El orgullo, la altanería, la inmovilidad política y la impunidad de los violadores a los derechos humanos son proporcionales a la clandestinidad de sus acciones y a la dignidad de su instrucción. Pero estaríamos en un error si nos decidiéramos por ver esa impunidad como un fenómeno que, en el peor de los casos, terminará apagándose con la muerte de los involucrados, sin justicia alguna.

Los elementos de la cultura de la barbarie son absolutamente intercambiables y emanan de ella: no hay buenas intenciones ni redención posible sin una crítica radical a esa cultura. Si algo nos enseña la poesía de un autor como Bruno Vidal no es el punto de vista de los victimarios, ni la complejidad de su ética, ni su banalidad, sino que la tortura y el horror son parte de una erótica, de una “voluptuosidad del Autoritarismo chileno” que es pulsional y común a nuestra cultura, por más que se exprese a través de medios escandalosamente racionales, de los cuales la sistematización de la tortura es el ejemplo paradigmático. Para Adorno, el problema de Auschwitz no era el hecho de perpetuar la cultura de la barbarie a través de una de sus manifestaciones, como la poesía, sino que los sobrevivientes del genocidio convoquen la subjetividad que lo provocó en primer lugar, por su sola sobrevivencia: “drástica culpa, la del que se salvó. Como expiación se ve asaltado por sueños como el de que ya no viviría en absoluto, sino que habría sido gaseado en 1944 y toda su existencia posterior no la llevaría más que en la imaginación, emanación delirante de alguien asesinado veinte años antes.”

¿Qué si somos la pesadilla, la huella que quedó en Harry Cohen Vera tras su fusilamiento dilatado?