Poesía/Militancia
Conversatorio

El 25 de mayo pasado, se realizó en Galería Réplica el conversatorio Poesía y Militancia: Flujo de conversaciones entre el fenómeno de los 70 y la contingencia actual, en el que participaron  el colectivoVitrina Dystópica, Pablo Inostroza, Elvira Hernández, Bruno Serrano, Francisco Vargas y Camila Almendra. A continuación, presentamos los textos de Pia Leona y Camila Almendra.

Camila Almendra

Me siento vulnerable, al hablar de una palabra tan mal entendida y rigidizada como lo es la militancia, porque creo tener el derecho a estar en desacuerdo mañana con todo lo que diga hoy.

En la poesía he encontrado una forma de supervivencia a mi constante sentimiento de extrañamiento frente al mundo.

Nací zurda, en una familia extendida que lo veía como una metonimia de una posible comunacha. Mientras, sin entender mucho estas bromas y miedos, yo la niña evangélica que cantaba Gloria Trevi con su micrófono a pilas y sabía los nombres de los 66 libros de la biblia de corrido como para decirlos como gracia el día domingo frente a todos. Miraba a Marta Sánchez cantando Arena y sol, el mar azul, contigo yo, conmigo tú, espuma blanca olas de amor, y nunca más pude disociar mi amor y atracción por las personas más allá de su genitalidad. Sí, Marta Sánchez fue mi primer amor, pero no lo suficiente como para ir a verla a la Reina de Los Ríos por el año 2017, porque como les dije, cambio demasiado.

“Vístete de negro malévola puta y camina hacia el infierno” Diría en Jony Joy, Maha Vial

Esta niña rara que les saluda, miraba extasiada en 1999 a Gladys Marín mojada por el guanaco con sus amigas travas de siempre. A mí los colas me salvaron de muchas penurias, porque yo me siento una ameba que ha devenido a mujer. Me desencanta el imaginario de lo femenino como todo lo aquello que no es masculino, por lo que he decidido meterme en ese hoyo de la masculinidad hegemónica hasta su próstata, a incomodar con mi dedo acusador, pero como el placer está por ahí, no saben cómo atacarme.

Presumo mi condición de sujeta histórica, hecha mujer y me gusta. Bisnieta de Corina y Lola, la de los mejores muday.

Y nieta de Rosa y nieta e hija de Marguito, mi compañera de fanshops. Esta mujer fue gravitante en mi militancia de los epítetos que tanto me dijeron que al final los fui atrapando y resignificando: la feminista, la comunacha, la paraelaliasha, la maraca, la pécora.

En la avalancha del facismo puro y duro por Latinoamérica creo absolutamente en mi historia reconstruida a punta de preguntas incómodas a mis familiares, porque tengo pasta de detective pero no la facha. Recuerdo una ocasión cuando con mami Marguito veíamos la tele y aparece de repente en el Venga Conmigo un desfile de novias y le pregunté ¿cómo será mi vestido cuando me case? Ella me miró muy seria (algo poco usual) y me dijo: dedícate a estudiar mejor Camilita, después sabrás si quieres eso. Estudié y no lo quiero, sabia mujer.

Ella y otras que hacían jardines y huertas en cualquier pedazo de tierra se han totemizado en mi cuerpa. Yo llegué a decirme feminista por causa y consecuencia, pero hoy tengo recelo de decirlo sin explayarme, puesto que no voy a usar la polera con el eslogan en inglés de mujer empoderada hecha en Bangladesh o en India o en Vietnam por otra mujer que le importa solo terminar el día y no desmayarse de fatiga o en un derrumbe, como el 2013, el de Rana Plaza en Bangladesh.

¿Qué pasa cuando tu identidad se forja ante la militancia? Eres color verde  y eres verde y en eso comes, discurseas como verdes, te vistes verde, gritas como verde, finges respuestas por lo que ser verde se esperaría, y te encuentras con una verde musgo; te desagrada, porque es verde, pero da esa sensación sinestésica en una superficie de color verde musgo, que es húmedo, y ves las gotas de agua que corren por su pared, y descubres verdes turquesas que navegan sin encontrar la exacta palabra, también, verdes neones que están usando su destacador para cubrir todo el texto.

Una sujeta histórica soy y trato a veces de no ser, para escuchar y mirar más.

Soy muchas etiquetas impuestas que al final se expanden en el universo que tengo en la boca mi estómago. Invoco y cito: “Que de mi ombligo las raíces de hualles, ulmos y laureles tomen fuerzas” Diría en Danza de la Piedra Faumelisa Manquepillán.

El concepto de militancia ha cambiado porque “lo personal es político” retumba con una fuerza que provoca un agudo dolor de oídos. Ya el revolucionario de antaño con sus estereotipos muy viriles y sensuales para su época no calientan a nadie. “Ya nadie cree mucho en nada” escuché por ahí, tal como “uno se resfría por la cabeza” pero eso es otra cosa que escuché y quería decirla como dato en invierno.

Pero volviendo, al presente, divago y con sospecha, que nos comunicamos más rápidamente por la internet ésta, pero nos fuimos al carajo con las pausas y los tiempos muertos para suspirar. Nos han vendido la máscara de ser unos jokers ante el sistema, la rebeldía vacía por un golpe de suerte hedonista en el mundo virtual de los likes, de la eterna historia de víctima; pues hablamos de violencias bilaterales, pero olvidamos las opresiones estructurales. Falta dilucidar las raíces por ver la superficie según la estación de moda.

Hoy en épocas de petitorios, nos debemos autoexigir una revolución de las emociones, mirarnos a los ojos por un tiempo prolongado, despidiéndonos deseando un buen día.

Cuando se vivió vecina de la muerte se es más consciente de disfrutar los amaneceres y atardeceres violáceos fucsias rojos a la entrada de Valdivia por los humedales donde viajo todos los días “hábiles” de Valdivia a Paillaco. Mi yeina llegamos me dicen, cuando en noviembre despierto en el terminal babeando sin ningún pasajero sentado, y a mí no me molesta el título nobiliario, porque soy reina de mi tragicomedia.

Pienso que resistimos las violencias similares de antaño y en nuestro contexto con la autoflagelación egocéntrica, el golpe más certero del capitalismo: volvernos una multitud más déspota, indolente y exigente. Se derraman los dogmas pero se ejerce el felizmómetro, el revolucionómetro, el feministómetro y el estatustómetro. ¿Quién tiene más bienestar? ¿Quién finge mejor ser feliz? ¿Quién muestra su mejor cara de triunfo?

Creo en la poesía, catalogada como comprometida o política (siempre lo es), eso ya es interpretación de quien lea, porque la poesía también es una confusión que penetra los recovecos más imbricados de la mente y el escribir un ejercicio constante de descubrimiento.

Me parece resistencia social el leerla, dialogarla, compartirla, deglutirla como un bolo alimenticio, imaginarla, masturbarla, soñarla y reposarla. Para volver a repetir los mismos verbos. Usted agréguele los que quiera.

Yo no hago poesía feminista, yo soy feminista y lo que escribo es de lo que se me cante la gana. Tal y como puedo vivir con la contradicción de cantar y bailar mis artistas pop estadounidenses, del Imperio, que yo quiero destruir cual maestra Jedi, y ahí estoy referenciándoles, abriendo mi cultura pop, con morbo sí, plumas y ese glamour que sólo desnuda en mi cuarto puedo conocer.

Me encuentro fugando mis placeres, resistiendo al tedio de las 44 horas semanales, soportando la estrechez de corazón.  Sigo leyendo en las marchas, en los espacios públicos, en lugares insólitos, en lo inhóspito.

La militancia es el poder de la resiliencia. Es el dejar de creer en una única verdad para defender una posición en un momento de la historia y en un lugar determinado. Yo intento desterritorializarme en mi soledad más pura. Y habito la contradicción con visitar a conocer mi mundo a través de las palabras como en este frágil momento.

Como les decía en un comienzo: tengo todo el derecho de estar mañana en contra de lo que pienso, y por eso quiero ese cuarto propio en mi mente con una vivienda, salud y educación integral y digna, esa palabra que nos gusta al pueblo. Pienso en las mujeres con las que he compartido, las analfabetas de Chile, porque la pobreza está feminizada y no les mostraré encuestas (hoy no al menos); las que están cargando bidones con agua potable para sus casas, a las que se les seca la tierra al lado del monocultivo; a mis ancestras que no crecieron muchos centímetros porque en Chile hubo hambre y ahora comemos con tarjeta de crédito. Esto no lo puedo disociar jamás de mis manos y mis acciones.

La poesía me ha acompañado. ¿Qué es sino un solapamiento de discursos y sensaciones presentadas en un plato de una cena estrafalaria? Y una ahí mirando y anotando en muchas libretitas caóticamente ordenadas.

Jamás a claudicar a vivir como se antoje, a ser comunidad de comunidades, a matar el ego pero sin perder el garbo, como diría una profesora jubilada estupenda, que compra su trago sola porque puede y va al cine sola porque puede, y no espera: ella va, con actitud, moviendo sus pulseras de oro sonoras, y yo pienso que ella es mi pueblo y yo el suyo, soberana e indómita, y no le harán una estatua en la plaza, pero no importa, porque ella es más dorada que esos bustos de viejos que nadie conoce.

No quiero que murmullemos el odioso encapsulamiento de la “poesía feminista”: hablemos mejor de feministas que escriben o el derramamiento de los géneros; permítanme elucubrar, quiero divagar improductivamente. Pero no me impidan decir en un poema ciertas palabras que han tildado ahora de panfletarias tales como: feminismo, dildo, clítoris, placer, puta, santa, sangre, parir, abortar. Insisto en mi libertad de la búsqueda de la palabra, no tengo angustia de paternidad literaria, ni las sinapsis neuronales anquilosadas en el falogocentrismo, ni con el temor del falopoder, ni de la exclusión del campo literario, porque viajo por los campos y esos son los que me importan. Como me dijo mi amiga Verónica Zondek: escribir es detener el tiempo, capaz de detener el tráfico cotidiano. O Hawad, el poeta de los tuareg, que habita en el Sahara diría: “La vida no es más que el destello de una memoria ancestral donde tantos viajeros han dejado sus muecas”.

Yo vivo un día más de curiosa que soy, así la he sobrellevado en las múltiples reencarnaciones, intento no tomar sus prejuicios de mi vida tan en serio y escribo.

 

 

 

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Pi Leona – Colectivo Vitrina Dystópica

Hace unas semanas atrás, en una sala del Pedagógico en Santiago, la filósofa brasileña Suely Rolnik nos regaló la siguiente pregunta: “¿Qué formas de lucha se corresponden con lxs sujetxs en lucha?”.

No sé si voy a hablar de poesía y militancia, pero sí de una micropolítica de insurgencia, desde un pensamiento urgente y colectivo. Donde la rabia es alegría.

Los comentaristas dicen que asistimos al fin del mundo. Nosotrxs decimos que habitamos la distopía, que el mundo ya está en ruinas, y que necesitamos conjugarnos como multiplicidad que resiste. Hacer de la vida una forma de lucha. Porque lo cotidiano, lo afectivo, lo personal, lo íntimo, siempre ha sido político.

Escribe Paul Beatrix Preciado, y creo que es un muy buen diagnóstico: “Vivimos un momento contrarrevolucionario. Estamos inmersos en una reforma heteropatriarcal, colonial y neonacionalista que busca deshacer los logros de los largos procesos de emancipación obrera, sexual y anticolonial de los últimos siglos”.

Voy a sacar gente al baile, como lo he comenzado a hacer ya, no para llenarme la boca, porque no se habla por ninguna muerta, pues la lengua está viva. El pensamiento es una práctica material y nuestro compromiso es reconstituir una inteligencia colectiva, diezmada por la individualización, el aislamiento y la desterritorialización capitalistas. Y si no entienden una palabra por favor interrumpan, estoy seguro que entre ustedes habrá alguien que sepa explicar mejor los conceptos, que son los poemas de la filosofía, como creyó Deleuze.

Hablo desde el pensamiento colectivo en que he ando metido hace un rato, 3 años para ser precisos, en el colectivo Vitrina Dystópica, con asiento en Santiago, pero de hecho bastante transfronterizo: un grupo de amigxs que se organiza para cartografiar en formato radial las luchas micropolíticas de distintos tiempos y territorios, abriendo así el germen de una rigurosa amistad con otrxs quienes activan redes de encuentro y desprogramación al mandato capitalista neoliberal financiero, y su orden social, que hoy se presenta en forma de un fascismo democrático. Cruces prolíficos de los que se aprende a resistir conjuntivamente. Robos mutuos –como diría el colectivo argentino Juguetes Perdidos– que producen alianzas insospechadas para tomar por asalto la realidad.

Siento este encuentro como un atravesamiento transgeneracional que actualiza los mejores gestos de la poesía y del arte, cuando son una forma de hacer proliferar lo que es bello y que rompe. Épocas, cánones, escaños. La diferencia entre un gesto y una pose es que el gesto lo puedes sostener.

No asistimos a la época. Estamos implicadxs con la época. Pensar significa asumir esa responsabilidad ante la devastación de las formas de vida desobedientes, rechazar la supuesta neutralidad del pensamiento, o simplemente no hacerse el tonto epistemológicamente. Me gusta la figura de la guata para referir a ese llamado de lo más interior, visceral e irrefrenable que te mueve a actuar, te tira simplemente. Creo que esas son las aguas a las que debemos lanzarnos a escribir, a investigar, a potenciar, a intensificar con los múltiples grupos de afinidad que resisten / pujan por vivir. Insisten, resisten y persisten precarias trazas de formas-de-vida-no-capitalista, por ponerle un nombre.

Pienso que lo transgeneracional es una potencia micropolítica de este encuentro si logramos que el tráfico de lo que sentimos y pensamos sobre la militancia en las décadas de mayor intensidad macropolítica en Chile y en la actualidad, nos ayude un poquito a no ser matadxs y a vivir mejor. Y por buen vivir entiendo la convivencia con dignidad entre las distintas formas de vidas. Es decir, no basta con no ser matadxs, sino que podamos compartir nuestras alegrías en la misma experiencia del aprender a resistir.

Y sobre la especificidad de la poesía no tengo las cosas claras. Pero hace pocos días leí los Poemas Insurrectos de Heddy Navarro, a quien sólo había visto pero no leído, porque como dice un libro por venir: en la residencia en la sierra, el bar Chile siempre es misógino. Leí esta poesía revolucionaria y, como además de estar acostumbrados a no leer a las poetas, escuché tantas veces al cánon despotricar contra la poesía militante, le decían panfletaria, como si el compromiso fuera un condimento del sentido. Leí, como decía, los Poemas Insurrectos y quedé francamente descolocado. Dice Heddy, con su permiso aquí presente:

Estoy en la calle
chuteando bombas lacrimógenas
para ahogar la pena
por el Golpe
que derribó tus besos
Construyo barricadas
pero el miedo me impide
ver tus ojos
más allá de las llamas
Estoy en asamblea permanente
con mi cuerpo
para despoblarlo de miserables criaturas
Enciendo velas en todas mis veredas
Levanto la animita de tus brazos
Porque voy a descabezar al tirano
y decretar para siempre
la democracia de caricias
sin zonas clausuradas

En general, escribimos en los más dolorosos contextos, donde la muerte y la tortura le hacen creer a mucha gente que la poesía no existe, que no hay belleza posible, que Auschwitz no se puede nombrar. Pero la palabra es lo que mal o bien tenemos, hermanxs humanxs. Y tal vez se trata simplemente de que las palabras no pierdan su alma, que no oculten el horror ni encubran la mentira. Entonces remecer los cimientos de la sociedad carcelaria con las armas de la poesía no es cosa de ninguneos. Aquí nadie se está jugando el podio, porque la literatura chilena jamás ha debido ser la carrera en el hipódromo / en que la ha convertido cierta crítica, ya sabemos cuál. Y tampoco es cosa de devolverle el alma a la palabra, como quien hace sustancia de las cosas perdidas, cuando la nostalgia es un arrastre.

Las palabras con que hacemos poesía son las que convierten el nudo en la garganta, sacan lo que de adentro puja por salir pero no sabe cómo, de repente toma forma y se echa pa fuera. Porque si no se saca te mata por dentro. Y esto no es una cuestión de cualquier momento. Dice Suely hablando con los guaraníes: “No empujar el tiempo propio de la imaginación creadora, para evitar el riesgo de interrumpir la germinación de un mundo”. Ahí entiendo que el alma es la potencia política de las palabras.

Creo firmemente que la poesía como militancia se verifica en la intensificación de la lucha. No puede ser la mera constatación de la catástrofe, porque dar cuenta del crimen permanente a veces se aproxima demasiado al tono celebratorio de la pornomiseria. La poesía política, si es que hay alguna poesía que no lo sea, no sólo ha de tomar partido hasta mancharse —como escribió Gabriel Celaya— sino que su politización se debe al grado de implicación en el conflicto, pero sobre todo a la afectación que puede producir entre todxs quienes resistimos de una u otra forma a la colonización absoluta del capital sobre la vida. En ese sentido, al escribir también somos responsables de defender las palabras que el lenguaje imperial nos ha arrebatado mediante el espectáculo, siguiendo los viejos principios orwellianos de Guerra es Paz. No trepidamos en afirmar que amamos la libertad, y que con ella jamás vamos a nombrar la diversidad de ofertas de consumo, sino la potencia de crear los mundos nuevos que llevamos en nuestros corazones.

Entrenar la palabra, no para esperar un momento insurreccional en un futuro que no existe, sino para enriquecer la multiplicidad de luchas, traficando las experiencias con quienes han estado dando cara a la mentira y la expoliación desde mucho antes que nosotrxs. Hay en esa memoria una ternura que nos puede cobijar y abrazar en los momentos que sintamos miedo, cuando la muerte pasa cerquita, cuando tus amigxs están siendo perseguidxs. Cuando de repente quieras tirar la esponja, lee las Cartas revolucionarias de Diane de Prima. Esos poemas han hecho de la rabia una insurrecta caricia y una didáctica de la lucha. Dieron y dan ganas de seguir, a pesar de todo lo terrible y doloroso, y de los errores con que nos tropezamos entre afines. Palabras que te dan apañe y aguante. Que te comparten un tecito cuando vienes con el corazón en la mano después de correr de la policía.

La poesía política puede ser una insurgencia afectiva y sensible. Aquí y ahora, como fue ayer. Ante la huelga de prisioneros y prisioneras más grande de la historia de Chile. Por Camilo Catrillanca. Como la universidad —cuyos accionistas ordenan bajar los carteles contra el TPP— no sabe hacerlo.