Carlos Oliva
Poemas y testimonios

Fallece un 24 de enero del año 1994 Carlos Oliva. Voz privilegiada de las calles de Lima y fundador del grupo de poesía Neón. Hay un fervor que invita a escribir desde Lima, y por Lima. Un fervor para lo horrible, la capacidad de la ciudad latinoamericana y, específicamente, de la cultura capitalina peruana, para dificultar la vida humana. Como un notable escritura de la Lima inagotable, presentamos un homenaje a Carlos Oliva, de Miguel Ildefonso, una crónica de Roger Santivañez, y poemas póstumos de Carlos Oliva.

 

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Ayer se cumplió 25 años de la muerte de Carlos Oliva. Lo conocí en 1990 cuando fundamos, junto a unos ocho jóvenes, el grupo poético Neón, curioso nombre que él ya había puesto, con anterioridad, a un pequeño grupo. Lo conocí en la universidad San Marcos donde él estudiaba. Mejor dicho, adonde él iba a estudiar de vez en cuando o cuando podía, porque Carlos pertenecía más a las calles, a esas calles del Rímac y del Centro principalmente. Su poesía nacía de esa urbe pegada a las dos orillas del río hablador. Se sentía heredero de Rimbaud, de Ginsberg, de Enrique Verástegui. En realidad, todos los del grupo Neón nos sentíamos marcados por esa tradición maldita de la poesía. En medio de esos años oscuros, de muertes y violencia, el thánatos  imperaba en nuestra visión del mundo. Carlos fue el primero en irse, un 24 de enero de 1994. Tenía 34 años. Supongo en sus oídos sonaría un tema de Pink Floyd en ese momento en que un auto lo arrolló, y luego, tras el golpe mortal, aun seguirían resonando los Pink en su alma. Y es que, en su poesía, aun siendo breve, late lo más sublime que ha dejado el arte en el siglo XX. Carlos fue, efectivamente, el último poeta maldito, tal como él mismo lo proclamara en ese prólogo que escribió para el único libro que dejó escrito, publicado póstumamente, Lima o el largo camino de la desesperación. Han pasado 25 años y lo recuerdo nítidamente en varios momentos, con esa figura delgada, un tipo de 1.80 aproximadamente, sus ojos verdes y saltones, jean y camisa casi siempre; lo veo venir a pie del Rímac, doblando el jirón Cailloma hacia Quilca, entrando al bar Las Rejas, desplegando sus hojas bond A4, leyendo sus poemas con esa voz algo aguda y afónica, una mano sosteniendo el papel, la otra el vaso de Cienfuegos, mientras afuera la ciudad, ya de noche, lo aguardaba nuevamente con su no sé qué balbuciente.

 

Miguel Ildefonso

25 de enero de 2019.

 

 

 

 

MARCHA FÚNEBRE POR CARLOS OLIVA

 

Un día -como hoy- pero en 1994 murió trágicamente el último poeta maldito de nuestra tradición: el increíble Carlos Oliva. Había nacido en el Rímac en 1964 y formado parte de la célula rocanrolera que habito -entre las avenidas Pizarro, Tarapacá & Próceres del populoso distrito con Edgar Barraza «Kilowatt» a la cabeza & los hermanos Ricardo y Raúl Montañez. Estudió literatura en San Marcos, donde editó la revista de poesía «Ínsulas urbanas».

Increíblemente me toco conocerlo en la puerta del bar Queirolo en la esquina de Amargura & Quilca hacia 1990 o 91 cuando acababa de fundar -con otros jóvenes poetas rebeldes- el grupo «Neon». El mismo Oliva me dio la noticia alborozado y le respondí con un fuerte abrazo. Desde allí fuimos amigos, y cuando -en mi época del pastel- yo entraba al warike de La Placita en el Rímac a comprar, Oliva -que ya en esos momentos vivía allí- se adelantaba y dándome alcance gritaba: «Nadie se meta con el poeta / Al que se meta con el poeta le saco la conchesumadre». Nos fumábamos una tola & luego yo salía raudo entre manchitas de lumpen apostados en las esquinas nocturnas de ese infierno.

Allí vivía Carlos Oliva, en la calle, a pocas cuadras de su casa paterna. Sabido es que su familia se acerco -en la Navidad de 1993- para pedirle que abandonara el hueco y volviera al hogar tranquilamente y que no pasaba nada. Oliva acepto & les dijo que esa noche regresaría. Pero no lo hizo. Y en enero -el 24 como hoy, temprano en la mañana sucedió que fue arrastrado por la combi a la que le acababa de cobrar los 20 centavos por el trabajo de llenador que Oliva practicaba de día -en la encrucijada del Puente del Ejercito y el Mercado de Frutas, en la Av. Caqueta. De día hacia esta chamba y toda la noche íntegra alucinaba en el hueco.

Su clásica casaca de blue-jean se enredó en el espejo retrovisor mientras Oliva corría para cobrarle a la combi que ya se le escapaba. Fue arrastrado por la velocidad y tras caer al pavimento fue arrollado por varios carros que venían atrás rampando ese fatídico amanecer urbano. Trágico final de un poeta que deseaba la muerte -como escribió en unos de sus poemas- publicado póstumamente en la revista «Killka Blues» (de la que formé parte del Comité Editor por 1996). Carlos Oliva dejo un poemario inédito titulado Lima o el largo camino de la desesperación que -gracias al empeño de Paolo de Lima (compañero suyo de los días de «Neon») & Miguel Lescano Tena salió a la luz bajo el sello de la Escuela de Arte Hispano-latinoamericana.

La poesía de Carlos Oliva -netamente urbana- es un canto de la juventud atribulada que deambulaba por las calles de Lima en los años de la violencia de la guerra interna, cuando todo parecía destruirse & caerse a pedazos, y en la sensibilidad crispada de un talentoso muchacho como Oliva, aparecía la visión de una utopía que solo la poesía podría tratar de desentrañar. Ahora mora en ese cielo, porque como escribió Menandro «Los amados por el cielo mueren jóvenes». Gloria terna a su pura memoria.

 

 

Roger Santiváñez

24 de enero de 2019.

 

 

 

 

 

 

POEMA SIN LÍMITES DE VELOCIDAD

He visto una ciudad
una avenida
una calle inundada de cantos
De poemas sonando como bocinas de carros
Y autopistas sin guardias de tránsito
Poemas a 200 Km. P/H
Libres
raudos
veloces por llegar
a los oídos del mundo
donde la ansiedad
la droga
y los atropellos
inventan colores siniestros
Y en medio de todo
Yo con mi bocina
Yo con mi voz levantada
Entre tantos accidentes
Risueño
Ilusionado
Y sin más palabras
Que estos versos sin frenos por las avenidas.

LIMA I

El arte de caminar por las calles
consiste en ver tus defectos
como versos aún no descubiertos en la noche
Yo voy más lejos que aquel poema extraviado
voy dibujando imágenes sin límites de velocidad
palabras como una rosa que enloquece al vacío
con esta percepción de ángel alucinado y febril
Lima
¿De qué valen tus letreros luminosos?
Si sólo consiguen efectos psicóticos
tus semáforos
si sólo sirven para perturbarme
Pero también tienes tu encanto
tus ascensores
sin embargo no subimos ni bajamos
pasamos solamente
tus teléfonos malogrados
¿Dónde ciudad tragamonedas
iremos nosotros los desheredados de tu belleza?
Tal vez a vomitar en el baño
de alguna vieja cantina
Y luego viajaremos en microbús
percibiendo los hedores de tu herida
Pero aún no nos espantamos
Y sigo por estas calles donde aprendí
abrir mi corazón a la melancolía
Abrir mi corazón como se abre la bragueta
y derramar mi amor como orines sobre las esquinas.


ANARQUÍA

A Rubén Grajeda

Sobre estas calles donde el amor es una palabra que no se ve
por ningún lado
descubrí un estado de ánimo tan bello
como una flor amarilla en la noche: Anarquía
Tuve que elevarme sobre ese amanecer
y dar pasos tan bellos como un triunfal Nureyev
Tuve que desgarrar mi corazón sobre el asfalto
beber alcohol en la noche
gemir sobre un cuerpo que también gemía
Mi conciencia fue el diamante que cortó las olas
de un mar infernal dibujado en la memoria:
Demonios como ángeles esculpidos en piedras preciosas
Fuego tallado en rubíes sangrientos
Cuadros extraídos de alguna desvariación de Dalí:
Yo tengo la voz de los años perdidos
La poesía es una actitud integral y en primavera nacen versos
como niños precoces de esta época velocísima
tus espacios servirán para contener los desbordes
de mi imaginación que fluye a borbotones en la sangre
de mi herida abierta a tu eternidad ¡Oh poesía!
Eres cordillera de frutos
tecnología de una estética burilada en la memoria   pasión
desvelo  cólera
pues cada verso tiene su pasado       su presente    y su futuro
cada verso trae recuerdos    emoción    ilusiones que agobian
mis huesos robados como una fruta al pasado
y el pasado es el recuerdo de una muchacha a la que amé
con desequilibrio
con lucidez psicótica en las noches que fue Atenea
cuando se desnudaba
inteligencia y sabiduría de un cuerpo amado como un poema
que aún no he escrito
Iré pues en busca de ese verso infinito
Iré como una radiación sobre esta noche tan agitada
como un burdel para ricos donde se inician bellas adolescentes:
Hay que destruir todo
Yo sólo puedo enunciar estos versos sobre el silencio
porque el recital perfecto lo encuentro en soledad
sin más auditorio que mis imágenes aferrándose al presente
donde los años aciagos resisten los impulsos de las aguas
de estos océanos procelosos de los cuales emerjo yo tan puro
como un dinosaurio que sobrevive al pasado.


A UN VIEJO POETA EN NORTEAMÉRICA

Porque regreso desde la noche
cuando apenas soy una sombra perpetua
en el muro de un triste jirón
Largo cuerpo escarnecido
y no catarata de flores
magníficas como un poema
ni estrépito de luces
sobre la noche fratricida
Cuerpo y mente escarnecidos
igual que una alucinación de mi materia gris
como el cielo de Lima
donde veo cadáveres de versos flotando
sobre las aguas del Rímac:
Cortejo de sinsabores y pesadillas
que perturban mi sueño como un verso subterráneo
o un verso metálico encadenado
a mis palabras envilecidas en la resaca
donde mis dudas fluyen a saltos
como un néctar seminal
¿Qué madera protegerá mi cadáver cuando muera?
En algún lugar crece el árbol
peligrosamente sensitivo
ahora que mi agitación es el movimiento
de un ave que nació en una jaula
mas no el de un serafín que ha perdido las alas
y menos el de un ángel volando
sobre la ciudad moderna
Tú mucho antes que yo viejo Ginsberg
Pero yo solo en esta buhardilla
del viejo teatro del mundo
sin puertas y ventanas
ni pajaritos de papel.